El Papa en EE. UU.: La transformación del hombre común

A poco empezar la Segunda Guerra Mundial se le encargó al famoso compositor estadounidense Aaron Copland trabajar en una pieza musical que honrara a los primeros soldados que volvían del conflicto. Copland compuso la “fanfarria para un hombre común”, pero no pensando en la guerra sino en cuán comunes eran tanto los hombres que iban como los que no iban a la guerra. Los historiadores dicen que esta pieza define de algún modo el carácter del ciudadano estadounidense, particularmente el del siglo XX. ¿Qué tiene que ver esto con la visita del Papa Francisco a Estados Unidos? Mucho, pues entre los variados temas musicales que pudieron haberse elegido para recibirlo en Philadelphia, lugar donde se fundó Estados Unidos, se eligió esta pieza.

Y es que Francisco, estando en el grupo de los hombres más poderosos del mundo, es al mismo tiempo un hombre común que ha sabido no solo guardar ese rasgo en estos dos años y medio de pontificado, sino que se ha puesto como misión el contagiarlo. Parte de esto es el cambio que ha hecho al transformar no la tradición de la Iglesia -como algunos han intentado decir-, sino la forma en como tradicionalmente se entendía el poder eclesial desde Roma.

Francisco vino a señalar a la Iglesia de Estados Unidos, como un hombre común, esta fundamental verdad: que la alegría de Jesús es para todos, sin excepción, y que viviremos más felices mientras más sencilla sea nuestra vida y más pacificas nuestras relaciones.

Hay un deseo en Francisco de contagiar de un modo más sencillo el ser pastor, cómo utilizar los bienes materiales, cómo predicar, o cómo relacionarse con el que piensa distinto. Él está abogando por un cambio en cómo se venían haciendo las cosas, erradicando un modo burgués en algunos casos, y aristocrático en otros, de los cuales la Iglesia y el mundo se tienen que desentrampar.

De esto intentó contagiar sus días en Estados Unidos. Se lo dijo a los senadores, diputados, jueces de la Corte Suprema, entre otras autoridades, de Estados Unidos cuando los incitó al diálogo real. Se lo dijo a los líderes mundiales reunidos en Naciones Unidas, enfatizando el cuidado de la tierra común, que pasa por un modo de vida nuevo. Se lo dijo a las religiosas, religiosos, y sacerdotes, al invitarnos a trabajar más duro y evaluar cuán celosos somos de nuestro tiempo y nuestro descanso. Se lo dijo a las víctimas de abusos sexuales por sacerdotes, diciéndoles lo avergonzado que se siente y los medios que va a seguir poniendo para prevenir y castigar. Se lo dijo a las religiosas perseguidas por años por una oficina vaticana, al decirles que la Iglesia no sería nada sin ellas.

Francisco está iniciando una revolución. Es impactante su invitación no solo por su forma atractiva, sino por cuán explícitamente acarrea la fuerza del Evangelio. Francisco está señalando un camino nuevo en comparación al modo acostumbrado de la Iglesia, pero no con respecto a la naturaleza misma del Evangelio y de la misma Iglesia. Francisco vino a señalar a la Iglesia de Estados Unidos, como un hombre común, esta fundamental verdad: que la alegría de Jesús es para todos, sin excepción, y que viviremos más felices mientras más sencilla sea nuestra vida y más pacificas nuestras relaciones.

Como dijo una mujer entrevistada en una de las múltiples manifestaciones de esta última semana: “Es Dios quien transforma nuestras vidas. El Papa nos une para vivir esa verdad, pero el que transforma es Dios, no el Papa”. Yo creo que el Papa se mueve en cada paso desde la misma convicción de esa mujer.

Creo firmemente que Francisco está ganando fuerza para ir más lejos en el contagio de un nuevo modo. Un modo que derribe el sexismo en la Iglesia, que camine hacia una comprensión más completa de la familia en perspectiva cristiana, que se acerque aún más a la ciencia, y que comparta más decididamente la suerte de los más pobres de la tierra. Sin duda que la emocionante visita del Papa a Estados Unidos es un buen precedente del Sínodo de obispos que tendrá lugar en Roma el próximo octubre. Puede ser un espacio donde Francisco, sin duda, seguirá haciendo lo que tan bien sabe hacer: contagiar lo extraordinario que es ser simplemente un hombre común.

Jesuita. Sociólogo y Master en Teología. Hace estudios de doctorado en Educación en la Universidad de California, Berkeley y colabora en la Red de Colegios Cristo Rey en San José, California.

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