Diversidad: posibilidad de mayor humanidad

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CC: Hayat Jiyan gyank.

El Sínodo extraordinario de la Familia y la distribución del cuento “Nicolás tiene dos papás”, han hecho resurgir públicamente durante las últimas semanas, y no sin incomodidad de algunos, la necesidad de avanzar en un justo reconocimiento de nuestros hermanos homosexuales, uno que esté a la altura de la dignidad que compartimos.

En estos tiempos, difícilmente podríamos negar a alguien la dignidad de ser humano como cualidad común. Más bien, todos confiamos en que las relaciones se fundan en el reconocimiento y respeto de aquella dignidad compartida, en vista de una mayor humanidad. Más complicado parece ser comprender lo que implica ese reconocimiento. El filósofo cubano, Fornet Betancourt, señala que para no quedarnos en la mera abstracción discursiva, este ejercicio de reconocer tal dignidad en un sujeto debe entenderse en un determinado contexto histórico y en una determinada situación. Por ejemplo, el reconocimiento de la dignidad de un hombre blanco y rico, no exige las mismas acciones que la de una mujer negra y pobre, toda vez que hay una historia socio-política, simbólica y económica, que facilita o impide que la persona sea tratada según la dignidad común.

El reconocimiento de la dignidad de nuestros hermanos homosexuales, exige (…) interrogarnos a nosotros mismos sobre la supuesta superioridad de los criterios heterosexualizantes con los que hemos construido la sociedad.

Si miramos nuestra sociedad chilena, veremos que un homosexual, en pleno siglo XXI, debe vivir como un ser anómalo que debe justificar tanto su existencia como su lugar en la sociedad. De lo contrario, es exiliado a un sub mundo para poder ser, y vive con un temor constante a la agresión gratuita, desprecios tan presentes como invisibles en nuestras bromas y lenguaje cotidianos.

El reconocimiento de la dignidad de nuestros hermanos homosexuales, exige girar el cuestionamiento. Debemos dejar de pedirles explicaciones a ellos e interrogarnos a nosotros mismos sobre la supuesta superioridad de los criterios heterosexualizantes con los que hemos construido la sociedad. Una sociedad que en base a ellos les niega la vida que merecen por el hecho de tener una opción sexual distinta.

Los criterios anteriores deben ser sometidos a un examen que se fundamente en la diversidad que presenta la sociedad; de lo contrario, se replica el desigual esquema en que hoy vivimos. Así, el tema de fondo no radica en los criterios implícitos que llevan a la discriminación y marginación, sino en el modo en que los establecemos. Es decir, la superioridad implícita de uno de los grupos humanos, que anula toda otra perspectiva, termina reduciendo la humanidad, pues elimina la diversidad que la constituye. No se trata de que los heterosexuales incluyamos a los homosexuales en nuestra sociedad, sino que la construyamos todos juntos desde nuestras diferencias, lo que sin duda aportaría a una sociedad más humana.

En términos eclesiales, esto es aún más relevante tomando en cuenta el reciente Sínodo sobre la Familia, en donde la Iglesia católica envió a todos sus fieles la tarea de discernir sobre los modos de colaborar con la misión de Dios hoy. Una de las dimensiones de esta discusión tiene que ver con el modo de acoger a los homosexuales. Este discernimiento, al ser eclesial, invita a homosexuales y a heterosexuales a reunirnos de la forma en que lo hacían las primeras comunidades: en torno a la mesa y la palabra, reconociendo las señales que les revelaron a Jesús ―en plena humanidad— como el Hijo de Dios. Lograron descubrirlo, no por el cumplimiento de preceptos morales o por haber leído las escrituras, si no por conocer, aprender e imitar, como amaba Él. Esta es la experiencia desde la cual se re-lee toda la historia, escrituras y preceptos. Los cristianos, en este sentido, no somos más que esos testigos de un amor tal que, en medio de la historia, acallado, esconde una parte del misterio de Dios.

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