El fundamento de la razón: La esperanza

Al finalizar el año suelo visitar una casa de oración para dedicar al menos 8 días a la meditación y contemplación cristiana y así poder entrar en un diálogo más profundo con Dios. Ordinariamente, después de la semana de retiro, visito algunos amigos al azar, y, curiosamente, los diálogos y las preguntas se repiten: ¿En serio Dios se comunica con los seres humanos? ¿No son elucubraciones mentales del que ora?

Para un número considerable de mis conocidos, eso de hablar con Dios es razón de sospecha y autoengaño. Lo que yo suelo responder, es que en todo momento estamos en contacto con Dios, sin que nos demos cuenta. Dios nos sostiene todo el tiempo. Para algún amigo ateo o excesivamente positivista, mis afirmaciones son una locura que escuchan con respeto, pero que gustan de profundizar.

En general, la conversación sobre lo que experimento como diálogo con Dios suele devenir en un compartir de experiencias sobre el sentido de la vida y el futuro. No es casualidad que el tema Dios apunte hacia allá. Él es, ante todo, un dador de sentido, gusta sugerir caminos y direcciones. Es guía y maestro.

Dios es ante todo experiencia real, no es una alucinación del que ora. Experiencia y diálogo con Dios son dos formas de nombrar el contacto consciente con Él. Todo es cuestión de estar atentos a ese instante, y después seguir dialogando con Él.

Las razones de nuestros actos se van agotando, sobre todo cuando comienzas a independizarte de los espacios que te son familiares. Por mucho tiempo, y sin darnos cuenta, la familia y la sociedad nos direcciona y lo agradecemos. Pero hay un momento en que el corazón exige una respuesta personal: ¿Hacia dónde quiero dirigir mi vida? ¿Por qué hacia allá y no a otro lado?.

Creo que las respuestas a estas preguntas tienen como denominador común el análisis de posibilidades reales desde las habilidades de cada persona. Al mismo tiempo, en ese analizar surge una experiencia, un instante que genera un calor existencial y que llega a lo más íntimo del ser. Si al estar nombrando eso que queremos seguir, se genera en nosotros una fuerza motora que nos llena de deseos de movernos hacia allá, entonces es digno de ser tomado en serio. A esa fuerza motora los cristianos llamamos esperanza. Esta una de las maneras privilegiadas mediante la cual Dios se comunica, y lo hace a través de esa energía que se nota en el rostro del que la experimenta. Porque la esperanza no se puede ocultar. La esperanza se irradia y se comparte.

Si cuando estoy con mis amigos esa experiencia ocurre durante la conversación, pasamos, de razonamientos lógicos pero angustiantes, a razonamientos cargados de paz y sonrisas.

La esperanza es un regalo que transforma lo oculto del ser humano, esa parte que no puede ser tocada por el hombre, sino solo por Dios. La esperanza aparece ahí donde lo humano tiene sus límites. Experimentar esa energía vital es dialogar con Dios. Aquí Dios no es palabra, sino fuerza, impulso, es un lenguaje dinamizante no desde el discurso racional sino desde lo más básico del ser humano: su sentir. Eso acciona lo racional y lo dota de sentido.

Dios es ante todo experiencia real, no es una alucinación del que ora. Experiencia y diálogo con Dios son dos formas de nombrar el contacto consciente con Él. Todo es cuestión de estar atentos a ese instante, y después seguir dialogando con Él. Como dijo el papá Francisco: Y después de ese instante, es menester “no dejarnos robar la esperanza”.

Mexicano. Abogado. Estudiante jesuita en la etapa de Teología.

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