Desafío pastoral: Acompañamiento a gays y lesbianas

El Sínodo sobre la familia ha puesto sobre la mesa la necesidad de revisar las enseñanzas de la Iglesia en materia de moral sexual, visibilizando realidades que desafían las definiciones tradicionales de familia y sexualidad.

En este ejercicio, la realidad de las personas homosexuales ha sido objeto de análisis y reflexión, particularmente respecto de sus demandas de reconocimiento social, político y religioso. Esto no solo se ha estado realizando al interior de la Iglesia, sino que también lo discutimos en Chile a propósito del ya aprobado Acuerdo de Unión Civil (AUC), siendo testigos del modo en que lo religioso también puede ser utilizado como argumento para discriminar y ejercer violencia.

Muchas de las afirmaciones que proponemos en este texto ya están resueltas fuera del mundo católico. Otras, en cambio, siguen siendo materia de discernimiento y reflexión. Nos interesa contribuir al debate al interior de la Iglesia y proponer ciertos principios que permitan orientar la escucha y el acompañamiento a gays y lesbianas que desean crecer en su experiencia de fe, sin que ello suponga renunciar a ella como condición para vivir plenamente su sexualidad dentro de la comunidad cristiana.

La vivencia homosexual en su difícil pertenencia eclesial

Desde el clero, aunque también desde el laicado, muchas veces surgen voces que potencian la imagen de una Iglesia que pareciera no acoger ni hablar sobre el tema de la homosexualidad y que, además, presentan como incompatibles la experiencia de fe con la posibilidad de abrazar una orientación sexual distinta a la heterosexual. Ante esto, los católicos tenemos mucho que hacer, ensayando nuevas aproximaciones y evitando los daños que en no pocas ocasiones hemos provocado.

Vemos con preocupación, de acuerdo a la experiencia de algunos gays y lesbianas, que ciertos modos de transmitir la enseñanza católica pueden también reproducir los discursos y prácticas discriminatorias que ella dice condenar, en particular, cuando en nombre de Dios se legitiman la violencia y las distintas formas de exclusión que inciden sobre sus existencias.

Muchos homosexuales llegan a solicitar ayuda pastoral o atención espiritual, movilizados por preguntas que interrogan directamente su identidad sexual, cualquiera sea su formulación. Algunos acuden conflictuados con la norma eclesiástica y movilizados desde la culpa, otros necesitan una palabra que confirme lo que están viviendo, que se les acoja y escuche sin enjuiciar. Están los que desafían a la institución que una y otra vez los excluye; los que necesitan que Dios esté a su lado y los que quieren sanarse de una situación que perciben como dolorosa y desordenada. Hay que escuchar esto de entrada, aun cuando el compartirlo implique un tiempo largo de encuentros preliminares. Este primer contexto sitúa la relación de acompañamiento, las expectativas y los términos en que se encuadrarán los encuentros. He aquí algunos testimonios:

Si el Credo de la fe cristiana dice que Dios se manifiesta en la vida de toda persona y celebra su existencia como réplica suya, el giro comprensivo de nuestra aproximación a la realidad de gays y lesbianas debiera atender primero a sus relatos y vivencias, antes que a los documentos y teorías: escuchar antes que teorizar y describir; someter a prueba nuestros prejuicios y estereotipos; salir de nuestros laboratorios y libros teóricos aprendidos, evitando con ello toda forma de sujeción y sometimiento.

“Habiendo crecido en la Iglesia católica, nos enseñaron que las personas homosexuales eran intrínsecamente malas. A través de mi infancia y adolescencia tuve que lidiar constantemente con lo que la Iglesia señalaba sobre los gays y lo que yo sentía acerca de mí mismo. Supe que no había maldad en mi interior, pero tardé muchos años antes de que fuera capaz de aceptarlo y vivir libremente –sin culpa– como un hombre gay”.

“Tengo 53 años. Fui criado en un barrio católico y cursé toda mi enseñanza secundaria y universitaria en instituciones de inspiración católica. Todo pensamiento sexual, sentimiento, palabra y, especialmente, todo acto era observado como pecado. Fue muy difícil luchar contra mis impulsos mientras crecía y, más aún, cuando descubrí a mis 21 años que soy gay”.

La tradición eclesial no ha sido del todo consciente de que la homosexualidad es más bien una condición que se descubre y no la consecuencia de una elección. Muchas veces –hoy todavía– se repite la idea equivocada de que la orientación sexual es elegida. Hablamos de opción sexual y contribuimos a que muchos piensen que, así como elegimos ser hetero u homosexuales, también podemos cambiar y dejar de serlo. De este modo, caemos en definir la homosexualidad como un estilo de vida promiscuo, liberal y narcisista que se sostiene únicamente en el prejuicio y la ignorancia, naturalizando conductas y rasgos que no serían propios de una determinada orientación sexual.

Para nosotros es esperanzador que, a pesar de la visión negativa existente en parte del Magisterio católico, muchos gays y lesbianas reconozcan que la Iglesia es mucho más que su Magisterio: ella es, también, el Pueblo de Dios, la comunidad de los bautizados, laicos y laicas, religiosos y religiosas. Frente al rechazo que perciben desde esta institución, se propugna por parte de estos creyentes una nueva manera de permanecer dentro de la Iglesia como gays y lesbianas, vivir su fe y, especialmente, participar en grupos de oración y de servicio, experiencias cercanas a los nuevos movimientos eclesiales y a las comunidades de base.

En diálogo con la Psiquiatría y la Psicología

Es sumamente necesario actualizar al interior de la Iglesia católica el saber sobre la homosexualidad. Y hacerlo a partir de los nuevos conocimientos que emergen desde las ciencias y la experiencia de encuentro personal con gays y lesbianas. Fundamental es reconocer que la homosexualidad no se reduce a las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo. No existe una relación necesaria entre orientación sexual y conducta (comportamiento, acto). Actualmente, se sostiene que un individuo se va descubriendo como homosexual. No se trata de una elección personal, sino más bien de una disposición fundamental u orientación no elegida. Por tanto, no hay responsabilidad moral implicada en el hecho de ser homosexual.

Dado lo anterior, cualquier dispositivo de apoyo debiera proponerse, como primera tarea, escuchar la manera particular en que el sujeto se ubica respecto de su sexualidad y su deseo. De ese modo, darle lugar al malestar, la pregunta y/o inquietud dentro de la relación de ayuda, sin forzar a que asuma aquello que no desea, ni tampoco imponiendo los ideales y creencias de quien presta ese apoyo.

Aun cuando la evidencia esté disponible (revisar posicionamiento técnico de la Organización Panamericana de la Salud), creemos relevante reforzar nuestro posicionamiento en contra de cualquier tipo de terapia o relación de ayuda que opere bajo el supuesto de que la homosexualidad es un trastorno afectivo, una desviación o una manifestación sintomática de un conflicto psíquico no resuelto. Esto supone, también, cuestionar los factores de tipo socioculturales que favorecen la imagen de sujeto desviado y/o enfermo, la cual suele circular en muchos colegios, universidades, medios de comunicación e instituciones religiosas.

Quienes acompañamos el proceso somos testigos privilegiados del relato que se nos confía, y afirmamos con nuestras intervenciones que es decisión de cada persona elegir la manera que más humanice y dignifique su vivencia en tanto gay o lesbiana. No podemos perder la orientación de una escucha y una intervención que son siempre singulares y que, en definitiva, determinan una práctica ética que reconoce la diferencia y desafía todo intento por homogeneizar la experiencia del otro.

CC: Flickr: cla_fotos

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De este modo, para muchos y muchas, el trabajo podría consistir en asumir su orientación sexual y aceptarse en tanto homosexuales. En este punto son concluyentes tanto las investigaciones sociales como los resultados obtenidos en la clínica: en tanto más negativa es la percepción de la persona, mayores son los problemas psicológicos asociados. Progresivamente, la homosexualidad va siendo reconocida como una expresión más de la sexualidad, expresión que no compromete la integridad física ni psicológica de la persona.

Así pues, en esta situación de general apertura y progresiva inclusión, cabe interrogarse sobre las resistencias que aún existen en el ámbito eclesial. No se sabe demasiado sobre el origen y desarrollo de la orientación sexual, y muchas de las investigaciones actuales en el ámbito de la salud no interrogan su etiología e incidencia. Mucho de lo que hasta hoy se pensaba resulta erróneo. Por ahora es necesario comenzar con el supuesto de que la orientación sexual y la salud mental son dimensiones independientes. Conocer la primera no nos dice nada sobre la segunda, ni tampoco sobre la madurez, el carácter y los conflictos internos de una persona. En caso de que existiera alguna dificultad o afección sintomática, procederemos de igual modo que con personas heterosexuales.

Con todo, no hablaremos de tendencias homosexuales ni homosexualismo, sino de personas homosexuales, sujetos con historias y experiencias que singularizan su existencia, lo cual hace que nuestra intervención sea, también, particular. No todos los homosexuales son iguales, así como los heterosexuales tampoco son iguales en absoluto. Y no todos los homosexuales se sienten de igual manera respecto a su identidad sexual.

Esta diferencia es fundamental, porque siempre trataremos con personas, no con orientaciones sexuales. Al respecto, uno de los problemas en los que hemos caído es que nos acercamos a la homosexualidad como realidad teórica y en abstracto, como un objeto por conocer y que debemos observar en nuestros laboratorios, anteponiendo el juicio y la condena, hablando sobre sus experiencias y no con ellos.

Consideraciones para el Acompañamiento

Mientras no seamos capaces de reconocer a la persona homosexual como un legítimo otro, todo intento por ofrecer ayuda terminará equivocando el rumbo y orientándose en función de criterios que poco y nada tienen que ver con la persona. Y para ello se requiere un trabajo sobre los prejuicios que dificultan esta relación y que no solo se encuentran presentes en el individuo, sino que también en la cultura y las formas en que tradicionalmente hemos organizado las relaciones entre hombres y mujeres.

Para que se dé garantía a este proceso de ayuda, consideramos que es fundamental que la persona que realice este acompañamiento sea consciente de su propia biografía y las actitudes que se movilizan en cada encuentro personal: sus creencias y prejuicios sexistas, culturales, raciales, de género y otros, advirtiendo las limitaciones de sus propias perspectivas e interpretaciones.

Parte del proceso de acompañamiento a personas supone que la acogida y el reconocimiento del otro se antepone a los esfuerzos por atrapar su existencia dentro de nuestros limitados esquemas conceptuales. La aprehensión instrumental del otro –en tanto objeto de nuestra observación y análisis des-implicado– encuentra su soporte en una praxis social que valora la observación y la tipificación por sobre el encuentro y el reconocimiento, situación que no sería solidaria con aquellas formas de vida que aspiran a ser únicas e irremplazables. Desconocer esta orientación hacia lo particular supone insertar a la persona dentro de una serie estandarizada de identidades que suprime violentamente aquello que singulariza su existencia y que lo diferencia del resto.

Este modo que proponemos para orientarnos hacia el encuentro con el otro va contra el ethos de dominio, poder y sumisión tan presente en nuestra cultura occidental, y presente también al interior de la Iglesia. Si el Credo de la fe cristiana dice que Dios se manifiesta en la vida de toda persona y celebra su existencia como réplica suya, el giro comprensivo de nuestra aproximación a la realidad de gays y lesbianas debiera atender primero a sus relatos y vivencias, antes que a los documentos y teorías: escuchar antes que teorizar y describir; someter a prueba nuestros prejuicios y estereotipos; salir de nuestros laboratorios y libros teóricos aprendidos, evitando con ello toda forma de sujeción y sometimiento.

Adaptación de un artículo publicado en la Revista Mensaje, edición Enero-Febrero 2015.

Psicólogo Clínico. Docente del Centro Universitario Ignaciano (CUI) de la Universidad Alberto Hurtado.

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Sacerdote Jesuita, Psicólogo, Especialista en Psicoterapia Psicoanalítica de la Universidad Pontificia Comillas-Elipsis (Madrid). Actualmente realiza trabajo pastoral, de orientación y educativo en colegios y movimientos religiosos de la Compañía de Jesús.

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