El pueblo cuyo rey es el Señor

cristo reyÉl es la Cabeza de Cuerpo,… el Principio, el Primero que resucitó de entre los muertos, a fin de que Él tuviera la primacía en todo, porque Dios quiso que en Él residiera toda la Plenitud, (Col 1:18).

El pueblo de Israel fue esclavo por mucho tiempo, hasta que el Señor actuó con mano fuerte y brazo extendido para liberarlo del poder del Faraón. Lo llevó sobre el ala del águila a una tierra espaciosa que mana leche y miel. Israel era diferente a los otros pueblos. Las tribus vivieron felices como hermanos, sin autoridades humanas, hasta que un día pidieron un rey. Querían ser igual a los otros. Querían tener su propio faraón, signo de poder, gloria y majestad.

El profeta Samuel presentó el caso ante el Todopoderoso. El Señor de cielos y tierras accedió de malas ganas, advirtiendo que el rey iba a llevarse los animales del pueblo para hacer sus banquetes, los hijos del pueblo para ser soldados y las hijas del pueblo para su diversión. Saúl, el escogido, fracasó trágicamente. David lo hizo mejor, pero tampoco fue ideal. De ahí, fueron de mal en peor durante cuatro siglos, hasta el exilio.

Tiempo después, la Iglesia se formó para peregrinar camino al Reino de Dios. En sus inicios, se configuró como rebaño y pastor. Llegó la Cristiandad mil años más tarde, y la Santa Madre adoptó la moda del momento, transformándose en monarquía imperial. El Papa tenía su coronación, su corte real y su ejército, como todos los reinos de su tiempo.

El jansenismo, condenado como herejía hace algunos siglos ya, proponía una iglesia exclusiva (porque creían que pocos se salvan) y liderado por consejos seculares. Era la teología de Calvino en su forma católica. Tristemente, muchas comunidades han caído en eso.

Hoy por hoy, la influencia del Estado Pontificio en el balance de poder geopolítico es mínima[1]. El pontificado ha recuperado algo de su sentido original, de liderazgo espiritual habilitado para invocar las conciencias de todos. Para tener esa libertad, renunció a su autoridad terrenal. Si fuera un interesado en las maquinaciones de los pueblos -como antes lo era- no tendría la neutralidad política, precondición de su credibilidad moral.

Secuelas del autoritarismo de antaño quedan a todo nivel. Lo tenemos metido en el fondo de nuestro ser. No fue el estilo de Jesús. Él persuadía escuchando. Convencía con su cariño. Proclamaba el Reino curando las heridas, perdonando los pecados y alimentando a los hambrientos. Jesús mandaba sus ejércitos de discípulos a conquistar los corazones sin armas ni dinero, solo el amor del Padre.

El Segundo Concilio Vaticano reconoció que, para parecerse más al estilo de Jesús, la Iglesia tenía que cambiar. Se optó por descartar el modelo faraónico de jerarquía piramidal para adoptar un esquema del pueblo de Dios que peregrina por el desierto en camino a la Tierra Prometida. Vamos avanzando. Es hora de evaluar.

En América Latina la Conferencia Episcopal escogió la Comunidad Eclesial de Base como la forma más auténtica de vida cristiana para el continente. Se quería poner fin al clericalismo autoritario y devolver la iniciativa misionera al pueblo laical. En Medellín (1968) se propuso la metodología de ver-juzgar-actuar, para que, observando la realidad local con el criterio del evangelio, la gente supiera responder haciendo lo que Cristo haría en su lugar. En Puebla (1979) los buenos pastores nos llamaron a optar por los pobres y por los jóvenes como prioridades en la misión. El consenso era que hubo siglos de negligencia para corregir.

El objetivo era llegar a ser, nuevamente, ese pueblo cuyo Rey es el Señor. Yo participé en algunas de las primeras comunidades de base. Fue en tiempos de dictadura en las poblaciones periféricas de Santiago. Meditamos el evangelio y observamos cómo la pobreza crecía con el colapso económico de 1981. Fuimos testigos de muchos atropellos de los derechos humanos por parte de un gobierno que no respetaba la ley. Después de orar, se proponía un plan de acción: comedores para los más pobres entre los pobres, albergues para la gente en situación de calle y solidaridad con las víctimas del terrorismo del estado. Era peligroso y a veces desesperante, pero éramos felices y sinceros. No reconocíamos la autoridad del Faraón. Añorábamos el Reino de Dios y queríamos que fuera realidad. Hay lindas excepciones, pero hoy por hoy, las comunidades de base no están cumpliendo su función original. Muchas ni sobrevivieron a los vientos conservadores de años recientes. En muchos lugares, volvió el clericalismo autoritario y, en otros, simplemente quedaron sin nada.

Donde sobreviven las comunidades de base, muchos han perdido su característica esencial. Se jactan de ser la iglesia moderna de los laicos, pero yo estoy viendo una iglesia secularista, hasta anticlerical, dedicada a la catequesis, la liturgia y los sacramentos, igual que la iglesia preconciliar. Es más, el liderazgo es autoritario y se instala por mucho tiempo.

Se ven grupos cerrados y arrogantes que cuidan sus propios intereses sin jamás observar el mundo que los rodea, ni llevar la compasión de Cristo para allá. Tratan a su iglesia como si fuese la municipalidad. Quien tenga conocidos es atendido. Quien no tenga santo en la corte debe esperar. Administran el infinito amor de Dios sin amar a nadie. En muchos lugares es lo único que hay. Visitas del párroco son infrecuentes, por la distancia y la saturación -algunos atienden treinta y hasta sesenta comunidades-, entonces, los fieles se sienten marginados y buscan refugio en las iglesias protestantes.

El jansenismo, condenado como herejía hace algunos siglos, proponía una iglesia exclusiva, porque creían que pocos se salvan, y liderado por consejos seculares. Era la teología de Calvino en su forma católica. Tristemente, muchas comunidades han caído en eso.

El tema no es si las comunidades deben ser guiadas por laicos, religiosas o sacerdotes, si no ¿con qué criterio? Si nos organizamos al igual que los reinos de este mundo va a haber corrupción, exclusión y violencia. En cambio, si nos congregamos para servir en humildad a Jesús, nuestro único Rey y Señor, no puede haber otra cosa que armonía, compasión y paz. Y esa es la buena noticia. Cuando Cristo reina en verdad, habrá un espacio para cada uno, un lugar en la mesa fraterna que a todos pertenece.

 


[1] Todavía, técnicamente, es una monarquía absoluta.

Jesuita, ha trabajado muchos años en Chile y Brasil, en pastorales diversas. Actualmente está de sabático en Texas, EE.UU., su tierra natal.

Sus columnas en TAbierto

Importante: Recuerda que, al comentar una columna, aceptas las reglas y directrices de nuestro blog. Todos los comentarios serán sometidos a moderación por parte del equipo editorial.