Derechos y ¿deberes?

Estoy muy segura de no ser la única que se sorprende de que el modo en que hoy nos organizamos -o esperamos que la vida se desarrolle-, responda al mérito de nuestras acciones. En los tiempos que corren, todo logro tiene que estar atado al fruto de un arduo trabajo; por eso, también, cada beneficio debería entenderse más como una recompensa que un derecho. Nos molesta menos, y hasta suele decirse que “es mejor”, que una persona esté vendiendo algo o cantando, a que esté pidiendo plata en la calle, mendigando. Así, sin darnos cuenta, parece que estamos convencidas[1] transversalmente de que todo en la vida hay que ganárselo. Sin embargo, el problema es que este convencimiento nos juega en contra al momento de reivindicar derechos.

Este ejemplo de la reacción frente al caso del mendigo no difiere tanto del urgente reclamo para defender los derechos de las mujeres que los últimos aberrantes casos de violencia han puesto nuevamente en el centro de atención. Ellas son un ejemplo vivo de este ficticio vínculo entre derechos y deberes… de eso de tener que ganarse un derecho. Que haya que explicar por qué las mujeres reclamamos que se respeten nuestros derechos, y que la respuesta de muchos sea una actitud defensiva, es el reflejo de la cultura machista imperante en la que está imbuida esta idea del mérito. Esta convicción desconoce la igual dignidad de todos los seres humanos en tanto tales, por el sólo hecho de existir. Tanto hombres como mujeres hemos sido educados bajo estos cánones y nos cuesta mucho trabajo escapar de esa lógica, por lo que la reproducimos no sólo con argumentos, sino que también cada vez que nuestras propias acciones llegan a frenar la marcha de la justa reivindicación de derechos.

Cuando nuestros méritos no cuentan, puede aflorar el reconocimiento de la igualdad de derechos, que urgen ser garantizados en los casos de mayor vulnerabilidad (niñas, migrantes, refugiadas, personas en situación de calle y un gran etcétera).

Por definición, un derecho se entiende como algo que no se gana, algo para lo que no se tiene en cuenta el esfuerzo personal de los individuos, la cantidad de dinero que tengan u otros atributos. Esta no es una definición de libro, pero creo que podríamos acordar en que detrás de cada derecho se encuentra, tácitamente, algo como lo que anoto. No obstante, es curioso escuchar, tanto en discursos políticos como en conversaciones informales, este vínculo inmediato entre derechos y deberes. No es que quiera decir que no existen deberes, ni que quiera proponer la sola persecución de derechos, pero me sigue pareciendo extraño que, antes de haber siquiera asegurado algunos de los derechos reconocidos como básicos: la integridad física y bienestar sin distinciones, la educación y salud -por mencionar algunos-, se parta por aclarar o recordar la necesidad de aparejarlos con obligaciones.

Mi derecho a la educación no depende de mi buen comportamiento; así como los derechos a jugar y recibir cuidados que tienen las niñas jamás están supeditados a su rol de “buenas hijas” o “cooperadoras”. La salud como un derecho equivale a que todas tendríamos que acceder a un servicio de salud de buena calidad, sin importar la capacidad de pago de cada quien.

Nada en la vida es gratis, esta es la consigna que nos ha llevado a tener esa desconfianza basal que impide formar lazos firmes y de cooperación con otras personas.

Algo me dice que si fuésemos capaces de creer profundamente en la existencia de derechos que nos son inherentes en tanto seres humanos, derechos indeclinables y nunca sujetos a condiciones, podríamos defenderlos y, en algún momento, lograrlos de manera colectiva. Lo anterior, nos permitiría acabar también con problemáticas tan serias y enraizadas en nuestra cultura como son la violencia de género, el trabajo infantil, la discriminación por clase socioeconómica, por orientación sexual, por origen y pertenencia a etnias diferentes a la mayoritaria. Cuando nuestros méritos no cuentan, puede aflorar el reconocimiento de la igualdad de derechos, que urgen ser garantizados en los casos de mayor vulnerabilidad (niñas, migrantes, refugiadas, personas en situación de calle y un gran etcétera).

Nada en la vida es gratis, esta es la consigna que nos ha llevado a tener esa desconfianza basal que impide formar lazos firmes y de cooperación con otras personas, con otros países y que, al mismo tiempo, nos ha hecho dejar pasar años antes de reclamar los derechos que nos corresponden. Nos demoramos porque nos cuesta darnos cuenta de que todo es Gracia, y que nuestro gran deber es, precisamente, defender y respetar nuestros derechos.

 

 

 

[1] Escribo en femenino, como he visto hacer en mucha de la investigación en filosofía, a fin de generar algún “ruido” ante la tendencia de generalizar en masculino.

Chilena. Cientista Político UDP, Magíster en Pensamiento Contemporáneo y Filosofía Política UDP, Magíster en Teoría Política de la Universidad de Sheffield (Inglaterra) y candidata a Dra. en Filosofía de la Universidad de Glasgow (Escocia).

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