¿Educación cívica… para qué?

(cc) apuntesenlibertad.com

La reciente publicación de la encuesta “Jóvenes y Política” realizada por el INJUV (disponible en: http://www.injuv.gob.cl), pone nuevamente en la palestra el tema del desinterés y, en este caso, el desconocimiento mayoritario de los jóvenes sobre la política. Más que referirme al método que se utilizó para encuestar, o a la validez de los resultados, me centraré en las conclusiones y comentarios que de ellos se desprenden. Busco, entonces, remitirme a algo que está en la base de la medición: ¿qué es lo que entendemos por educación cívica?

Cuando el ministro Lavín dice: “Acá hay que hacer algo permanente, que tiene que ver con las horas de educación cívica en Educación Media, porque hay mucho desconocimiento (…)” parece evidente que la idea de educación cívica a la que hace referencia, responde a una enseñanza del entramado político; es decir, de la política como actividad, y de la estructura y funcionamiento, tanto del sistema electoral como del político. De este modo, los resultados que revelan escasa preocupación y conocimiento por parte de los jóvenes con respecto a la política, parecieran poder repararse con un aumento en las horas curriculares en las que esté contenida tal información.

¿Cuál es entonces el objetivo que se persigue con una mayor educación cívica entendida bajo estos términos? Lo que se busca es que sean jóvenes cultos y comprometidos con el sistema, o, mejor aún, que realmente valoren el más claro método de expresión democrática: el voto.

En la mayor parte de nuestra población se sigue considerando al voto como el método privilegiado para exponer nuestro punto de vista; sin embargo, es válido preguntarse acerca del tipo de democracia que implica esta percepción.

Nos escandaliza que los jóvenes no sepan cuándo se usa el sistema binominal, pero no parece provocar la misma sorpresa constatar que no tengan conciencia de su rol como ciudadanos, o que no le asignen valor alguno al espacio de la política, como se desprende de los resultados de dicha encuesta.

De ser realizada en adultos, ¿esta encuesta tendría resultados distintos? ¿Son sólo los jóvenes los que no conocen el sistema político de su país? Quizás esta afirmación es aplicable a un conjunto bastante más amplio de personas, y por eso debiese movilizar la discusión hacia una preocupación por la relación de toda la población con la política. 

Una educación cívica en la que se enseñen todos los conceptos politológicos adecuados para conocer el modo en que se articula todo el sistema, ¿es entonces la solución al problema?

Ése es el conflicto: el problema que está en el fondo de la medición no sale a luz con la misma fuerza. Contamos con una democracia que reduce nuestro espacio de participación y que ha demostrado cómo las demandas de la población, de no llevarse a la calle, no logran tener un espacio en la agenda. Nuestra democracia nos limita a ser consumidores, del mismo modo en que lo somos en el resto de los aspectos de la vida; pero estamos tan acostumbrados a ese funcionamiento, que no somos capaces de notar estas debilidades. El rol ciudadano parece no ser un tema.

Este diagnóstico, no obstante, no es privativo de nuestro país, sino que está enraizado en muchos más, porque el sistema neoliberal bajo el que operamos, querámoslo o no, así concibe la participación ciudadana, y cualquier otra opción parece irrealizable.

Hace poco, durante mi periodo de desempleo, pensé en lo mucho que me gustaría realizar un curso de Educación Cívica en colegios. Cuando empecé a diseñar los contenidos del programa, fue evidente que no existía la posibilidad de siquiera mencionar el sistema electoral y político sin abordar primero la democracia, la participación ciudadana, y la entrega de una base mínima de conceptos que permitieran crear conciencia en los jóvenes que no tienen otro espacio más que sus familias (cuando en ellas se toca el tema), para ir más allá de la información contingente de la política. En otras palabras, aprender a pensar y reconocer la política que nos rodea tenía que ser lo transversal del programa.

En conclusión, es preferible contar con una masa de jóvenes y adultos incapaces de nombrar a cinco diputados de su país, que a los mismos siendo amplios conocedores de los aspectos técnicos, pero ignorantes y desafectados ante lo político. No puedo convencerme de que la distancia entre los jóvenes y lo político hoy sea mayor o igual a la de hace un tiempo; las masivas manifestaciones de esos jóvenes me lo impiden. Urge, por lo anterior, que seamos capaces de distinguir entre su distancia con la actividad política y quienes la ejercen y la lejanía que pueden tener con lo político como ámbito, como el espacio de lo común.

Hay que puntualizar que conocer la manera en que opera el sistema político es relevante; de hecho, debería formar parte de la educación curricular, pues contribuye a disminuir la desafección. Sin embargo, no puede olvidarse que en esa misma educación debe estar contenida la base de una verdadera educación cívica: su deber de cuidar y fortalecer la democracia, ya que el mayor peligro al que nos enfrentamos hoy es el de convencer a los jóvenes de su importancia como votantes y no como ciudadanos.

Chilena. Cientista Político UDP, Magíster en Pensamiento Contemporáneo y Filosofía Política UDP, Magíster en Teoría Política de la Universidad de Sheffield (Inglaterra) y candidata a Dra. en Filosofía de la Universidad de Glasgow (Escocia).

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