Desde dentro de una Iglesia en crisis: La peste, la ceguera y el poder

En la obra “Finitud y Culpabilidad”, Paul Ricoeur realiza una genealogía del mal, analizando las concepciones más originarias del mismo. Descubre que, tanto en la antropología bíblica más arcaica como en la tragedia griega, el mal no tiene una constitución moral, sino que se lo concibe materialmente. La imagen paradigmática es la de la peste: como una sustancia fluida avanza y contagia todo lo que toca. El mal aparece como una enfermedad que se transmite por el contacto, en lo concreto. El mal mancha, el contacto con la sangre implica la impureza. A esta impureza no se la limpia moralmente, sino que hay que enfrentarla materialmente. De ahí las disposiciones para purificarse, la importancia del lavado, del agua que corre y limpia.

Vemos una dinámica similar en la novela “La náusea” de Jean Paul Sartre. Nadie sabe de dónde viene ni cómo se transmite, pero la peste llega a todos. Como en el “Ensayo sobre la ceguera” de Saramago: la ceguera avanza y, aunque uno quiera escapar de ella, ésta atrapa, envuelve, enferma, marea. Quisiera detenerme en “Edipo Rey”, de Sófocles. Dicha tragedia comienza con una mácula, una mancha, una peste que avanza decididamente. Edipo Rey, el que había liberado al pueblo de las amenazas de la esfinge, quiere combatirla: investiga buscando al culpable, al chivo expiatorio al que hay que eliminar para detener el avance de esta marea sucia que impregna a todos. Edipo entra en una dinámica autodestructiva, no reconociendo que la culpa está en él, en su ambición de poder. Surgen indicios de su culpa, pero él no quiere verlos, los tapa, no les presta atención. Pero, mientras más se reprime la verdad, más se expande dicha marea.

Solo cuando Edipo mira la verdad a los ojos, reconociendo su participación en el mal, es cuando la peste detiene su avance. Un mal del cual participaba, sin darse cuenta. En un gesto simbólico para nosotros, se quita los ojos: ciego puede mirar mejor, porque durante toda su vida Edipo fue el vidente ciego. Veía, pero no podía hacerlo más allá de su mirada omnipotente. Estaba enceguecido frente a la verdad. En la ambición de poder de su mirada es donde estuvo su perdición. Ahora, ciego, puede ver: es el ciego vidente, el que sabe que no posee la verdad, y por eso puede empezar a escuchar, empezar a ver más allá de su mirada corta, falible. Edipo reconoce que no es solo víctima -como creía-, sino que también es victimario: “¡Oh luz: es la vez última que te miro! Bien probado quedó que yo soy hijo de quien nacer no debiera. Me uní en nupcias con quien era ilícito. Y di la muerte al que nunca matar podría”. Simbólicamente, Edipo termina teniendo que apoyarse en Antígona, su hija, para poder andar. Sabe que no puede caminar solo, que necesita de otra que le marque el paso, lo ilumine, lo conduzca.

¿Adónde voy con esto? A veces siento que la crisis que estamos enfrentando en la Iglesia se parece a la de la peste. Hay delitos y responsabilidades morales muy evidentes e inexcusables que deben ser juzgadas. Pero también hay una mancha que, sin saber cómo ni cuándo -¿o sí? -, se expandió subrepticiamente por las estructuras eclesiales. Mientras más se la tapaba, más seguía contagiando, impregnando, destruyendo vidas. Como Edipo, investigamos donde no había que investigar, no miramos cuando había que hacerlo, buscamos chivos expiatorios y no nos dimos cuenta que la peste tenía sus propias dinámicas subterráneas para avanzar, ensuciar, aniquilar. Como una herida llena de pus, terminó explotando y el pus manchó a todos. Y creo que es importante este “a todos”. Así como Edipo miró el mal a los ojos y se dio cuenta que él era también victimario, debemos hacer todos el mismo proceso. Quisiéramos ser sólo víctimas, pero al final del día nos damos cuenta que también participamos de este mal: quisiéramos que éste estuviera solo en la vereda de enfrente, pero también está en nuestra casa. Como Iglesia creíamos que veíamos, pero éramos ciegos.

En efecto, cada vez que hemos legitimado las estructuras de poder que han posibilitado el desarrollo de tal cantidad de abusos, de algún modo también hemos permitido que los mismos se desarrollasen y desplegasen. ¿O acaso no seguimos soñando con una Iglesia poderosa, que sea decididamente influyente en la sociedad, que marque la agenda pública? ¿No seguimos añorando aquella Iglesia de las grandes muchedumbres, de los templos llenos, paladín de la justicia y los derechos humanos frente a un mundo que solo busca su propio provecho, egoísta, autosuficiente? ¿No nos creemos todavía muchas veces la “reserva moral” de una sociedad perversa, disoluta, libertina? Todas estas posturas maniqueas, que inconscientemente -o a veces de forma consciente- se esconden en muchas de nuestras prácticas, reproducen dinámicas de poder y posibilitan el autoritarismo que subyace en modos paternalistas y autosuficientes, en la creencia absurda de que somos los únicos poseedores de la verdad, y que, como tales, tenemos el derecho y el deber de guardarla e imponerla. Cómo nos cuesta aceptar que en materia moral la sociedad civil nos lleva años luz de ventaja en muchos ámbitos, como lo es en la búsqueda de transparencia y en el reconocimiento y rol de la mujer.

Quizá, como Edipo, es hora de que dejemos de ser los videntes ciegos. En toda esta crisis creo que hay un llamado importante a hacer entrar a la Iglesia en el mundo contemporáneo. No somos más la Iglesia triunfante del barroco. Una Iglesia pobre para los pobres. Una pobreza que no sea sólo material, sino también pobre en la ambición, pobre en los medios, pobre en su poder. Una Iglesia que cada vez sea más consciente de que no lo sabe todo, que está llamada a escuchar, a acoger, a relacionarse horizontalmente con el mundo, a ser transparente, a dar cuentas, a reparar; aunque cueste. Una Iglesia que abra los ojos a la diversidad que ya, de hecho, está presente en ella. Una Iglesia que reconozca con vergüenza y verdad todo el pus y podredumbre que dejó crecer dentro suyo. Una Iglesia que escuche a quienes han sido víctimas, repare y aprenda de ellas. Una Iglesia a la que le duela más el daño realizado que la pérdida de su prestigio. Así, quizás, podamos volvernos más libres para ser fieles a Jesús de Nazaret que optó por caminar junto a las víctimas de este mundo.

“Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, allí queda, él solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24). Creo que más que nunca debemos contemplar esa paradoja evangélica, del Dios que renuncia a la omnipotencia, se opone a nuestras categorías y nos muestra que su verdadera fuerza está en la debilidad de la encarnación, del abajamiento, de la fragilidad, de la cruz. Solo mirando la muerte a los ojos, y a nuestra participación en el mal a la cara, muriendo a nuestros sueños omnipotentes, podremos ser aquellos ciegos videntes: los que saben que la verdad no se puede poseer sino sólo buscar, y, por eso, en vez de pretender iluminar, dejarse iluminar por una luz que no nos pertenece, sino que es puro don y regalo del Señor resucitado.

Jesuita argentino. Estudia Teología en la Pontificia Universidad Católica de Chile y colabora en CVX Jóvenes.

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