El valor de la diversidad en los espacios educativos

diversidadPor muchos años tuve una aproximación ideológica al tema de la diversidad en las salas de clases.  No necesariamente negativa. Para nada. Simplemente digo que mi favoritismo por espacios diversos para la educación respondía a una idea: existe un valor en educarse en ambientes donde los compañeros provengan de geografías distintas y tengan biografías diversas. Estudiando Sociología de la Educación a mediados de los años 2000, mi juicio sobre el valor de la diferencia a la hora de educarse, se trasladó de la ideología a fundamentos científicos. Leí papers que defendían y criticaban el “efecto pares”, fenómeno que explica cómo en ambientes educativos diversos, desde el punto de vista cognitivo, los estudiantes aprenden más y de mejor forma.

Hay evidencia suficiente de que la colaboración entre los que entienden más rápido y los que necesitan más tiempo, eleva el desempeño general. Además, se genera una experiencia de sociedad más real: en todas las tareas de la vida avanzamos con ritmos y tiempos diferentes, y es bueno que esto se aprenda en la escuela. De hecho, me convencí de que la diversidad es la mejor manera de enseñar a vivir democráticamente y de respetar al que es “distinto”.

En todas las tareas de la vida avanzamos con ritmos y tiempos diferentes, y es bueno que esto se aprenda en la escuela. De hecho, me convencí de que la diversidad es la mejor manera de enseñar a vivir democráticamente y de respetar al que es “distinto”.

Tuvieron que pasar quince años desde mis reflexiones ideológicas sobre el tema, y diez desde las más científicas, para tener mi primera experiencia real de diversidad en una sala de clases. Resultó extrema, al límite de lo irreal, pero me ha ayudado a fortalecer mi convicción. Estudio en una universidad católica en Estados Unidos, y hace un mes terminé un seminario sobre un libro del educador brasilero Paulo Freire, en una universidad judía cercana. Éramos veinte estudiantes de entre 25 y 45 años. Judíos, islámicos, cristianos —protestantes y católicos—, agnósticos y ateos. De Australia, Japón, Siria, Egipto, Ghana, China, Nigeria, México, Alemania, España, Canadá, Estados Unidos, y Chile. Heteros y homosexuales. De diversas profesiones y de distintos estratos socio económicos. En fin,  por primera vez tenía una experiencia de estas características, en la cual pude confrontar modos de pensar propios con otros absolutamente distintos en torno a lo que entiendo por el ser humano, por la convivencia social y por lo que significa relacionarse con Dios. La sentí como una experiencia que me abrió el espectro para pensar, valorar lo propio y celebrar también lo del otro.

Insisto en que la diversidad de esa experiencia fue extrema, casi de caricatura. Sin embargo, me habla y me cuestiona sobre cuánto podría crecer un grupo humano que se pueda abrir a una realidad distinta de la propia. Cuánto más fuertes serían las convicciones personales, el valor de la familia, de la cultura y de la responsabilidad democrática, si proveyéramos a niños y jóvenes con experiencias educativas que los abrieran cotidianamente a la diversidad. Cuánto menos clasismo, menos discriminación, menos necesidad de aparentar lo que no se es o no se tiene, y menos violencia, tendría una sociedad que promoviera esto. Cuántos más jóvenes participarían activamente en política si reconocieran que libertad es responsabilidad desinteresada por el otro y no simplemente hacer lo que se me planta la gana. A todos los estudiantes les haría muy bien, pero cuánto más a aquellos que tienen en sus espacios educativos, colegios y universidades, verdaderas escuelas de discriminación: aquellos que no saben cómo partir una conversación si no es por preguntar apellidos o el lugar de estudios.

Las ideas, los estudios, y la experiencia, me hacen creer que detener la segregación en la educación, promoviendo decididamente espacios diversos para educar a niños y jóvenes es una condición de sobrevivencia para nuestra sociedad.

Jesuita. Sociólogo y Master en Teología. Hace estudios de doctorado en Educación en la Universidad de California, Berkeley y colabora en la Red de Colegios Cristo Rey en San José, California.

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