Abusos, poder y sexualidad en la Iglesia

CC: Bostonglobe.com

CC: Bostonglobe.com

“Everything in life is about sex, except sex. Sex is about power” [1]. Francis Underwood, “House of cards”. Cita original de Oscar Wilde.

Dos son los hechos que motivaron esta columna. Primero, la creación de la Comisión Pontificia para la protección de menores -su anuncio, conformación y primera reunión-; y el segundo, el examen público al que fue sometida la Santa Sede por parte del Comité contra la Tortura de las Naciones Unidas. Sobre esto último no me referiré hasta que dispongamos de los antecedentes suficientes para hacerlo. La revisión fue realizada este 5 y 6 de mayo, por tanto me parece prudente la espera. Mientras, en la web de Naciones Unidas se encuentran disponibles los antecedentes de la audiencia y el informe presentado por la Santa Sede ante el Comité de expertos de la ONU, que incluye, entre otros, información aportada por organizaciones de la sociedad civil (destacan los aportes de “SNAP” y “Catholic Voices”).

Comentaré brevemente los hechos que se han desarrollado en torno a la creación de la Comisión, para situar en contexto algunas de las reflexiones que he podido ir confrontando, también, con otros.

“Poner a las víctimas primero”

El 5 de diciembre de 2013, el Papa Francisco anunció la creación de la Pontificia Comisión para la protección de menores. En marzo de este año nombró a 8 de sus miembros, destacando, entre otros factores, la diversidad de estilos y sensibilidades de quienes la conforman: 3 sacerdotes y 5 laicos, 4 de ellos mujeres, y la participación de la activista irlandesa Marie Collins, sobreviviente de abuso sexual por parte de un sacerdote.

Las tareas principales de la Comisión serán la de informar al Papa sobre el estado actual de los programas y protocolos para la protección de niños y niñas, sugerir líneas de acción en materia de prevención y cuidado, que puedan ser implementadas por parte de la Curia romana, y proponer nombres de personas que puedan concretar estas iniciativas. Respecto de esto último, el jesuita Hans Zollner –miembro de la Comisión- señaló que los abusos sexuales deben ser abordados desde una perspectiva global, vale decir, que incluya representantes de los distintos continentes y realidades, con el fin de acoger la especificidad de cada cultura y sociedad. Junto con ello, valoró tremendamente la inclusión de Marie Collins y el gesto decidido de Francisco de escuchar directamente la voz de una víctima sin que ello suponga ningún tipo de mediación.

“Los sobrevivientes de abuso no quedarán satisfechos con palabras y promesas”

Ciertamente, la presencia de Marie Collins en la Comisión es uno de los antecedentes más llamativos de la noticia. No solo cuenta con el respaldo y apoyo de las principales agrupaciones de víctimas de abuso sexual, sino que cuenta con su propia experiencia como activista y la confianza de la máxima autoridad de la Iglesia. En una de las entrevistas que concedió a distintos medios de difusión católica, señaló que aun cuando pueda desilusionarse rápidamente y no cumplir con las expectativas de quienes han depositado en ella sus esperanzas, “no aprovechar esta oportunidad para decir [todo lo que pienso] en el núcleo de la Iglesia, iría contra todo lo que siento”.

A principios de marzo, el Papa Francisco señaló que “la Iglesia Católica es, quizás, la única institución pública que se ha movido con transparencia y responsabilidad” en su lucha contra la pederastia, despertando reacciones enérgicas entre las distintas agrupaciones de víctimas de abuso sexual. Marie Collins salió al paso de sus dichos, señalando que lo que Francisco parece no reconocer “es que la gran rabia dirigida contra la Iglesia Católica no ha sido causada solo por el hecho de que hayan abusadores en sus filas, sino porque muchos de los que hoy tienen autoridad [en la Iglesia], están dispuestos a proteger a estos hombres”, agregando que no habría necesidad de disponer de “programas de primera para proteger a los niños, si no hay sanciones para un obispo que decide ignorarlos”.

“Con los niños no se juega”

El viernes 11 de abril, Francisco pidió perdón por el daño que algunos sacerdotes han ocasionado a niños y niñas víctimas de abuso sexual. Las palabras elegidas fueron distintas a las utilizadas por sus antecesores, -Benedicto XVI y Juan Pablo II-, pero su intención no logró convencer a quienes sienten que la Iglesia no ha hecho lo suficiente para terminar con los escándalos que la remecen. Frente a esto, considero que una cosa son los abusos y otra, muy distinta, los actos que acompañan su cometido, por ejemplo, las acusaciones de obstrucción de la justicia, silenciamiento y descrédito del testimonio de las víctimas, traslados y sanciones que son transgredidas por los mismos victimarios, etc. Actos, todos, que fueron documentados en los reportes que consideró el Comité de los Derechos del Niño de la ONU, en la audiencia pública a la que fue sometida la Santa Sede en enero de este año.

Bárbara Dorris, Directora de la “Red de sobrevivientes que han sido abusados por sacerdotes”, SNAP Network, fue clara en su respuesta al perdón del Papa: “Ésta puede que sea la primera vez que un Papa habla de sanciones contra obispos que han sido cómplices. Pero eso es todo lo que es: palabras (…) Sobre el gobierno de la Iglesia, sus finanzas y vida ordinaria, el Papa actúa. Sobre la violación de niños él habla”.

La “accountability” de la Iglesia: frutos de una primera reunión

Entre el 1 y 3 de mayo se reunieron los miembros de la Comisión Pontificia para la protección de menores. El objetivo del encuentro fue reflexionar en torno a su naturaleza, funciones y estructura. Al mismo tiempo, se reunieron con el Papa y compartieron con él algunos aspectos fundamentales de su futuro trabajo como Comisión. Entre otros, la declaración oficial de la Comisión, las notas de prensa vaticana y la conferencia a cargo del Cardenal Sean O’Malley, destaca lo siguiente:

  • La Comisión desarrollará protocolos claros y eficaces que garanticen la “accountability” de la Iglesia. Algunos medios en español traducen lo anterior como “responsabilidad”, sin embargo la mayoría ha optado por dejar la palabra en su traducción al inglés –accountability- para referir a la complejidad de un concepto que admite tanto las acepciones de responsabilidad y rendición de cuentas, como la de transparencia activa.
  • La “accountability” aplica para cualquier miembro de la Iglesia, sin importar su jerarquía. Esto último resulta fundamental para efectos de las posibles sanciones a las que se podrían ver expuestos quienes no cumplan con su obligación de proteger a los niños (instituciones, sacerdotes, religiosas, laicos y laicas).
  • Procurar que la Iglesia Católica sea un lugar protegido para niños y niñas.
  • Superar las resistencias de quienes se opongan a las políticas de transparencia y buenas prácticas.
  • Desarrollar programas de formación que eduquen al clero sobre los abusos sexuales y sus consecuencias.

Además de lo anterior, la Comisión aclaró que no se ocupará de casos específicos de abuso sexual, ni pretenderá que los protocolos a desarrollar refieran y/o consideren a las leyes vigentes de cada país. Como señaló el jesuita Hans Zollner, la Comisión no es ni pretende ser un órgano legislativo.

Algunas conclusiones

Muchos han sido los avances y retrocesos en materia de protección de los derechos de niñas, niños y adolescentes al interior de la Iglesia Católica. ¿Avances y retrocesos? Quizás hay mejores calificativos para describir lo anterior, puesto que en uno y otro extremo cabe un amplio repertorio de juicios y experiencias que, posiblemente, no serán debidamente representadas. Por lo mismo, la valoración nunca podrá ser exacta ni infalible, pues lo que está en juego en la discusión en torno a los abusos dentro de la Iglesia, se relaciona -las más de las veces- con nuestra propia sexualidad y nuestra manera de relacionarnos con el poder. Si esto es así, estamos todos profundamente implicados en la discusión.

Iglesia actualidad

En la Pontificia Comisión para la protección de menores, destaca la participación de 8 de sus miembros, 3 sacerdotes, 5 laicos -4 de ellos mujeres- y la activista irlandesa Marie Collins, sobreviviente de abuso sexual por parte de un sacerdote.

En la revisión de muchas de las declaraciones y comunicados sobre estos temas, no ha habido ningún tipo de cuestionamiento a las maneras en que el poder interviene sobre el tipo de relación que establecemos entre prójimos. Cuando los vínculos son asimétricos y las distancias que separan a unos de otros están definidas a priori por los cargos y jerarquías que detentan en la relación, no podemos pensar que el problema de los abusos se explica solo en razón de un desorden o patología individual, sino que necesariamente hay que preguntarse por aquello de la relación que fue transgredido y pervertido. Y, desde mi impresión, la Iglesia no ha arriesgado lo suficiente.

Lo perverso aquí no es solo el carácter o la cualidad individual de una persona. Insisto. Son las lógicas que legitiman y justifican la transgresión de límites corporales, las distancias requeridas para mantener una sana diferenciación respecto del otro, y la posibilidad de pensar y discernir en fidelidad a la propia conciencia. Es, también, la operación de desmentida y negación de los hechos, que deslegitima las propias certezas e instrumentaliza para sí la voluntad de Dios y “el bien de la persona”. El asalto y el secuestro, el sentido de expropiación de la propia dignidad y el quiebre brutal de la capacidad de confiar y creer.

En Chile, la “Fundación para la Confianza” y las voces de muchas víctimas de abuso sexual han relevado la importancia de cuestionar los contextos y las relaciones abusivas. Otros han explicitado la necesidad de un cambio de paradigma en la formación religiosa y en la manera en que laicos, laicas, religiosos y religiosas se vinculan. Lamento que desde la Iglesia la necesidad de revisarse en estos aspectos dependa –en la mayoría de los casos- de la coyuntura y el escándalo. Agradezco que muchos y muchas reconozcamos en estos hechos una oportunidad para intencionar conversaciones que podrían resultar incómodas y riesgosas, pero que terminarán por transparentar los términos en que deseamos honrar nuestro compromiso con el cuidado y la protección de niños, niñas, jóvenes y adultos.

Los tiempos de las víctimas no son los del Derecho canónico, ni los de las Comisiones ni de los protocolos. Cuando les creamos y nos dejemos sensibilizar por su indignación y los cuestionamientos que preferimos soslayar, otras serán nuestras respuestas, otras serán nuestras convicciones. Como bien decía una persona muy querida y que admiro muchísimo: “Mientras los niños esperan, crecen y dejan de ser niños, suman experiencias y también cicatrices, llegan a jóvenes y adultos. Sin que hayamos concurrido”. Que no se nos pase el tiempo. Nunca.

[1] “Todo en la vida es sobre sexo, excepto el sexo. El sexo es sobre el poder”.

Psicólogo Clínico. Docente del Centro Universitario Ignaciano (CUI) de la Universidad Alberto Hurtado.

Sus columnas en TAbierto

Importante: Recuerda que, al comentar una columna, aceptas las reglas y directrices de nuestro blog. Todos los comentarios serán sometidos a moderación por parte del equipo editorial.