Elecciones en Estados Unidos: Perdieron los más pobres

 

Llevo viviendo tres años y medio en Estados Unidos. Después de este tiempo, puedo decir con propiedad que he vivido en dos burbujas: Boston, en Massachusetts, y Berkeley, en California. Burbujas en el sentido que no reflejan la vida de la mayoría de la población de Estados Unidos: lugares muy diversos, económicamente importantes, tolerantes, con un aire intelectual, liberales, y ultra demócratas políticamente hablando. Algo que me ha ayudado a salir de la burbuja, creo, ha sido la doble experiencia de poder enseñar a un grupo particular de estudiantes en la universidad en Berkeley este último año, y, sobre todo, compartir y colaborar con comunidades católicas hispanas en ciudades vecinas. Estas experiencias me han ayudado a poner los pies en la tierra.

En las parroquias, sobre todo en una de un sector popular cercano a Berkeley, me he encontrado con muchas familias de bajos recursos, en una de las regiones más ricas del país. Muchos de ellos trabajan en tareas de limpieza en calles y oficinas. Lo único que buscan acá es darle un futuro a sus hijos e hijas por medio de una buena educación. He sido testigo de unos esfuerzos que, dudo, yo sería capaz de hacer.

En la universidad me he encontrado con estudiantes cuyos padres entraron al país sin documentos desde México, Guatemala, Honduras y El Salvador, como resultado de las decisiones de política exterior de los Estados Unidos desde los años cincuenta. He escuchado las historias de estudiantes que, literalmente, cruzaron el Río Grande nadando cuando tenían 8 años, con la esperanza de sus familias de poder hacer una vida lejos de las pandillas, la droga, y el crimen. Han llegado a Estados Unidos con o sin sus padres. Haciendo frente a las limitaciones del lenguaje, han estudiado duro, y han crecido como miembros de este país, al igual que sus padres cuando se daba el caso. En las parroquias, sobre todo en una de un sector popular cercano a Berkeley, me he encontrado con muchas familias de bajos recursos, en una de las regiones más ricas del país. Muchos de ellos trabajan en tareas de limpieza en calles y oficinas. Lo único que buscan acá es darle un futuro a sus hijos e hijas por medio de una buena educación. He sido testigo de unos esfuerzos que, dudo, yo sería capaz de hacer.

Sufro por ellas y por ellos, pues el Presidente electo de los Estados Unidos de América, independientemente de lo que haga de ahora en adelante, ya les ha generado un daño que los acompañará por el resto de sus vidas. Y no es solo que la campaña haya tenido como eje el tratar a mexicanos de violadores y ladrones, -y no haber perdido nunca perdón-, o que haya dicho que un juez americano con apellido hispano lo iba a perjudicar por el solo hecho de ser mexicano. Tampoco que su única palabra en español durante la campaña haya sido “bad hombres”.  Más dramático que eso, es haberle dado espacio a buena parte de los miembros de una sociedad enferma de racismo, a expresar abiertamente el rechazo y desconfianza a lo distinto. “¡Al fin alguien que dice las cosas como son!”, “¡al fin alguien que no se preocupa de ser políticamente correcto!”, son expresiones que se escucharon una y otra vez durante la campaña. De hecho, no poco de su votación viene de quienes lo apoyaron en base a su ataque a la población hispana. Personas que han hecho de los hispanos chivos expiatorios de todos los males de este país. Hay toda una retórica mentirosa en marcha que quiere proteger a esta parte del electorado, diciendo que ellos “toleran” a un racista, sin embargo, ellos no lo son. Como dice una buena expresión en este país: Give me a break!

En todos los cambios positivos que este país ha llevado adelante, ha habido movimientos sociales a la base, particularmente el Civil Rights Movement, y en los últimos años el movimiento Black Lives Matter.

Sufro por los hispanos que sienten miedo hoy. Tienen razones. No tengo ninguna esperanza en que el presidente electo pueda hacer algo bueno para la comunidad hispana en general, y menos para migrantes indocumentados en particular. Espero, sí, que al menos no siga haciendo más daño que el que ya les ha hecho, tanto a ellos como a buena parte de esta sociedad. De lo contrario, si Trump pone en acción un tercio de lo que prometió hacer en campaña, pongo mi esperanza en movimientos sociales que puedan nacer o crecer para mitigar este desastre. En todos los cambios positivos que este país ha llevado adelante, ha habido movimientos sociales a la base, particularmente el Civil Rights Movement, y en los últimos años el movimiento Black Lives Matter. Me imagino un movimiento donde las iglesias, las universidades, y los jóvenes en general tendrán mucho que aportar para no dejar que siga ganando ni la ignorancia ni el miedo.

Jesuita. Sociólogo y Master en Teología. Hace estudios de doctorado en Educación en la Universidad de California, Berkeley y colabora en la Red de Colegios Cristo Rey en San José, California.

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