El sínodo extraordinario con ojos de mujer

Mujer recogidaUna amiga me sugirió comentar el sínodo extraordinario “con mirada de mujer”. Me pareció una idea pertinente, por lo que quisiera compartir algunas reflexiones sobre cómo el documento Relatio Synodi nos ve a nosotras. El texto es el documento final que adoptaron los obispos reunidos en el Sínodo extraordinario sobre la familia en octubre de este año, y que servirá como insumo para las resoluciones finales sobre la pastoral de la familia que se discutirán en 2015. Los obispos revisaron informes de las conferencias episcopales del mundo entero, intervenciones de los “auditores” del sínodo –laicos quienes fueron convocados para participar con voz, pero sin voto, en el sínodo–, información que fue enviada a los padres sinodales, a discreción de la secretaria del sínodo.

¿Cuál sería esa mirada de mujer ante el sínodo? No creo que sean puntos que solo a una mujer se le podrían ocurrir. Sin embargo, son aspectos que siento especialmente importantes como mujer. La selección de esos aspectos es subjetiva, sin duda; propongo primero reflexionar sobre la representatividad del sínodo; segundo, sobre la transparencia de los procesos del encuentro que podrían ayudar a a mayor representatividad; y, finalmente, el lenguaje y contenido mismo de la Relatio Synodi y la imagen de la mujer que percibo en el documento.

Pero, ¿cómo mirar con ojos de mujer una institución donde ninguna mujer tiene voto? Ninguna en la asamblea sinodal, ninguna en el proceso de selección de quien preside el sínodo, ninguna en la elección de los representantes de las conferencias episcopales, ninguna en la designación de obispos. Me imagino que algunos padres de familia sentirán algo parecido: están representados como hombres, pero no como laicos o padres. Qué bien, en ese contexto, que algunos cardenales y obispos hayan reconocido públicamente que de vida familiar no saben mucho. Puede que no sepan, pero deben escuchar.

Los laicos auditores en el Sínodo estaban llamados a contribuir con esta mirada. Escuchándolos, valoré gratamente que el proceso se haya enriquecido con estas voces adicionales. No solamente en las intervenciones ante el plenario, sino también en los grupos pequeños. Unos más, otros menos, representaron la situación de su región o continente, especialmente cuando no se limitaban a relatar su propia experiencia personal como matrimonio.

Me temo que aún podría predominar entre los obispos una imagen de la mujer que no refleja su rol activo en la sociedad y el sustento que proporciona a la Iglesia, en su calidad de agente pastoral familiar fuera del seno de la familia, plenamente desenvolviéndose en la parroquia o en su lugar de trabajo, con su experiencia espiritual y pastoral femenina.

No obstante, al terminar la reunión, me pregunté, ¿dónde está la mujer que fue abandonada? ¿La que sacó adelante a sus hijos sola y que tal vez fue recriminada por no tener un vínculo regular? ¿Dónde está la mujer separada? ¿Dónde está la religiosa involucrada en la pastoral familiar, que tiene que decidir día a día qué decirle a las mujeres sobre métodos anticonceptivos, la prevención del VIH/SIDA, la admisión a los sacramentos para los hijos o sobre una separación por violencia intrafamiliar? ¿Dónde está la lesbiana que sufrió tratamientos “correctivos” psicológicos, o más grave aún, la “violación correctiva”?

Seguramente, es edificante escuchar a matrimonios que han logrado, con amor, persistencia y paciencia, construir un vínculo fiel durante décadas, y resulta estimulante saber que han desarrollado un grado de comprensión y misericordia por quienes no han logrado lo mismo. Sin embargo, los obispos deberían invitar a personas que puedan hablar de esas otras experiencias difíciles. Escuchar esas voces no contaminaría el proceso, estoy segura. Al contrario, podrían proporcionar ejemplos de una fe que ha resistido las adversidades del cuestionamiento, del sufrimiento, de la soledad, del estigma y que, a pesar de todo, mantuvieron su confianza en el Señor. Personas como las que describo tendrían algo que decir a los obispos y mucho que enseñar a la comunidad.

Si bien el proceso de consulta amplia a los católicos, realizado hace unos meses, recogía las voces distintas al interior de la Iglesia, no sabemos si las respuestas llegaron a Roma, ni cómo. Muy pocos informes de las conferencias episcopales nacionales se publicaron. Creo que para asegurar la transparencia del proceso, es vital que exista una verdadera representatividad de la visión de los fieles, que incluya todas sus diferencias. Y lo mismo debemos esperar las mujeres que no tenemos otra vía de representación. De vuelta de su viaje a Roma, el Cardenal Ezzati dijo que la Secretaría del Sínodo había recomendado no publicar los insumos nacionales para no quitarle libertad en su tarea de elaborar el Instrumentum Laboris, publicado en junio de este año.

Hoy, teniendo el documento oficial, ¿no sería pertinente publicar el resto de los insumos nacionales? Estoy segura que las conferencias episcopales de Francia, Alemania, Bélgica, o Japón no actuaron de manera negligente o imprudente al publicar. Habrán tenido razones bien discernidas ante un proceso que interesa a todos y todas quienes acompañan a familias. Sería justamente para quienes no nos sentimos automáticamente representados por las vivencias de quienes deliberan y votan, que este acto de transparencia podría ayudar a la integración del proceso.

Por otra parte, si bien el lenguaje de RelatioSynodi es respetuoso, no es inclusivo. Por ejemplo, cuando el texto habla de hijos o padres, es nuestra mente la que debe agregarle hijas y madres. El texto reconoce la difícil situación de las mujeres que fueron abandonadas por los padres de sus hijos o hijas y ahora los crían solas o en situación de pobreza. Parecen reconocimientos escuetos, usualmente en el contexto de párrafos que obtienen menor aprobación por parte de los obispos, pero están presentes y se reconoce el apoyo especial que necesitarían estas mujeres por parte de la pastoral familiar. Sin embargo, los párrafos sobre la violencia física contra la mujer se aprobaron casi por unanimidad, condenando la mutilación genital y la violencia intrafamiliar. Esta última, en cambio, no se representa en su gravedad cuando dice que ocurriría solo “a veces”.

El texto final me deja la sensación de que las mujeres podríamos sentir que nuestra realidad no está representada en su totalidad. Me pregunto por la imagen de la mujer que subyace en el documento. No es explícito en ningún momento. Las pocas referencias muestran a la mujer como víctima de violencia o injusticia social, como esposa o madre. Me temo que aún podría predominar entre los obispos una imagen de la mujer que no refleja su rol activo en la sociedad y el sustento que proporciona a la Iglesia, en su calidad de agente pastoral familiar fuera del seno de la familia nuclear, fuera de la casa, plenamente desenvolviéndose en la parroquia, en un movimiento laical, o en su lugar de trabajo, con su experiencia espiritual y pastoral femenina. Quizá la mujer usa, de vez en cuando, un lenguaje poco ortodoxo para hablar de Dios, pero tanto más comprensible y cercano para otras mujeres y hombres que la sola doctrina tradicional.

En definitiva, mi esperanza es que durante este año en que se prepara el Sínodo Ordinario de septiembre de 2015, podamos las mujeres –laicas, religiosas, en situaciones “regulares” o no– hacer oír nuestras contribuciones al proceso. Y, tal vez, sean escuchadas en su afán de mostrar la visión femenina de la familia y de la pastoral familiar. Podemos tanto mejor participar cuando la transparencia se instale como un modo de funcionar.

Alemana, vive en Chile y es miembro de la CVX adultos. Cientista Político por la universidad Johannes Gutenberg, de Mainz, Alemania, y Doctora en Derecho por la universidad de Essex, Reino Unido. Académica, especialista en derecho internacional y derechos humanos.

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