Educar a la elite: ¿misión cristiana?

CC: Infovaticana.com

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Fui educada en un colegio católico de elite. Con gratitud, reconozco haber tenido una muy buena formación. El Villa María es un colegio de niñas de clase alta, en su mayoría provenientes de familias católicas bien constituidas, con padre y madre casados por la Iglesia y de misa dominical.

En el colegio, recibí una formación católica centrada en los sacramentos, que eran ofrecidos como una oportunidad para conocer a Jesús y su Buena Noticia. Me educaron en una sexualidad libre, conectada con la afectividad y respetuosa de opciones distintas a la mía. Durante esos años de escolaridad, desarrollé mi amor por la historia, la lectura y un interés muy fuerte en la sociedad, la actualidad y la política. No solo leí libros, escuché clases y respondí pruebas. También, gracias al colegio, pude conocer el otro Chile: el de los campamentos, de las personas en situación de calle, de las familias rurales pobres, de los hogares de ancianos y de las casas de niños abandonados. Todo eso me abrió la mente y el corazón hacia personas distintas a mí, y me impulsó a vivir una fe que no se vivía solo al interior de las capillas o durante el mes de María, sino, sobre todo, en el mundo y en servicio a los más pobres. Más adelante, en mi etapa universitaria y profesional, aprendí que el Chile verdadero estaba allá afuera, y que nosotras vivíamos en una burbuja de privilegios, muchas veces como extranjeras en nuestro propio país.

Lo que aprendí en el Villa María me abrió al mundo y me entregó herramientas intelectuales, espirituales y humanas muy valiosas que hasta el día de hoy inspiran mi vivir y mi actuar. Si bien agradezco el esfuerzo de mis padres, la amistad de mis compañeras y el trabajo de mis profesoras y de las sisters, reconozco también que nuestro país ha cambiado y que hoy necesitamos una educación diferente. Desde los mismos valores cristianos recibidos, vividos y profundizados a lo largo de mi vida, me atrevo a cuestionar algunos supuestos sobre los que funciona la educación católica de elite, y a proponer un nuevo modo de educar, más cercano al evangelio de Jesús y más abierto a la diversidad socio-económica y valórica del nuestro país. Aunque la formación recibida tiene una riqueza innegable, hoy no es suficiente.

Nos falta una educación más democrática e igualitaria desde la base. Una educación que nos posicione frente al diferente como un igual con quien hay que trabajar en conjunto para cambiar la sociedad, no como un pobrecito a quien asistir, o un cuico al que hay que pedir ayuda y caridad.

Pienso que los educadores y sostenedores de colegios católicos no podemos conformarnos con educar a una buena elite o con trabajar en zonas pobres. La tremenda desigualdad del país, que ha aumentado en los últimos años, nos desafía como cristianos. Nos reconocemos como privilegiados y en nuestros colegios aprendemos a vivir como tales. En la cotidianeidad escolar aprendemos a vivir relacionándonos solo con la elite, separados del resto del país y de la realidad de las mayorías. La acción social que esporádicamente realizamos, no es suficiente para romper esa brecha de separación social que hace más grave la desigualdad.

Nos falta una educación más democrática e igualitaria desde la base. Una educación que nos posicione frente al diferente como un igual con quien hay que trabajar en conjunto para cambiar la sociedad, no como un pobrecito a quien asistir, o un cuico al que hay que pedir ayuda y caridad. Necesitamos salas de clases en las que no convivan sólo niñas y niños de elite o sólo niños y niñas vulnerables. Salas de clase con hijos de familias con distintas opciones valóricas, distintos ingresos económicos, distintas profesiones y lugares de trabajo, distintos lugares de veraneo, distintas comunas de residencia. Colegios católicos con salas de clase inclusivas en las que a través de la convivencia cotidiana con la diversidad, aprendamos a tratarnos como iguales y cuestionemos las brechas que nos separan.

La escuela católica puede y debe ser un espacio en el que la segregación social se rompa desde la interacción cotidiana en el aula. Hoy la reforma educacional apunta en esa dirección, buscando romper con la segregación de uno de los sistemas escolares más desiguales del mundo. Pero dicha reforma prácticamente no toca al 7% de los colegios privados, dentro de los cuales hay muchos colegios católicos, incluido el mío.

Ya no basta con educar a una buena elite conciente de la realidad del país pero de facto separada física, intelectual y afectivamente del resto. Tampoco basta con llevar educación de calidad a los barrios y zonas periféricas y pobres de nuestro país. El Chile de hoy interpela a los católicos a dar un paso más allá, que tiene que ver con la igualdad en el trato y en las oportunidades, con el respeto a la diversidad y con la inclusión socioeconómica. Escuelas en que las distintas realidades del país entren en diálogo e interacción concreta y cotidiana.

Quizás, terminar con los espacios elitistas sea una utopía, pero por lo menos la escuela católica no debiese ser un lugar utilizado por la elite para auto-segregarse en su burbuja de privilegios. Jesús, hombre pobre de Nazaret, convivió con los pobres, los excluidos religiosos y sociales, los enfermos, las mujeres, los paganos. También se relacionó con la elite de su tiempo y no rechazó sus invitaciones. Más bien entró a sus casas, conoció sus vidas y los invitó a deshacerse de sus privilegios y riquezas para vivir solidariamente con quienes no tenían nada. Al encontrarse con Jesús, Zaqueo y Mateo renunciaron a sus riquezas y privilegios. El Joven Rico, en cambio, no pudo seguir a Jesús pues estaba apegado a sus riquezas y seguridades. Ojalá los colegios católicos se parezcan más a Zaqueo o Mateo que al Joven Rico, y emprendan caminos de transformación coherentes con los desafíos que la sociedad actual nos pone a todos, pero en especial a quienes creemos en la Buena Noticia de Jesús.

 

Chilena. Historiadora y profesora UC. Magíster en Historia por la UAH y estudiante de Teología en el Boston College, EE.UU.

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