Discursos y pronunciamientos

¿Qué lee, mi patrón?
Palabras, palabras, palabras…

Shakespeare, Hamlet, II,2

Los arqueólogos identificaban los restos humanos en el subsuelo por la presencia de herramientas. Llegaron a formular la hipótesis que lo humano se reconoce por la confección y el uso de diversos utensilios, desde las hachas de piedra hasta el último microchip que la tecnología moderna ofrece. Man is the toolmaker, decían [1].

Tal vez, hubo un cierto prejuicio profesional en la formulación del criterio, pues el arqueólogo sólo estudia los artefactos que duran miles de años bajo la tierra. Los cantos y las danzas, desaparecen. Después, los zoólogos descubrieron a un chimpancé haciendo un instrumento de palo para pillar gusanitos, y la teoría se relativizó un poco.

Mi hipótesis, a partir de mi propio prejuicio profesional, sería que el lenguaje es la clave de la humanidad. Los zoólogos ya me descubrieron, porque hasta los gatos se comunican con sonidos, y los cetáceos tienen un vocabulario bastante elaborado que los expertos están recién comenzando a entender [2]. Sin embargo, habrá que reconocer que, en paralelo con las herramientas, las palabras han llevado la raza humana a sus más grandes alturas y a sus más profundos abismos.

El desarrollo del ser humano desde su nacimiento hasta la adultez demora muchos años por la complejidad del proceso de aprendizaje. Las palabras son más que los nombres que se ponen a las cosas. Representan la red de relaciones que se establecen entre las personas por medio de los gestos, los sentimientos, las sutilezas y las abstracciones.

Para muchos usuarios, el lenguaje va a ser siempre inconsciente; como el agua para un pez que ni se imagina la existencia sin ese maravilloso elemento que lo envuelve completamente. Pero, hay aguas dulces y saladas, limpias y contaminadas. Vale la pena tomar conciencia de los presupuestos lingüísticos.

Después, viene lo más complicado de todo: la conciencia que el lenguaje supone de sí mismo. Para muchos usuarios, el lenguaje va a ser siempre inconsciente; como el agua para un pez que ni se imagina la existencia sin ese maravilloso elemento que lo envuelve completamente. Pero, hay aguas dulces y saladas, limpias y contaminadas. Vale la pena tomar conciencia de los presupuestos lingüísticos. Si no, la corriente te va a arrastrar.

Suele haber dos partidos, más o menos, irreconciliables entre sí, como la derecha y la izquierda en la política. Los abanderados del relativismo lingüístico juran que las palabras son arbitrarias, que podrían representar la nada misma. Vanidad de vanidades, y no importaría. El relativista sólo considera el efecto producido en el oyente. El relativismo se aproxima a la filosofía nominalista. El relativismo es de los grandes discursos efectistas, pero no necesariamente verdaderos.

Los abanderados del absolutismo lingüístico insisten que las palabras son esencialmente vinculadas a sus significados, con valor y sentido en sí mismas [3]. En la teoría comunicacional, el absolutismo lingüístico se relaciona con el universalismo filosófico. A veces, se llama esencialismo. El absolutismo es de palabras precisas y vocabulario exacto, aun cuando no convence a nadie.

Hay un término medio, encausado por el sentido común y el consenso bondadoso. Los dos campos suelen odiarlo más que la causa contraria. Ya vamos a llegar a eso.

Relativistas y absolutistas insisten, sin fundamento, en lo que les parece que es así y nada más. Como el agua para el pez. Como la tierra plana y el universo geocéntrico.

Tal vez, ni se imaginan que podría ser diferente. Pero el presupuesto lingüístico existe, como la cultura que envuelve todo o como el sistema operativo del computador, que se carga automáticamente y funciona a su manera, quiera o no, entienda o no. Relativismo y absolutismo son sistemas operativos diferentes. Más aún, cuando entra un virus en los sistemas, todas las funciones se ven afectadas.

Los relativistas son “cada loco con su tema”. En el mundo secular suelen dedicarse a la política, el comercio y el espectáculo, en que el discurso floreado llama la atención e incide directamente sobre el éxito de las propuestas. Les cuesta concretar, a veces.

En el ámbito religioso, el relativismo es protestante. De hecho, la “sola palabra” de Lutero nació, indirectamente, del nominalismo medieval. En el mundo protestante, el sacramento que une el gesto material con la trascendencia se hizo humo. Lutero afirmaba que solamente la Palabra (quería decir, la Biblia) tenía poder para transmitir la salvación. Actualmente, entre evangélicos, eso también se relativizó. Ya no es tanto el texto bíblico que vale, sino la palabra del pastor. Suele hablar horas, improvisando con inspirada pasión. La Biblia queda sin abrir. Sólo sirve de utilería teatral.

El problema con el relativismo es que carece de referente sólido. El bien común se vaporiza, porque la bondad se vuelve cosa de cada uno. Todo depende de la consciencia individual. Fácilmente, la conciencia se transforma en la conveniencia.

No hay cómo hablar de los objetivos, sino sólo de las actividades, la escenificación, los efectos especiales, el sonido, las luces y colores. Es la religión del mega-evento. No existe Dios, sino sólo el discurso sobre Dios, con show, con sonido y aplausos[4] .

Por el otro lado, los absolutistas suelen ser personas de estricto rigor. En el mundo secular, suelen escoger carreras de burócrata, militar y abogado. No hay preguntas ni explicaciones, sino solamente la aplicación exacta del procedimiento protocolar. Su mundo no cambia, y el pueblo acepta porque, si no, va a sufrir las consecuencias.

En el ámbito religioso, el absolutismo es propio del catolicismo tradicional, en que todo decreto autoritario se estimaba infalible, en que el fuego eterno conmovía mucho más que el amor. Antes del Concilio, se decía que sólo el sacramento salvaba, y sin sacramento, no había salvación. Eso daba poder absoluto a quienes administraban los sacramentos.

La palabra de Dios quedó oculta en lenguas desconocidas. Los fieles no tenían autorización para leer la Biblia. No había que entender, sino sólo aceptar y obedecer. El catolicismo tradicional era una religión de poderosos y sometidos. Quien hiciera muchas preguntas era un pecador.

Hasta el día de hoy, el esencialismo enciclopédico se hace pasar por teología. Tiene un estilo frío, paternalista y condescendiente. Los fieles aprendieron a venerar la autoridad como tal, no importa quién era ni qué dijera. Jesús ni entraba en su mundo.

El problema con el absolutismo lingüístico es que su fundamento es arcaico, desconocido e simplista. Los principios se “reificaron”, es decir, se transformaron en cosas, objetos mudos sin sentido, ni coherencia, ni compasión. Existen en el mundo platónico de la formalidad, inaccesible y, tal vez, imaginario.

Dios no existe en el absolutismo. Sólo cuentan con un becerro de oro que legitima el discurso de quienes sean dueños de la estructura y la utilería. Cuando la voluntad de Dios es inaccesible por los mortales, se transforma en la voluntad de quienes ejercen el poder. Desde arriba hasta abajo, pues los más autoritarios suelen ser los secretarios y subalternos.

En el mundo polarizado no existe ninguna luz que oriente el proyecto de sociedad, ningún consenso sobre lo que es bueno para todos, ningún amor que salve a los desprotegidos. Sólo hay mentira, corrupción y violencia.

En medio de tantos conflictos internacionales, tantos intereses particulares presentados por los medios con discursos espectaculares o incuestionables, tal vez, parece ingenuo preguntar por teorías lingüísticas. Pero por ahí va la raíz del asunto.

El negocio honrado sucumbió ante el nuevo modelo empresarial. La colusión y la estafa se incluyen en el repertorio de marketing, sin escrúpulo. Se relativizó. No existe más mentira en el mercado, sino sólo la imagen, para fines publicitarios. Hasta que la autoridad se imponga y los obliga abandonar las prácticas más escandalosas.

La crisis en lo religioso no es por la incursión del secularismo, sino porque hemos licuado a nuestro Dios con el discurso vacío, por un lado, y el decreto insensato, por el otro.

La crisis en lo religioso no es por la incursión del secularismo, sino porque hemos licuado a nuestro Dios con el discurso vacío, por un lado, y el decreto insensato, por el otro.

Pero existe una tercera vía. Las palabras, palabras son, y existen mil maneras de expresar las buenas ideas. Pero la bondad está ahí, realmente. La misericordia incondicional, también. No importa como lo llaman. El bien común es real, sin importar qué nombre se le dé.

El principio y fundamento de la compasión solidaria se ve en la acción concreta y se da a conocer en el corazón de cada uno, animando al mundo material a amar con las obras. A veces, hay que derrocar a los ídolos y los falsos profetas para poderlo encontrar.

El judaísmo antiguo prohibía pronunciar el nombre del Señor. Se entendía como imposible decirlo sin adulterar su infinita misericordia y bondad. Ahí va la sabiduría.

[1] El hombre es el fabricante de herramientas. Atribuido a Kenneth P. Oakley, British Museum, 1955.
[2] Más maravilloso aún, se ha encontrado que las orcas del hemisferio norte hablan un “idioma” diferente a las orcas del hemisferio sur.
[3] La existencia de idiomas diversos ya es un problema teórico para los absolutistas. De ellos, venía la urgencia de que hubiera una sola lengua intelectual, religiosa y filosófica, (el latín, originalmente). Lo que habla la gente en la calle quedó reducido a dialecto, patois, o slang urbano.
[4] Véase mi columna, El nuevo docetismo en Territorio Abierto https://territorioabierto.jesuitas.cl/el-nuevo-docetismo/

Jesuita, ha trabajado muchos años en Chile y Brasil, en pastorales diversas. Actualmente está de sabático en Texas, EE.UU., su tierra natal.

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