El valor de las palabras, el valor de escuchar

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Al contrario de lo que podría pensarse, ésta no es una columna dirigida exclusivamente a psicólogos, psiquiatras y docentes; sino que pretende ser un ejercicio crítico en torno al valor de la palabra y la escucha en situaciones de relación de ayuda, ya sean éstas de tipo psicoterapéuticas, de acompañamiento espiritual, de consejería escolar, de consulta médico-psiquiátrica, u otras. Resulta necesario cuestionar los usos del saber que cada persona supone tener respecto al otro cuando éste acude buscando ayuda, ponderando los límites del conocimiento religioso y científico respecto del hombre, la enfermedad y el malestar social.

Esta discusión hoy se hace urgente. En abril y junio de este año, profesionales e instituciones vinculadas con la educación y la salud mental de las ciudades de Barcelona y Buenos Aires, han formulado dos manifiestos que se enmarcan dentro del contexto de la Campaña Internacional STOP DSM, y denuncian, entre otras cosas, el uso abusivo del etiquetamiento, la medicalización y la lógica clasificatoria del Manual DSM (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Desórdenes Mentales de la American Psychiatric Association), anticipándose a la próxima publicación de su quinta versión.

Ejemplificaré la cuestión con 2 situaciones distintas, algunas de ellas en extremo forzadas y/o descontextualizadas. La madre de una niña de 11 años solicita una entrevista psicológica para su hija, con el fin de contrastar la impresión diagnóstica del profesional con las conclusiones que surgen tras un psicodiagnóstico realizado en un Centro especializado. La madre se muestra intranquila y nerviosa, más bien molesta, ya que los profesionales del Centro sugirieron un diagnóstico de Trastorno Esquizoafectivo a partir de una batería de tests proyectivos (dibujos, Test de Rorschach). Segunda situación: un joven universitario acude donde su acompañante espiritual y le cuenta que, tras un largo discernimiento con su polola, optaron por tener relaciones sexuales, situación que el religioso juzga como un mal discernimiento, ya que el Magisterio es claro en su posición respecto a las relaciones sexuales prematrimoniales.

Examinemos la primera situación. En línea con lo planteado en los manifiestos de Buenos Aires y Barcelona, el campo de la salud mental experimentaría hoy una situación bastante crítica con respecto a las posibilidades de establecer diálogo entre sus distintos profesionales. Muchas veces las condiciones laborales e institucionales de uno u otro lugar, la formación académica y las rivalidades entre las distintas disciplinas dificultan el trabajo, y se reducen las posibilidades de otorgarle un lugar al sufrimiento subjetivo de las personas que consultan, quienes se experimentarían como usuarios/as de un “sistema perverso” que se relaciona con sus demandas a partir de la estadística y los porcentajes de adherencia a los tratamientos. Lo mismo ocurre cuando la derivación proviene de contextos escolares o como condición de permanencia dentro de una u otra institución.

¿Qué lugar ocupa la palabra y la escucha dentro de este contexto? ¿Cómo pensamos la complejidad del sufrimiento humano manteniendo el status enigmático que supone toda conducta? ¿Qué rol cumplen el diagnóstico, el etiquetamiento y la lógica clasificatoria de Manuales como el DSM?

Primero que todo, creo importante señalar que la cuestión nos incumbe a todos/as. Nominar el dolor, categorizar el malestar y enjuiciar tal o cual conducta, parecieran ser actos que surgen de manera espontánea: nos calman, tranquilizan y normalizan una situación que inicialmente aparece como difusa y fuera de control. La palabra define y crea una realidad particular, la circunscribe y vuelve manejable. Toda vez que interpretamos el dolor o lo convertimos en texto al redactar un informe, tratamos con lo más íntimo de una persona, con lo sagrado, con aquello que ha costado mucho decirse, confiarse. Los diagnósticos, la descripción de rasgos, síntomas y dinámicas familiares, debiesen estar al servicio de la realidad particular de cada sujeto. Esto nos obliga a escuchar la singularidad, desafiar los supuestos y expectativas, ajustar los niveles de sonido y filtrar todo tipo de ruido. Escuchar. Suena tan fácil, tan obvio… Sin embargo es lo que más nos cuesta.

Pareciera ser más fácil anteponer un rótulo, un juicio, pensar la situación como ya sabida, antes que tolerar la incertidumbre, aceptar los límites del saber y salvar lo que en el otro es nuevo, auténtico y creativo. No ponderamos el impacto que puede tener una palabra sobre la existencia de una persona, la sensación de violencia y vulneración que se experimenta frente a frases que son proferidas sin mediar ninguna consideración por la persona que se ubica como interlocutor. Ejemplificando lo anterior: los efectos que tiene sobre la experiencia de fe de un sujeto el hecho de ser calificado como pecador tras declarar su orientación sexual; el “peregrinaje” que experimenta una madre que consulta por su hijo debido a un diagnóstico de deficiencia mental; el cuestionamiento que recae sobre algunos sujetos vinculados al movimiento estudiantil y que son catalogados de inútiles subversivos. La lista suma y sigue.

Los manifiestos antes citados son un llamado de atención que excede los límites del campo de la salud mental. Trasciende, también, los de toda relación de ayuda e incluyen cualquier tipo de relación humana que suponga palabras. La escucha supone una ética particular, supone asumir cierta responsabilidad por el otro, por su sufrimiento, por su existencia. Así como en el Evangelio, la palabra adquiere un sentido profético, es novedad y Buena Noticia para toda persona que ha visto amenazadas sus posibilidades de existencia, restituyendo y reconociendo la dignidad que de por sí le pertenece. Las palabras implican la subjetividad de quien las emite, nos obligan, por tanto, a tomar posición no sólo por las consecuencias y las causas, sino también por el proyecto de hombre y de sociedad que queremos construir.

Si esto no fuera cierto, no se entiende, entonces, el ruido que generan palabras como matrimonio, lucro, familia, mapuches…

*Tomás es psicólogo clínico infanto-juvenil y trabaja, entre otras cosas, como encargado de formación de CVX – Secundaria, en Santiago de Chile.

Psicólogo Clínico. Docente del Centro Universitario Ignaciano (CUI) de la Universidad Alberto Hurtado.

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