Dos caminos hacia la paternidad

La cuestión de la paternidad siempre ha sido conflictiva. Programa tras programa televisivo, con evidencias ineludibles, la voz de una sentencia toma forma y se repite: ustedes, sacerdotes de la iglesia, no son ni representan lo que debemos ser. La sentencia, particular y general a la vez, señala reflexivamente el punto de la crisis, esto es, el lugar de la ruptura donde aquellos que oficiaban un rol de padres cometieron el crimen de su acción. La verdad de esa separación primera, de esa rotura, puja por salir a la luz y des-ocultarse. El encubrimiento no hace más que engendrar una peste en el seno de la comunidad cuyo contagio no sabemos dónde comienza ni dónde termina. Como Edipo Rey, la heroicidad de estos días consiste más bien en ir hacia el fondo de esa ruptura primera y descubrir allí el porqué de esa herida, y las razones por las cuales la iglesia claudicó de su misión primera.

Por más buena y generosa que sea una idea abstracta –salvemos al mundo, vayamos a vivir con los pobres, que la iglesia no tenga escándalos-, si esta obstaculiza la escucha y la emergencia de un camino inédito, habrá impedido una vez más el auténtico sí del otro; habrá devorado así, una vez más, al hijo que quería nacer a su destino.

En este ir a fondo, nos puede ayudar el símbolo del descenso a los infiernos. Nos preguntamos: ¿será esta escisión, esta ruptura, el síntoma de una elección abusiva precedente que no se restringe a la iglesia sino que enmarca al teatro de la sociedad chilena? Pues también Edipo buscaba al culpable, y así investigándolo se encontró a sí mismo. Un camino de salud podría ser el de rememorar en la historia la galería de las acciones abusivas: ¿qué sombras aparecen y hablan allí? Sería algo así como un descenso a los infiernos de las paternidades del país, cada una con su correspondiente función de ley y declamación tajante del deber ser, y la consecuente formación de ideales ¿Qué nos pasa aquí con la ley y el deber ser? O dicho de otra manera, ¿por qué los padres devoran a sus hijos? ¿Por qué el deber ser y la ley oprime y suprime al otro futuro que busca nacer a su identidad?

Pero este camino de descenso y confrontación heroica con las sombras no es el único. Otro camino también se asoma si nos preguntamos por el sentido más genuino en que debe de acometerse la empresa de la paternidad. Rotos los signos de la función paterna, puesta en total evidencia la crisis, salta a la luz la necesidad de preguntarnos por el significado de esa función: ¿Qué significa asumir la función de padre hoy? Más específicamente, ¿cómo debe acontecer esa peculiar autolimitación del padre que propicia, en esa espera, el acompañamiento del otro en cuanto otro? En mi opinión, esto consiste en el paso siempre difícil de privilegiar primero la experiencia del otro por sobre la tendencia de querer imponer de modo rotundo y repetitivo el ideal abstracto y separado de su personalísimo destino. El padre, así validada la experiencia, se convierte en una instancia privilegiada de escucha, en cuyo ámbito la palabra compartida puede ir descifrando el sí para una generación de más vida y más novedad. Por más buena y generosa que sea una idea abstracta –salvemos al mundo, vayamos a vivir con los pobres, que la iglesia no tenga escándalos-, si esta obstaculiza la escucha y la emergencia de un camino inédito, habrá impedido una vez más el auténtico sí del otro; habrá devorado así, una vez más, al hijo que quería nacer a su destino.

Jesuita argentino. Estudia Teología en la Pontificia Universidad Católica de Chile y forma parte del equipo de Vocaciones Jesuitas.

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