El Año de Gracia, el Año de Misericordia

Imagen: L’ Osservatore Romano

El papa Francisco parecía soportar todo el peso de la puerta que empujaba en la catedral de Bangui, República Centroafricana, nación afligida por la guerra y la pobreza, para inaugurar así el Jubileo Extraordinario, el Año de la Misericordia. Lo hizo también con sencillez el día de la Inmaculada Concepción de María en Roma. En un precioso texto, nos ha invitado a participar de esa memoria de la gracia de Dios: “(Que) en este Año Jubilar, la Iglesia se convierta en el eco de la Palabra de Dios que resuena fuerte y decidida como palabra y gesto de perdón, de soporte, de ayuda, de amor. (Que) nunca se canse de ofrecer misericordia y sea siempre paciente en el confortar y perdonar”.

En la antigua Israel, cada 50 años, después de siete veces siete años, se proclamaba un año del perdón, que demostraba la misericordia de Dios con su pueblo. Sobre esta tradición se inscribe este año especial.

Recordamos la misericordia de Dios con los hombres y las mujeres de hoy. ¡Cuánto la necesitamos! Guerras, injusticias, desigualdad, violencia, discriminación, mezquindades y mentiras. Dios derrama su misericordia sobre todos y todas. Esta es la Buena Noticia. El Papa lo dijo así: “Debemos anteponer la misericordia al juicio y, en cualquier caso, el juicio de Dios tendrá lugar siempre a la luz de su misericordia”.

¿Qué significa recibir esa misericordia? ¿Cuál es la actitud que nos permite ser tierra fértil para ella? ¿Cómo la Iglesia, pueblo de Dios, puede también acogerla, sin que parezca, a las víctimas y ofendidos, una especie de burlesca auto-amnistía? Enfoquémonos pues, no solo en que la Iglesia es depositaria de esa gracia y la hace visible a través de los sacramentos; sino, y ante todo, en que Ella misma es pecadora.

Miremos cómo está nuestra Iglesia con sus casos de corrupción, la adicción a la riqueza de muchos, el abuso de poder, de conciencia, de delitos sexuales, tanto por el pecado individual como por el que involucra a una parte de su estructura, y que no le permite salir de los entramados del mal. En este contexto ¿cómo recibimos “en casa” el mensaje de la misericordia de Dios?

Será difícil convencer a los demás de nuestro testimonio de la misericordia de Dios si no hacemos fila para recibir el bautismo del perdón de los pecados (Marcos 1, 4). Más aún, si esa misericordia no la imploramos primero a nuestra Iglesia, por nuestra ceguera ante el encubrimiento, la complicidad con los abusos y por el hecho de haber fallado en reconocerlos y prevenirlos. Jesús nos pregunta: “¿Por qué ves la paja en el ojo de tu hermano, pero no ves la viga que hay en el tuyo?” (Mateo 7,3-5).

Será difícil convencer a los demás de nuestro testimonio de la misericordia de Dios si no hacemos fila para recibir el bautismo del perdón de los pecados (Marcos 1, 4). Más aún, si esa misericordia no la imploramos primero a nuestra Iglesia, por nuestra ceguera ante el encubrimiento, la complicidad con los abusos y por el hecho de haber fallado en reconocerlos y prevenirlos. Jesús nos pregunta: “¿Por qué ves la paja en el ojo de tu hermano, pero no ves la viga que hay en el tuyo?” (Mateo 7,3-5).

Más difícil aún sería comprender que, siendo Dios el origen de la misericordia, la Iglesia se la asegurara a sí misma, como si la administráramos entre nosotros, sin dialogar con quienes han sido víctimas y sin pedir esa misericordia mediante signos entendibles y consistentes para la misma Iglesia.

Quiero aclarar que todos, como parte de la Iglesia, somos pecadores, pero cada uno comparte una responsabilidad distinta. No obstante, no solo quiero enfocarme en quienes tienen mayor responsabilidad, además, en aquellos que consideramos la “cara institucional”, para que puedan abrirse a una real conversión pidiendo la misericordia de Dios. Qué fácil sería medir con otros estándares el pecado de un sacerdote, un obispo o un laico.

En este Año de la Misericordia pidamos a Dios la humildad de cambiar la mirada. Que sea un año especial para nosotros mismos, para nuestras religiosas, religiosos y obispos. Un año para renunciar al auto-administrarnos la gracia de Dios.

Que sea un año en que la gracia de la misericordia nos permita ver nuestro pecado como Iglesia, nuestra ceguera dentro de las estructuras que hemos construido. Quizás, para ello, tengamos que reconocer nuestro pecado ante el silencio que mantuvimos frente a los abusos, porque actuamos convencidos que era un silencio favorable a Dios, que protegía su Iglesia, que salvaguardaba sus obras sociales y pastorales, o que, con ese silencio, pensábamos estar evitando hacer sombra al Evangelio.

Prescindamos, en este tiempo especial que nos ha dado la Iglesia, de toda auto-complacencia. Busquemos en casa. Obispos, laicas, laicos, religiosos, religiosas, el Papa. Pidamos perdón, y abramos, de par en par, las puertas de nuestros templos. No apuntemos con el dedo hacia otro lado, hacia el pecado ajeno. Miremos el nuestro y así daremos testimonio que Dios perdona desde la libertad que nos da el reconocernos pecadores. Libertad que nos permitirá también encontrar gestos de perdón que se entiendan. Que sea este el momento de ser portadores del mensaje de la misericordia, recibiéndolo con corazón convertido en casa, pidiendo perdón como Iglesia, Pueblo de Dios, invitando a la Jerarquía a hacer lo mismo. Evitemos que Jesús nos diga “hipócritas” como lo hizo con algunos de su tiempo.

No puedo terminar mi reflexión sin volver sobre lo más importante: Dios es misericordioso. Nos perdona. Incluso los graves pecados de su Iglesia jerárquica y de su Iglesia Pueblo de Dios, si así lo pedimos. Pero el mundo de hoy no nos entenderá, y con justa razón, si esa misericordia no nos convierte visiblemente. Si no nos permite reconocer el pecado en un lenguaje que hoy pueda comprenderse: respondiendo ante la justicia, reconociendo los pecados y crímenes en vez de enfocarnos en defender casos jurídicos; pidiendo perdón en un lenguaje accesible, transparentando las redes de poder y tráfico de influencia, pagando las indemnizaciones que solicitan las víctimas de abusos.

En una diócesis en Estados Unidos veo que está ocurriendo algo que se parece bastante a este enfoque: el obispo de dicha diócesis renunció al litigio, pagó indemnizaciones e hizo una gira a través de su obispado para presidir ritos de perdón y sanación con víctimas de abusos del clero.[1]

Agradezcamos a la justicia de este mundo, que nos permite mostrar que creemos en la misericordia de Dios. Y tanto creemos en ella, que nos atrevemos a perder el prestigio, o quedar como ridículos o pobres ante el mundo.
Demos fe en que esa misericordia nos cambia el corazón y nos impulsa a dar testimonio de un Dios que abre el suyo de par en par para que podamos enmendar el rumbo. Así, llegará a plenitud el Año de la Misericordia y que el Papa ha inaugurado moviendo todo el peso de la puerta de la catedral de Bangui.

Demos fe en que esa misericordia nos cambia el corazón y nos impulsa a dar testimonio de un Dios que abre el suyo de par en par para que podamos enmendar el rumbo. Así, llegará a plenitud el Año de la Misericordia y que el Papa ha inaugurado moviendo todo el peso de la puerta de la catedral de Bangui.

[1] http://ncronline.org/blogs/ncr-today/healing-rites-held-throughout-helena-diocese-sex-abuse-victims

Alemana, vive en Chile y es miembro de la CVX adultos. Cientista Político por la universidad Johannes Gutenberg, de Mainz, Alemania, y Doctora en Derecho por la universidad de Essex, Reino Unido. Académica, especialista en derecho internacional y derechos humanos.

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