El daño colateral

En teoría política existe un área conocida como la “teoría de la guerra”. Sus orígenes son jurídicos (también teológicos) y corresponden a la intención de definir estándares internacionales para asegurar límites que protejan a la población civil en caso de guerra. En ese marco se discuten los motivos para definir una guerra como legítima, y la posibilidad de atacar lugares en los que habita población civil, o “no-combatientes”. Así, con el tiempo, los debates netamente jurídicos dieron paso a las consideraciones morales que dotan a las preocupaciones estratégicas y geopolíticas de un carácter mucho más complejo.

Pensar qué le ocurre a los civiles en un estado de guerra es central, y debiese constituir una de las principales preocupaciones cuando se habla de un conflicto bélico. No obstante, como suele ocurrir en el espacio de la discusión teórica, su alcance en lo cotidiano, en la contingencia política, es limitado y desconocido. En lugar de preguntarse por las maneras más apropiadas de proteger a la población inocente, se empieza de “atrás para adelante” fijándose un objetivo: por ejemplo, erradicar al Estado islámico. Así, se busca la manera más directa de propiciar la consecución de ese objetivo, sin mayores consideraciones respecto del alcance y los medios para obtenerlo.

Las consecuencias de los ataques terroristas ocurridos en Francia constituyen, por lo anterior, la misma pérdida de proporciones y valoración de las vidas inocentes que muestran los extremistas islámicos. Bombardeos sobre una población que ya sufre los efectos de estar bajo el mando de extremistas, no puede ser el medio más eficiente de acabar con el “enemigo”. En especial, cuando el mismo presidente de Rusia, Vladimir Putin, tilda la acción de “represalia” por los muertos en el avión ruso derribado por un explosivo, hecho ocurrido el pasado octubre en Egipto.

Para la teoría de la guerra, sólo se justifica la muerte de no-combatientes o el llamado “daño colateral”, en el caso de que aplique la doctrina del doble efecto. Esta fija tres requisitos para que el daño causado a civiles sea moralmente permisible:
1. Se intenta atacar un legítimo objetivo de guerra y las muertes civiles ocurren como accidente (no es el objetivo del ataque).
2. No se pretende atacar civiles como medio para lograr un fin, pero se prevé que habrán muertes de no-combatientes al atacar ese objetivo específico (no es el medio previsto).
3. Si existe una razón suficiente que justifique el daño (por ejemplo, la proporcionalidad de muertes respecto de otras vidas salvadas).

Para la teoría de la guerra, sólo se justifica la muerte de no-combatientes o el llamado “daño colateral”, en el caso de que aplique la doctrina del doble efecto. Ésta fija tres requisitos para que el daño causado a civiles sea moralmente permisible:

1. Se intenta atacar un legítimo objetivo de guerra y las muertes civiles ocurren como accidente (no es el objetivo del ataque).
2. No se pretende atacar civiles como medio para lograr un fin, pero se prevé que habrán muertes de no-combatientes al atacar ese objetivo específico (no es el medio previsto).
3. Si existe una razón suficiente que justifique el daño (por ejemplo, la proporcionalidad de muertes respecto de otras vidas salvadas).

Si estos tres argumentos nos parecen pobres e insuficientes, y nunca moralmente permisible la pérdida de vidas inocentes, imaginemos entonces la situación a la que nos enfrentamos hoy, en que estos mínimos requisitos no están siquiera cerca de las preocupaciones de quienes, legítimamente, buscan responsables luego de la catástrofe que dejan los atentados.

Es paradójico: mientras la acogida de refugiados a través de la cooperación internacional es una tarea casi imposible, la coordinación de la represalia resulta bastante expedita cuando se quiere atacar a un “enemigo común”. Los franceses, y así otros pueblos que sufren el terrorismo, tienen el derecho y el deber de generar vínculos de cooperación que permitan hacer frente a la amenaza real que es el Estado Islámico. Sin embargo, las vidas que reducimos a mero daño colateral tienen que estar al centro, ya que poseen igual valor que las aniquiladas en un atentado terrorista, y el mismo que tienen, por ejemplo, la de cientos de palestinos que han muerto o continúan presos de un conflicto, al que la comunidad internacional sigue sin ser capaz de atender.

Hoy urge dejar de lado el discurso de seguridad nacional que conduce a señalar un enemigo a destruir, tal como ocurrió después del ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos. En cambio, tenemos que dejar espacio a la reflexión y al actuar que aprende del recuerdo de los errores pasados. También, delimitar el costo que estamos dispuestos a pagar, como ocurre con cualquier guerra, y recuperar la humanidad, aquella que separa al extremismo de los musulmanes, y al enemigo de la población civil inocente.

Definir un enemigo sin forma como el terrorismo o el Estado islámico, distorsiona la realidad de las muertes que tienen rostros humanos, que son otros Cristos. Que este tiempo de adviento sea propicio para activar en nosotros la reflexión. ¿Por qué no proponernos apartar nuestros miedos y desconfianzas en quien es distinto? Sólo así podremos ser capaces de conmovernos con toda tragedia sin importar su origen, y buscar nuevas formas de abrazar la realidad plural en la que vivimos.

Chilena. Cientista Político UDP, Magíster en Pensamiento Contemporáneo y Filosofía Política UDP, Magíster en Teoría Política de la Universidad de Sheffield (Inglaterra) y candidata a Dra. en Filosofía de la Universidad de Glasgow (Escocia).

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