Dos banderas, dos proyectos

Entre las muchas críticas dirigidas a las religiones, con frecuencia sobresale aquella que cuestiona el dualismo cuerpo-alma, tierra-cielo. Esta división de la realidad podría representarse con un edificio de dos pisos: el primero sería el mundo material, que normalmente juega el papel del piso “negativo”: materia es igual a deseo, pecado, lo finito y temporal; y, el segundo, sería el mundo espiritual, desempeñando el papel de la “promesa”: del porvenir tan esperado, de la salvación y del lugar donde habita “aquello” que llamamos Dios.

Estos dualismos son criticados, porque normalmente se traducen en un desentendimiento del mundo y sus problemáticas, y en una visión negativa de la carne y del cuerpo, que tiende a asociarlos con algo pecaminoso y en una especie de prisión del alma, la cual lucha por liberarse de las limitaciones materiales. Lo anterior convierte a esta existencia terrena en una vida de paso, cuya importancia, cuando mucho, radicaría en ganarse el derecho a la otra vida: la verdadera y eterna.

El desarrollo filosófico y social del mundo en el que vivimos ha venido criticando este dualismo presente en las religiones desde hace mucho tiempo. Para estos críticos, las religiones representan una especie de salida alienante del mundo, que aplasta a sus miembros, satanizando la carne y la materia. Nietzsche es el máximo representante de esta crítica. Según este filósofo, en el cristianismo, el platonismo y el budismo, se encuentra el germen de una “moral de esclavos” que atenta contra la vida, poniendo siempre los valores en un más allá que no se experimenta jamás.

La lógica del proyecto de Dios es distinta, más sublime, y desde que Dios es Dios ha estado germinando y fermentándose en la vida misma. Porque el cristianismo no es dualista en cuanto a definir la realidad, sino en cuanto invita a tomar una opción radical en la vida en pro del propio dinamismo que esa vida exige.

Sin embargo, las críticas a este esquema no han venido exclusivamente de boca de científicos y filósofos modernos; incluso dentro del propio mundo de las religiones se han levantado voces en contra de esta división que lleva a una visión negativa de la vida terrena.

Deteniéndome en el cristianismo, no cabe duda que este dualismo ha estado -y aún sigue estando- muy presente. Sería inútil negar que en ocasiones la prédica cristiana, de alguna forma, sustenta y refuerza esta dualidad cielo-tierra, colocando en el primero todo lo bueno y en lo segundo, la caída.

Pero debemos entender el cristianismo -mensaje, vida y obra de Jesús- como un mensaje dual distinto, en el que, más que división, se plantea una encrucijada ante la cual es imperativa una opción radical.

El dualismo cuerpo-alma no está presente en la antropología semita, sino que su origen está en el platonismo. Para los griegos intérpretes de Platón, muy posteriores a este filósofo, había una diferencia entre el mundo sensible y el mundo de las ideas, que también se traducía como una diferencia entre el cuerpo y el alma. Se decía entonces que había actividades para cultivar el cuerpo y actividades para cultivar el alma, que había estilos de vida más bajos, correspondientes a quienes se regían por las pasiones corporales, y modos de vida más elevados, caracterizados por aquellos que se dejaban guiar por las buenas costumbres y la razón.

Estas ideas no las encontramos en el mundo judío. Para el pueblo hebreo no había distinción entre cuerpo y alma; el ser humano era una unidad, un todo complejo. Esta diferencia en la visión de lo que es el ser humano es una de las muchas razones por las cuales Cristo representó “locura” para los griegos.

La división cuerpo-alma que ve a este mundo como algo negativo no es, como tal, parte de la experiencia cristiana de Dios. Entonces, ¿qué decir ante frases del Nuevo Testamento en las que se contrapone el Reino a “este mundo” y a la lógica de la “carne”? Aquí es donde aparece ese otro dualismo que, en mi opinión, es el netamente cristiano, y a cuyo alrededor gira la experiencia de Dios.

Esta visión dual de la realidad no tiene que ver con una realidad dividida en dos pisos, sino con una existencia humana concreta, en la cual nos vemos invitados a tomar una opción vital, la que se presenta como la elección entre dos proyectos: la lógica de Dios y la lógica del mundo.

San Ignacio lo expone muy bien en su meditación de las dos banderas (EE. 136-148), en la que lleva de la mano al ejercitante ante la imagen de dos ejércitos que están por enfrentarse. Por un lado está Lucifer y todas sus huestes, y, del otro, Jesús y sus discípulos. Lo importante aquí son los “discursos” que ambos capitanes dirigen a sus tropas: Lucifer les habla de riquezas, tanto materiales como cualidades personales, llevándolos a la soberbia y la vanagloria; por otro lado, Jesús invita a la pobreza espiritual y a la humildad. Son claramente dos lógicas distintas, dos proyectos diferentes.

Tenemos entonces, no una realidad dividida en dos pisos, sino una realidad en la cual es posible optar por una de dos actitudes fundamentales, respondiendo cada una a un proyecto diferente: el proyecto del mundo, que aparentemente promete mucho, pero que finaliza en la muerte, y el proyecto de Dios, que en la superficie pareciera carente de victoria y de gloria, pero que encierra la plenitud de la vida. En mi opinión, éste es el auténtico “dualismo” cristiano.

La experiencia cristiana de Dios no nos lleva a alejarnos del mundo material en aras de alcanzar la gloria espiritual, sino que nos conduce a una encrucijada vital en donde somos capaces de escuchar el llamado a ser partícipes del proyecto salvífico que el Dios de la Vida está llevando a cabo en nuestras existencias. Esta opción es radical, la conversión es total, pues para ser colaboradores del Reino es necesario “dejarlo todo para venir a alcanzarlo todo”, parafraseando a San Juan de la Cruz. Y esto es precisamente la renuncia a la lógica y proyectos del mundo, la renuncia de la búsqueda de las riquezas y la gloria individual o de partido. La lógica del proyecto de Dios es distinta, más sublime, y desde que Dios es Dios ha estado germinando y fermentándose en la vida misma. Porque el cristianismo no es dualista en cuanto a definir la realidad, sino en cuanto invita a tomar una opción radical en la vida en pro del propio dinamismo que esa vida exige.

La actualidad de esta llamada a tomar partido por el proyecto de reconciliación y amor divinos está igual de viva que siempre; incluso más si tomamos en cuenta que cada vez es mayor el sufrimiento y la marginación. Comprender esta encrucijada de caminos es un don del Espíritu, pero es responsabilidad nuestra dar el salto. Ojalá podamos seguir apostando por el proyecto de la Vida.

Elías González Gómez. Mexicano. Estudió licenciatura en Filosofía y Ciencias Sociales en Guadalajara, México. Actualmente es estudiante del Máster en Mística y Ciencias Humanas en Ávila.

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