El clamor del reconocimiento

(cc) Alejandro Vega

En varias partes he escuchado últimamente suspiros agradecidos por la pronta llegada del 2011. Pareciera que descontamos con ansias los días que nos faltan para que el “año del Bicentenario” quede almacenado en nuestras memorias y pase a ser un recuerdo más del pasado. Ahora, a dar vuelta la página y mirar hacia adelante…

Es natural, queremos desasirnos (y deshacernos) de un año sufrido, convulsionado, un año donde la tierra gritó desde sus profundidades, donde el pueblo de la tierra, el mapuche, clamó por justicia, donde los que trabajan en las profundidades mostraron el rostro indigno de sus condiciones laborales… un año donde salió a la luz aquello que como país nos gustaría lavar en casa, aquello que pone en entredicho esa arrogancia del chilean way de hacer las cosas.

Propongo hacer el ejercicio contrario. Es decir, ¡a no olvidar se ha dicho! Propongo que miremos a la luz del nacimiento de ese niño pobre, que nació entre animales, sin un techo digno, migrando, excluido y perseguido. Que ese niño al que muchos anhelamos seguir, nos dé la pauta para mirar el 2010, para detenernos, aguzar el oído, y, atenta la vista, escudriñar cómo nos ha regalado claves de lectura que nos permitirán construir juntos un mejor 2011.

Surgió un clamor desde las profundidades de nuestra tierra el 2010. Proveniente de nuestras mismísimas entrañas, desde aquellos recovecos donde reside nuestra más pura y santa identidad. La verdad de nuestro país. Sin anestesias, sin eufemismos, simplemente salió a flote.

La tierra tembló y el mar nos visitó con furia, demostrando que la casa debe construirse verdaderamente sobre piedra si nuestra alma quiere renacer tras la desgracia, capear la fuerza de la tragedia y el desaliento.

Pero el terremoto se nos olvidó. Quedó reducido a interpelaciones ministeriales. Pero hoy sigue habiendo gente viviendo en la indignidad. Siguen paseándose niños por pueblos que yacen en el suelo. El terremoto sigue existiendo en localidades que apenas se asomaron unos días en los noticieros de marzo.

Recibimos luego la llegada de un Gobierno que aseguraba la eficiencia y la excelencia profesional. Un gobierno que vive de incentivos, índices e indicadores de productividad. Pero de un gobierno que pareciera sacralizar la urgencia, que estimula la carrera -cuestión que quizás no está mal-, pero que lanza una pregunta que inquieta… ¿qué pasa con ésos que llegan último, que no reciben incentivos, aquéllos que no entrarán a los liceos de excelencia, aquéllos que no califican para el subsidio, que simplemente no son seleccionados? ¿Podemos olvidarlos?

Olvidarlos como a los reos. Como a los presos que murieron quemados, impotentes…viendo cómo la muerte les tocaba la puerta y entraba a empujones a sus prisiones apretadas, transpiradas… celdas hacinadas, infestas e indignas, incluso para el más cruel de los delincuentes.

Clamaron otros, que precisamente se cansaron de ser tildados de antisociales. Los mapuche se hartaron de añadir a la lista de su menosprecio un adjetivo más: el de terroristas. Supieron por siglos de ser flojos, borrachos y miserables… pero gritaron ¡basta! y exigieron justicia. Fueron capaces de ofrecer el bien más preciado del hombre: la vida, para pedir igualdad de trato.

Y cientos de kilómetros hacia el norte, pusimos los ojos, la boca y el corazón; rezamos, perdimos la esperanza, y luego gritamos de ilusión, exhibimos lo mejor de nosotros y de nuestras tecnologías, nos organizamos, y triunfamos. Nos unimos, nos abrazamos. Pero también farandulizamos, consumimos y derrochamos, hollywoodizamos y transformamos en película la historia más antigua de nuestra tierra. Historia de explotación y maltrato. Historia con olor a salitre, carbón y a minero muerto antes de tiempo. ¿Dónde están los compañeros de esos 33? ¿Dónde están los 33? ¿Dónde están los proyectos de ley que harán que efectivamente nunca más pase algo como esto? ¿Con un proyecto de ley esto cesará?

Este año aquellos que no existían, aquellos que pisamos con zapatos de desprecio o indiferencia, nos removieron la tierra. Nos obligaron a tropezar, a agachar la cabeza y mirarlos de frente, a los ojos. Mapuches, mineros, presos, discapacitados, homosexuales… la lista sería larga. No piden nada más que reconocimiento, nada más que ser valorados en su dignidad. Porque si ese reconocimiento germinase, creciera y fuese bien alimentado, nunca más tendríamos huelgas de hambre, ni trabajos inseguros, ni solidaridades pasajeras a la luz de los focos de la televisión. Porque simplemente aquellos que hoy permanecen relegados podríamos ser nosotros.

Que el fin de año nos haga brindar desde abajo, con el corazón humilde y el alma abrazada al pobre que el 2010 ha gritado como pocas veces. Celebrando juntos, re-conociéndonos en nuestras verdades luminosas y dolorosas, podremos verdaderamente celebrar, mirar -y mirarnos- de frente, a los ojos, y decir desde el mismísimo corazón que queremos lo mejor para el otro durante el 2011.

Periodista, licenciado en Información Social y bachiller en Teología UC. Estudiante jesuita cursando el Magíster en Sociología en la UC. Director y Co-Fundador de Territorio Abierto. Actualmente se desempeña en el Área de Comunicaciones de la Compañía de Jesús y colabora pastoralmente en la parroquia San Ignacio, de Padre Hurtado.

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