Elección de carrera: el peso de la valoración

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Inevitablemente, el comienzo del año laboral y estudiantil nos lleva a considerar el valor de lo que elegimos hacer con nuestras vidas… nos obliga, de alguna forma, a pensar en nuestra vocación. En esta columna sólo busco referirme a lo que toca al ámbito de los estudios; es decir, a lo que abarca únicamente una parte del concepto “vocación”, pero que sin duda trae consigo consecuencias que repercuten de manera importante en los demás aspectos.

La sociedad, nuestras familias y cada uno de nosotros, construye ciertas ideas sobre lo que una carrera u oficio pareciera valer, ponderaciones que terminan por dirigir la elección profesional y el posterior trabajo. Todos los años nos enteramos de las carreras que tienen alta cantidad de matriculados, y en esto parece no haber sorpresas: las “tradicionales” se llevan a la mayoría de los alumnos. Así, la pregunta pareciera surgir por sí sola: ¿Al momento de elegir, qué peso real tiene el valor social otorgado a ciertas carreras? Y, con esto, ¿buscamos verdaderamente lo que distinguimos como nuestra vocación más profunda?

El momento vital en el que nos enfrentamos a la elección de carrera es claramente poco propicio y, por lo mismo, conducente al ensayo y error. La mayoría de los jóvenes no logra distinguir a los 18 años cuáles son sus habilidades e intereses más constantes como para ser capaces de optar por algo tan definitivo como aquello en lo que se van a desempeñar hasta jubilar. No obstante, la mayor dificultad no está contenida en el bajo nivel de auto conocimiento, sino, más bien, en la tensión entre el primer asomo de vocación y la valoración social.

Nuestra sociedad tiene ideas bastante claras respecto de las distintas carreras y, por ejemplo, no hay pudor alguno al momento de diferenciar entre el sueldo de un profesional y otro. Las diferencias son abismales: un ingeniero recién egresado gana fácilmente el doble o más que cualquier recién egresado del área de las humanidades, ciencias sociales o artes. Este ejemplo es muestra solamente del valor monetario que se asigna, pero este factor es el que finalmente tiene más peso. Que se paguen altos salarios a los ingenieros, doctores o abogados es sólo un sinónimo de que como sociedad se valora mucho más a las carreras y oficios que prestan servicios visibles, tangibles, “útiles” y bien claros.

Esta valoración económica, en la actualidad en que nos movemos, genera en torno a estas “carreras tradicionales” un aire de prestigio que se ha mantenido de generación en generación. Sin eufemismos, es fácil escuchar que son carreras más difíciles y exigentes. Ya en el colegio resultaba parte de lo cotidiano tildar de “flojo” a aquéllos que optaban por el área humanista o artística: el que elegía irse por esa línea estaba tomando sin lugar a dudas el camino fácil.

¿Cuál es el problema detrás de todo esto? Lejos de querer establecer un comentario autobiográfico y resentido de una cientista social, la reflexión aquí busca precisamente evitar la odiosidad de la comparación entre áreas de estudio, disciplinas o carreras, porque de lo contrario, ¿qué espacio dejamos para permitir que sea la verdadera vocación la que actúa cuando elegimos? Estudiar una carrera tradicional o nueva y distinta no tiene un valor en sí mismo; esto es lo importante.

Para quienes intentamos ser fieles al llamado de Cristo a construir una sociedad más justa, lo que nos debiese mover es el deseo profundo de encontrar las herramientas que nos permitan servir desde el espacio más propicio para desarrollar las potencialidades de cada uno. La riqueza que está contenida en la diversidad de gustos y habilidades debería poder reflejarse en el trabajo y carrera que elegimos, sin permitir que opere con más fuerza la presión de nuestra familia o de la sociedad como conjunto.

Animarse a  elegir una carrera que nos enseñe a pensar el mundo desde una óptica particular es un verdadero desafío; pero resulta aún más desafiante el ser capaces de reconocer en todos los oficios y profesiones habilidades y conocimientos valiosos para la sociedad. Convencernos de que no sólo basta con las matemáticas y las ciencias para construir una sociedad más justa y más feliz, a pesar de lo que nos diga la cultura imperante, es un reto importante; un reto que nos invita a alegrarnos al valorar a nuestros hijos, amigos y familiares por la entereza que tuvieron de seguir su vocación, sea ésta valorada o no por la cultura en la que nos movemos.

* María Pía es cientista político de la Universidad Diego Portales y participa de CVX, donde es encargada del cuerpo de guías.

Chilena. Cientista Político UDP, Magíster en Pensamiento Contemporáneo y Filosofía Política UDP, Magíster en Teoría Política de la Universidad de Sheffield (Inglaterra) y candidata a Dra. en Filosofía de la Universidad de Glasgow (Escocia).

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