El derecho a la ciudad de las poblaciones empobrecidas

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El 4 de noviembre se llevó a cabo en la ciudad de Guadalajara, México, el “5to. Foro Nacional del Derecho a la Ciudad de las Poblaciones Callejeras”. La palabra “callejera”, de entrada nos remite a varios prejuicios. Unos de los más comunes es aquél que considera que trabajar en la calle limpiando vidrios o vendiendo artículos de “temporada” es para gente perezosa e irresponsable, personas con problemas de adicciones, y, en el peor de los casos, para delincuentes.

¿Por qué limpiar vidrios, vender comida o artesanías en las esquinas, es considerado como un problema para los gobiernos y para gran parte de los comerciantes establecidos? ¿Qué diferencia hay entre trabajar en un cruce de calles y en una fábrica de partes electrónicas?

La primera respuesta es que el trabajo considerado como “informal” no se adapta a los reglamentos y leyes establecidas. Pero, ¿quién debe adaptarse: las leyes o las personas? Las personas, contestan los gobiernos, principalmente. “¿Por qué?” -contestan los pobres; y agregan: “yo  también tengo derecho a estar vendiendo en la plaza principal de mi ciudad, como la gente “normal” tiene derecho a pasear por ella”.

De acuerdo a la Red Internacional de Trabajadores de la Calle, con sede en Bélgica, y de la cual forman parte 45 países, que hacen, principalmente, labores de educación, en los últimos 30 años en distintas partes del mundo se han implementado políticas gubernamentales de “limpieza social”.

¿En qué consiste la limpieza social? Nace de la idea de embellecer las ciudades, de hacerlas “presentables a la vista”, especialmente con la intención de incrementar el turismo. Grandes urbes en todo el mundo han optado por eliminar del paisaje público a las personas que venden en las calles, bajo argumentos económicos y de seguridad.

“El vendedor ambulante es criminal, vende drogas”, me dijo Salvador Caro, ex regidor del PRI y presidente de la Comisión de Derechos humanos del ayuntamiento de Guadalajara en el año 2009. Es usual escuchar este tipo de aseveraciones por parte de importantes políticos del país.

Durante la celebración de la “8va. Cumbre Mundial de Turismo de Aventura”, realizada en el estado de Chiapas, el pasado mes de octubre, el gobierno mexicano decidió implementar durante los cuatro días que se extendió el evento, un operativo que consistió en el retiro de las calles de la ciudad de dos mil 800 comerciantes ambulantes, con la finalidad de que los secretarios de turismo de los 54 países participantes se llevaran una “excelente impresión de la ciudad”. Pero, por otra parte -se esgrimió-, invirtieron 40 mil dólares de pesos en infraestructura carretera y mejora de edificios. El presidente de México declaró a los medios de comunicación que con la celebración de la cumbre se buscaba beneficiar a las poblaciones más empobrecidas. ¡Qué gran hipocresía y descaro! ¿Con qué cara hace ese tipo de señalamientos el principal político de la nación mexicana?

Además, se implementó el programa “Observador ciudadano”, que ofrecía la cantidad de 500 dólares americanos de recompensa a cualquier persona que denunciara a jóvenes que grafitearan alguna pared de la ciudad, y mil 200 dólares de multa. Dicha medida criminalizó, finalmente, a los jóvenes que tenían la apariencia de grafiteros; dígase, jóvenes vestidos como cualquier pobre de nuestras ciudades. Además, aumentó el número de presos que no pueden pagar una fianza, generó confrontación social y, por consiguiente, violencia.

La misma política de limpieza social se quiso implementar durante los recién concluidos Juegos Panamericanos 2011. Sin embargo, gracias a la manifestación de organizaciones civiles mexicanas e internacionales, el gobierno decidió detener el operativo. Aunque sí efectuó algunas medidas, como retirar a prostitutas e indigentes de las principales avenidas de la ciudad.

Para el gobierno el debate es de tipo “estético”; para los cristianos el debate es por el respeto a la dignidad humana y el derecho a la felicidad, sin que esté de por medio la condición social, étnica o laboral. Visualizar a los pobres, como sujetos de derechos y no como sinónimos de delincuencia, es una obligación de cualquier gobierno, en cualquier lugar del mundo. La ciudad es de todos y no sólo de los gobernantes o de aquellos que quieren que la ciudad parezca una simple y aséptica postal.

Mexicano. Abogado. Estudiante jesuita en la etapa de Teología.

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