El falso rostro de Jesús

En la película francesa “El discreto encanto de la burguesía” (1972) dirigida por Luis Buñuel, existe una escena que encanta. La historia se centra en tres parejas amigas burguesas que intentan reunirse a comer; sin embargo, siempre sucede algo que les impide hacerlo. En uno de esos intentos, conocen al obispo Dufour, interpretado por Julien Bertheau. Un sacerdote muy particular, que les revela su deseo de ser jardinero.

Un día, mientras Dufour trabajaba en el jardín de uno de estos amigos, una señora se le aproxima, pues está en busca de un cura para dar la extrema unción a un moribundo. Dufour la acompaña y durante el trayecto los dos caminan en silencio. Al llegar al lugar, y antes de que el obispo entre a la pieza, la señora lo detiene y, como en una confesión, le dice: “Yo detesto a Jesús desde de niña”. Esa frase enmarca el momento de mayor cercanía entre el obispo y la señora.

Conocer a Jesús no es estudiar un objeto. Como recuerda la Conferencia de Aparecida, es un encuentro con alguien, una persona: Jesús y yo. A partir de este encuentro es que nace el discipulado y la misión. Uno de los frutos más importantes de los encuentros, además de ordenar los afectos, es purificar la imagen de Cristo, conocer en realidad cómo es Él.

El diálogo continúa. La mujer quiere presentar las razones por las que detesta a Jesús, pero, en una de las ironías típicas de Buñuel, la conversación es interrumpida por el mismo obispo, quien va a asistir al moribundo. La señora, por su parte, se dirige a recoger zanahorias. No podemos saber cuáles son esos argumentos.

Surgen entonces algunas preguntas: ¿por qué la señora detesta Jesús?, ¿qué experiencia hubo en su vida para pensar de esta manera? ¿Qué Jesús fue presentado a ella? La escena, de cierta forma, es una invitación a pensar sobre la manera en que es transmitida la imagen de Cristo. Podríamos pensar en nuestra catequesis, en las predicas del domingo, en los panfletos distribuidos por la calles o en las transmisiones de televisión. ¡Jesús vende! Sin embargo, este exceso de información acerca de Hijo de Dios nos cuestiona sobre si es que simplemente estamos informados sobre Él, volviéndolo un objeto de estudio, o si lo sentimos verdaderamente cerca.

Recuerdo a un hombre mayor que hace un tiempo intentaba vender algo en el bus en Manaus, en la Amazonia brasilera. Como no logró su cometido con los pasajeros, gritó: “¡Aplausos para Jesús!”, y todos aplaudieron. Tendemos a tener una imagen romántica de Cristo, creando a una persona a nuestra medida y gusto. “El discreto encanto de la burguesía” nos recuerda que también puede existir el efecto contrario. Se crea una imagen de Jesús tan distante de la propia realidad, que las personas no lo reconocen y pueden, incluso, detestarlo. Pensemos en cómo muchas veces se da la catequesis: llena de reglas y rigores, donde lo más importante es que los pequeños sepan de memoria el Padrenuestro y el Ave María. Así, se hace de la catequesis una experiencia verdaderamente frustrante para un niño.

Conocer a Jesús no es estudiar un objeto. Como recuerda la Conferencia de Aparecida, es un encuentro con alguien, una persona: Jesús y yo. A partir de este encuentro es que nace el discipulado y la misión. Uno de los frutos más importantes de los encuentros, además de ordenar los afectos, es purificar la imagen de Cristo, conocer en realidad cómo es Él. Sin duda no será la misma persona del retiro espiritual que hice hace ocho años atrás. Es más, tampoco yo soy el mismo de aquella época.

El encuentro con Él es siempre una invitación nueva; una invitación a un cambio personal. Un llamado a ser, simplemente, más humano. Por eso no es malo detestar a Jesús, si es que aquél que rechazamos es la imagen llena de estereotipos que nosotros creamos e idealizamos. Quizás sólo así podrá aparecer el verdadero ser de su persona, quien realmente es.

Brasileño, Bachiller en Teología de la P. Universidad Católica de Chile.

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