El cristianismo en tiempos contraculturales

En el libro “La tumba de Dios”, el monje agustino holandés Robert Adolfs retrata de la siguiente forma la relación de la Iglesia con los cambios:

“…en el mundo actual, se imponen a la Iglesia exigencias totalmente nuevas. Al fin y al cabo, la Iglesia no es un jardín apacible en medio de un mundo turbulento sino, más bien, un barco que depende de las aguas en que navega. Y ¿qué le ocurre a un barco que repentina e inesperadamente tiene que vadear rápidos? Pues naufraga. Y por ello, hoy por hoy, se puede oír a muchos cristianos que de una u otra manera expresan variaciones sobre el mismo tema: “¡Señor sálvanos, porque nos hundimos!”.

Intranquilidad, temor y pesimismo caracterizan hoy en día a los cristianos. Las marcas del tiempo son inequívocas. La cristiandad de la Iglesia está declinando.

La gran disminución en el número no es, en sí misma, la señal exclusiva de un declinar espiritual. Lo que realmente perturba es la forma en que disminuye el significado del cristianismo en el mundo. Se afirma abiertamente que ni la cristiandad ni la Iglesia son relevantes en nuestra sociedad secularizada”.

Estas palabras, pese a que fueron escritas hace 52 años, parecen retratar con una exactitud impactante la realidad de hoy: año 2018. No somos los primeros, ni seremos probablemente los últimos que sentiremos que el barco se desmorona por una Iglesia cuyo comportamiento fue inconsistente con el actuar de Jesús. Han sido escasos, sino nulos, los tiempos de tranquilidad para ella; las crisis morales en nuestra querida Iglesia no son algo nuevo, el pasado ha estado marcado por venta de indulgencias, la inquisición, y otras tantas. Famosa es la frase de Pablo VI: “el humo de Satanás ha entrado en la Iglesia”. Pero sin duda los tiempos actuales son particularmente tormentosos, la velocidad de los cambios no son el mejor aliado para una organización lenta y rígida. Además de las crisis del comportamiento de sus miembros, hay que incorporar un factor fundamental: pocas veces los valores cristianos habían sido tan contraculturales.

En una sociedad de elección, una cultura que responde a llamados (nos olvidamos que el cristianismo se constituye principalmente de “EL LLAMADO”) parece profundamente impopular. En una sociedad rencorosa, una cultura del perdón parece no tener lugar. En una sociedad individualista y materialista, una cultura del despojo material y una religiosidad comunitaria parece tener poco espacio. En una sociedad que se aferra a las certezas, la cultura de la esperanza parece algo simplemente irrisorio. En fin, podríamos seguir enumerando cientos de elementos que hacen al cristianismo -y especialmente al catolicismo- una contra corriente al modo de vivir de la modernidad. Entonces, si bien las crisis morales de la Iglesia no son algo nuevo, sí podríamos decir que es un momento particularmente dificultoso, porque existe una brecha cultural como posiblemente nunca ha existido entre la sociedad moderna y la cultura cristiano-católica.

¿Qué hacer ante esta brecha cultural?

Lo primero es no caer en la desesperanza. La desesperanza es por esencia anticristiana, es dejar de creer. Es desconfiar de la promesa de asistencia por parte del Espíritu Santo. El día que la desesperanza se apodere de los cristianos, ese día la Iglesia dejará de existir para siempre. En todos los tiempos ha habido -y seguimos habiendo-, personas que se nos olvida -propio de nuestra humanidad- la “Indefectibilidad” de la Iglesia, basada en la promesa de Jesucristo que no la dejaría sola. En la lectura del evangelio de San Juan 16,20-23: “En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Os aseguro que lloraréis y os lamentaréis vosotros, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría. La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero, en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre. También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría.” Jesús durante todo el Evangelio nos advierte que el camino no sería fácil, sino duro y difícil, y el que esperaba lo contrario está profundamente equivocado. Es lo esencial de la buena nueva; leerla en código de resurrección.

Lo segundo es negarse a traicionar los valores fundamentales del cristianismo, evitando un comportamiento que cambie dichos valores por otros que parezcan más adecuados con la sociedad moderna. Esto sería como dejarse llevar por lo que está de moda; en ese caso no tendría sentido la existencia de la Iglesia y del mensaje cristiano, porque este mensaje sería como una especie de elemento amorfo, moldeable, sin forma ni contenido.

No somos los primeros, ni seremos probablemente los últimos que sentiremos que el barco se desmorona por una Iglesia cuyo comportamiento fue inconsistente con el actuar de Jesús. Han sido escasos, sino nulos, los tiempos de tranquilidad para ella; las crisis morales en nuestra querida Iglesia no son algo nuevo, el pasado ha estado marcado por venta de indulgencias, la inquisición, y otras tantas. Famosa es la frase de Pablo VI: “el humo de Satanás ha entrado en la Iglesia”. Pero sin duda los tiempos actuales son particularmente tormentosos, la velocidad de los cambios no son el mejor aliado para una organización lenta y rígida. Además de las crisis del comportamiento de sus miembros, hay que incorporar un factor fundamental: pocas veces los valores cristianos habían sido tan contraculturales.

Lo tercero es negarse a una Iglesia que se mantenga inalterable frente al mundo turbulento; eso sería no saber leer los signos de los tiempos. Una postura como la mencionada no sólo sería la ruina de la Iglesia -en términos de capacidad de ser atractiva para las personas-, sino también sería profundamente contradictoria con el mensaje de Jesucristo, que es de una religiosidad encarnada, no meramente “piadosa”, sino un mensaje para la humanidad en su historia. Resulta curioso que negarse a una Iglesia que evita los cambios y, por otro lado, oponerse a traicionar los valores fundamentales del cristianismo parecen dos negaciones contradictorias. Para muchos es lo uno o bien lo otro. Es más, existen grandes corrientes al interior de la Iglesia que promulgan lo uno o lo otro. En ese sentido, es clave leer esta “división” en otros códigos. Benedicto XVI llamaba a no entender el Concilio Vaticano II en clave de ruptura, sino de reforma. La Iglesia siempre se reforma, pero la Iglesia nunca rompe con sus raíces, decía. Habrá quienes evitarán todo tipo de reformas (personas que ven a la Iglesia como una institución del orden o algo por el estilo), habrá otros que incitarán a rupturas, es más, ambos grupos son y serán grupos relevantes al interior de la Iglesia misma. El camino parece estar en un sabio equilibrio entre reformar lo que sea necesario, pero sin traicionar la esencia del mensaje.

Lo cuarto es no quedarnos tranquilos. Creer que “Indefectibilidad” de la Iglesia significa que ésta actúa por arte de magia es una lectura equivocada; el Espíritu se mueve mediante personas que se ponen a su disposición, y no mediante pirotecnia mágica. Es decir, un llamado a la acción, un llamado a conMOVERSE.

Lo quinto: Al final de su texto  “La tumba de Dios”, Robert Adolfs escribe: “¿Qué hacer ante esta situación? El Evangelio nos habla de dos clases de tumbas: los sepulcros blanqueados de la hipocresía y el afán de grandezas mundanas, y la tumba vacía del Cristo de la resurrección. Las primeras esterilizan y matan, en torno a la segunda nacieron la esperanza y la Iglesia. Si la Iglesia quiere aún tener un futuro, debe vaciarse también a sí misma por la renuncia a todas las formas de poder, de la ostentación y del dominio. Solo así, convertida en la Iglesia del servicio, vacía y anonadada como su maestro, será aún el tiempo presente y por venir. ¿Cómo orientarnos hacia esta Iglesia del futuro? Por cierto que no se logrará ni con “medidas” ni con reorganización. Será por sobre todo el resultado de un cambio en el corazón, de una conversión, de una nueva mentalidad”. Es decir, la Iglesia debe cambiar, pero nosotros TAMBIÉN debemos cambiar. Además de las transformaciones estructurales de la institución, lo fundamental es la transformación de los corazones de quienes alimentan a dicha institución. No podemos exigirle a la Iglesia que cambie si no estamos dispuestos a cambiar nosotros mismos.

Para cerrar, quiero dejar las palabras con que en 1969 el sacerdote Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) describió el futuro de la Iglesia, que es muy visionaria respecto a estos tiempos contraculturales.:

Se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio. Ya no podrá llenar muchos de los edificios construidos en una coyuntura más favorable. Perderá adeptos, y con ellos muchos de sus privilegios en la sociedad. Se presentará, de un modo mucho más intenso que hasta ahora, como la comunidad de la libre voluntad, a la que sólo se puede acceder a través de una decisión. Como pequeña comunidad, reclamará con mucha más fuerza la iniciativa de cada uno de sus miembros.

Pero tras la prueba de estas divisiones surgirá, de una Iglesia interiorizada y simplificada, una gran fuerza, porque los seres humanos serán indeciblemente solitarios en un mundo plenamente planificado. Experimentarán, cuando Dios haya desaparecido totalmente para ellos, su absoluta y horrible pobreza. Y entonces descubrirán la pequeña comunidad de los creyentes como algo totalmente nuevo. Como una esperanza importante para ellos, como una respuesta que siempre han buscado a tientas.

De la misma manera, el sacerdote que sólo sea un funcionario social puede ser reemplazado por psicoterapeutas y otros especialistas.

A mí me parece seguro que a la Iglesia le aguardan tiempos muy difíciles. Su verdadera crisis apenas ha comenzado todavía. Hay que contar con fuertes sacudidas. Pero yo estoy también totalmente seguro de lo que permanecerá al final: no la Iglesia del culto político, ya exánime, sino la Iglesia de la fe. Ciertamente ya no será nunca más la fuerza dominante en la sociedad en la medida en que lo era hasta hace poco tiempo.

La Iglesia católica sobrevivirá a pesar de los hombres y las mujeres, no necesariamente gracias a ellos”.

 

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