¿Diaconado femenino?

Las mujeres han sido parte activa de la Iglesia desde siempre. El mismo Jesús durante su ministerio las escuchó, acogió y nombró sus discípulas, realizando una práctica inclusiva revolucionaria para su época. En todos los encuentros de Jesús con mujeres, son reconocidas en su dignidad, liberadas de sus pecados, puestas de pie.

En la Biblia, muchas son modelos de fe sin las cuales la historia de la salvación no sería posible. Sara, Judith, Rut, Ester, en el Antiguo Testamento. María, Isabel, María Magdalena, en el Nuevo. Las mujeres fueron discípulas, acompañaron a Jesús hasta la cruz y se convirtieron en las primeras testigos de la resurrección y anunciadoras de la Buena Noticia. Sin embargo, la Iglesia, a lo largo de su historia, no les ha otorgado un protagonismo similar, relegándolas a un segundo plano al interior de la comunidad eclesial.

Actualmente, la Iglesia es mayoritariamente femenina. Basta acercarse a cualquier parroquia un día domingo para ver cómo la asamblea está integrada gran parte por mujeres. Lo mismo ocurre en distintos servicios eclesiales: en las pastorales, voluntariados, catequesis, comunidades, colegios… siempre encontramos a un número importante de ellas -laicas y religiosas- prestando servicios indispensables para los más pobres y para la toda la comunidad eclesial.

Sin embargo, no ocurre lo mismo cuando nos acercamos a los espacios de poder y toma de decisión de la Iglesia Católica. Las profesoras y estudiantes mujeres aún son una minoría en las facultades de teología. Los espacios de toma de decisión de la Iglesia están mayoritariamente ocupados por varones célibes: sacerdotes y obispos. Sirve de ejemplo el reciente Sínodo de la Familia: entre más de 400 participantes, no habían más de 20 mujeres invitadas y sólo como auditoras. La voz y el voto siguen siendo monopolio de los ministros ordenados.

Dado este contexto, es una buena noticia el anuncio que hizo el Papa el pasado 12 de mayo en la reunión anual de la Unión Internacional de Superioras Generales (UISG) en Roma, de estudiar la posibilidad de un diaconado femenino en la Iglesia. Permitir acceder a las mujeres a una forma de sacerdocio ordenado, sería un primer paso de reconocimiento eclesial de una tarea que ellas efectivamente hacen en nuestra Iglesia. Pues mujeres diaconisas han existido siempre en nuestras comunidades, aunque no hayan recibido el sacramento del orden.

Es una buena noticia el anuncio que hizo el Papa el pasado 12 de mayo en la reunión anual de la Unión Internacional de Superioras Generales (UISG) en Roma, de estudiar la posibilidad de un diaconado femenino en la Iglesia. Permitir acceder a las mujeres a una forma de sacerdocio ordenado, sería un primer paso de reconocimiento eclesial de una tarea que ellas efectivamente hacen en nuestra Iglesia.

Basta pensar en tantas religiosas, catequistas, animadoras de comunidades y servidoras de los más pobres que caminan entre nosotras y nosotros. O en tantas mamás y abuelas, principales transmisoras de la fe en sus familias.

Ahora, si esta incorporación se queda solamente en un reconocimiento simbólico, y no cuestiona a fondo las estructuras de poder con las que funciona la comunidad eclesial, será un avance estéril. En ese sentido, recibir reconocimiento y poder al interior de la comunidad sólo será un paso fecundo cuando convirtamos ese poder en servicio y no tiranía; en escucha y comunión, y no en autoritarismo y más exclusión. Pues entre los cristianos, el poder es en primer lugar servicio, y los primeros estarán siempre llamados a ocupar el último lugar.

Sin este correctivo evangélico, las mujeres podremos usar estolas y albas, sentarnos en los primeros puestos y dictar cátedra, pero la estructura de poder quedará incuestionada.

Quizás somos justamente las mujeres las que podríamos realizar los cambios necesarios, pues conocemos bien los últimos lugares. Es desde ahí que todos y todas somos llamados a recrear la Iglesia. Si el diaconado femenino sirve para potenciar esta transformación, bienvenido sea.

Chilena. Historiadora y profesora UC. Magíster en Historia por la UAH y estudiante de Teología en el Boston College, EE.UU.

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