El bosque de cada uno

Hace unas semanas se estrenó en Chile la película que retrata la dinámica de abusos del ex sacerdote de la Parroquia de El Bosque, Fernando Karadima. Ya han pasado cuatro años desde que se hicieran públicas las denuncias, pero la cinta ha vuelto a poner en el tapete la relación que ejercía el sacerdote con quienes le acompañaban y los modos de responder que tuvieron algunos sectores de la Iglesia chilena en esa época.

Lo que está detrás de la conducta de Karadima, es su modo de ejercer el poder. Si bien al comienzo hubo detractores a las víctimas, con el tiempo se fue develando la verdad de lo denunciado. Muchos fueron descubriendo que de una u otra forma también habían sido influenciados abusivamente por el párroco de El Bosque, quien llegó a convertirse en una especie de poder fáctico en la Iglesia chilena.

Karadima, que actualmente vive con reclusión domiciliaria y no puede ejercer el sacerdocio, fue adquiriendo cierto poder implícitamente, hasta llegar a sentirse omnipotente. Ayudado de su red de contactos se benefició y se escudó, creyendo que tenía asegurado su modo de actuar para el resto de su vida. Pero la valentía de las víctimas pudo derrocar a uno de los hombres más poderosos de la Iglesia chilena por varios años.

Jesús pasó a la historia no por ser un hombre que tuvo mucho poder e hizo reformas estructurales, sino porque se conmovió con los marginados, vivió como pobre, fue coherente, amó sin medida. Terminó en la cruz, sin cargos, en silencio, pero hizo carne lo que le hacía sentido. Vivió perdiendo poder y jugándosela por el otro, no para sí.

Nadie valida el modo de actuar de Karadima, ¿pero no es ésta la misma forma de funcionar que han tenido Dávalos, Délano, Lavín, Ponce, Contesse y tantos políticos involucrados en actos de corrupción? Quienes se creían los generadores de bien para el país, también funcionaban con redes de contactos, abusaron de muchos -con la evasión de impuestos los primeros perjudicados son los más pobres- y eran un poder fáctico frente a instituciones estatales.

¿Qué pasa que no aprendemos de nuestros errores? A la lista de casos vinculados a la política, podemos agregar la colusión de las farmacias, de los pollos, casos de corrupción antiguos y usted mismo podrá ir pensando varios más que le vienen a la mente. ¿Por qué continuaron los abusos en el sector político si recién el año 2003 se había firmado el acuerdo transversal entre políticos luego del caso MOP-Gate?

El Consejo Asesor Anticorrupción entregó más de 200 medidas a la Presidenta de la República, las que se comenzarán a aplicar lo antes posible. Sin embargo, ¿cambiará la situación de la política en Chile? ¿Cambiará la relación política-empresariado en el país? Ciertamente mejorará, pero hay algo mucho más profundo. Necesitamos reorientar nuestros valores, no sólo nuestras reglas. Es conocido en Chile que se hacen muchas cosas lícitas, pero inmorales. Quizás se siga al pie de la letra la ley, pero por algo el dicho popular: “Hecha la ley, hecha la trampa”.

“Un cambio en las estructuras sin generar nuevas convicciones y actitudes dará lugar a que esas mismas estructuras tarde o temprano se vuelvan corruptas, pesadas e ineficaces”, nos dice el Papa Francisco en la Alegría del Evangelio. Estamos inmersos en un modelo económico que promueve la competencia y la desconfianza, dos antivalores que nos hacen ver al otro como amenaza e incluso como un objeto. No se trata sólo de medidas de cambio, sino de generar espacios de encuentro, servicio, reconocer personalmente nuestros afanes de poder, nuestras boletas ideológicamente falsas, nuestros usos de redes de contacto para conseguir favores. Tenemos que hacer una revisión personal de cómo están incrustadas estas dinámicas en cada uno y cada una.

Por supuesto que hay medidas que facilitan la tarea. Creo que vamos en la línea correcta al querer integrarnos más en la educación, volver a tener clases de educación cívica, tener procesos más democráticos en la elección de autoridades, descentralizar el país, buscar la redistribución de ingresos y tantas otras acciones; pero la sola modificación de estructuras tiene fecha de vencimiento. De nada sirve culpar a quienes han estado en las portadas estos meses por escándalos político-financieros, si no hacemos un propio mea culpa de cómo nosotros mismos hemos abusado del sistema, aunque sea a muy menor escala. Quizás si tuviéramos más poder, lo haríamos a mayor.

En lugar de sentarnos a criticar a los que cometen abusos, nos haría bien revisar nuestras propias boletas ideológicamente falsas, aquellas veces en que cotidianamente buscamos obtener lo que queremos saltándonos pasos. Es necesario un examen propio para retomar el camino. Esta revisión, lo más probable, es que no nos lleve al éxito. El fin no es revisar mis conductas para decidir cómo obtener más dinero o beneficiarme, sino cómo vivir con mayor coherencia la propia vida. ¿Queremos vivir para ganar o para ser coherentes? Jesús pasó a la historia no por ser un hombre que tuvo mucho poder e hizo reformas estructurales, sino porque se conmovió con los marginados, vivió como pobre, fue coherente, amó sin medida. Terminó en la cruz, sin cargos, en silencio, pero hizo carne lo que le hacía sentido. Vivió perdiendo poder y jugándosela por el otro, no para sí.

Estudiante jesuita, cursa estudios de Teología en la Pontificia Universidad Católica de Chile.

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