Derribando (de verdad) las barreras culturales

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“La paz no es solamente ausencia de guerra. Mientras haya pobreza, racismo, discriminación y exclusión, difícilmente podremos alcanzar un mundo de paz”. Rigoberta Menchú, líder indígena guatemalteca y premio Nobel de la Paz.

Pensando en la próxima celebración el próximo 24 de junio del día de los pueblos originarios, es inevitable mirar la historia que se ha tejido durante todos estos siglos entre ellos y la sociedad chilena como un todo. ¿Cómo se han incorporado? ¿Cuál ha sido la tónica de nuestra relación?, ¿la asimilación, el menosprecio o la valoración de su riqueza? Asumir estas preguntas implica también la pregunta sobre ¿qué sociedad soñamos y queremos construir?

Basta tan solo un partido de fútbol para encontrar atisbos de respuesta. En el reciente encuentro contra Bolivia fue patético observar cómo muchos compatriotas caían en denigrar y menospreciar a un otro que consideramos distinto. Así, aflora todo lo que como sociedad nos empobrece. Tomar conciencia de esa pobreza nos debiera hacer entender que la discriminación, el racismo y la exclusión son solo parte de la ignorancia y de la pobreza de espíritu.

Estamos tan estructurados por medios que nos estandarizan, que nos cuesta opinar frente a algo que es distinto. Solo situaciones críticas, como las del caso Zamudio, o la lucha del pueblo mapuche nos despiertan… pero luego, ¿volvemos a dormirnos  nuevamente?

No podemos quedar impávidos frente a una situación de violencia en contra de culturas que podrían enseñarnos mucho más que lo que la globalización, el modelo económico y político nos muestran. Si pudiéramos entender la riqueza de su experiencia de vida, sus símbolos culturales, su mirada de la naturaleza, el significado de la tierra y el respeto por lo que somos, nuestra sociedad  sería otra.

Por muchos siglos nos han enseñado que en el modelo de sociedad que queremos no tiene cabida lo culturalmente distinto; que los pueblos originarios son parte del pasado, o bien, los llenamos de etiquetas que los convierten en un problema que debemos combatir. Se ha insistido en que debemos luchar contra ellos, como si fueran seres extraños y no parte de nuestras propias historias. Prolifera la idea de que no es viable enseñar y aprender el mapudungun o el quechua en las escuelas, pues, según nuestro modelo económico, para acceder al desarrollo las herramientas esenciales son el manejo del inglés y todo aquello que redunde en un aumento futuro de nuestro poder adquisitivo.

Se observa repetidamente que los niños, niñas y jóvenes que provienen de diferentes etnias de nuestro país, al ingresar a nuestros establecimientos educacionales, deben adaptarse a “nuestro modelo”, sin permitirles que nos compartan su cultura y que con ello se genere un rico intercambio de visiones. Todo esto, sin duda, es triste y nos debe movilizar más aún como sociedad.

Mirando lo anterior desde una perspectiva de integración, la migración de los pueblos originarios a las ciudades no tiene su origen solo en la búsqueda de mejores oportunidades, sino también en la necesidad de ser valorados o sentirse parte de una sociedad que los acoja. No es casualidad que la transmisión de estas culturas de generación en generación se haya ido perdiendo a través del tiempo. El interés de las nuevas generaciones por pertenecer al “proyecto país” o por desvincularse del problema de identidad, ha favorecido el hecho de que no quieran asumir su propia cultura, que dejen de valorar sus raíces, porque necesitan ser aceptados o, simplemente, porque están cansados de luchar.

Debemos derribar las barreras y entender su cultura como parte de la nuestra. Es importante entender que el patriotismo no solo cobra sentido cuando juega nuestra selección o celebramos las Fiestas  Patrias, sino también cuando sabemos entender y promover nuestras culturas, formando un Chile más diverso y menos exclusivo. Si bien es fácil entender esto en teoría, no lo es cuando lo vivimos en la práctica.

No nos dejemos llevar por discursos mal entendidos que solo ocultan la realidad de la verdadera problemática que nuestro actual sistema político no ha sabido comprender. Que la lucha de ellos sea también la nuestra; desde las escuelas y las familias para, así, soñar juntos un Chile que acoge y no discrimina, y que, a pesar de todo, sigue conservando esa riqueza que permite que todos seamos hermanos.

Chilena. Profesora Básica y de Educación Ambiental. Actualmente colabora en el equipo de formación de la Parroquia San Ignacio de Loyola, de la comuna de Padre Hurtado, RM.

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