En la hora de tu muerte…

Sea el Señor contigo cien veces… mil veces… infinitas veces más indulgente,

que lo que tú fuiste;

no se atenga Jesús a los diez mandamientos para juzgarte,

como un subalterno que cumple órdenes superiores;

te tenga en cuenta los bienes pequeños, si algunos hiciste,

y tus brutalidades las dé por cargadas en el Madero.

Te sostenga ante Su mirada la bondad de los que perdonaron frente a sus verdugos;

si alguna vez, por insignificante que sea, ayudaste a un niño, a un pobre, a un enfermo,

te rediman su inocencia y su gratitud;

sea convalidada tu enfermedad en esta vida, al menos en parte por tu purgatorio.

Tres mujeres pobres sean tus Beatrices:

la Margot te apacigüe la vergüenza con su canto,

la Violeta te purifique con su voz y su guitarra,

y que Gabriela te devuelva con sus rondas la inocencia.

Que todo el dolor que provocaste y que hoy pesa sobre tu cabeza te sea relevado

y quitado el inmenso lastre, si todavía queda algo auténtico en ti,

entres pequeño y desnudo al lugar donde te esperan los ángeles y los mártires,

las víctimas, sus madres y sus esposas, que ya nunca más bailan la cueca sola.

Y, Tú, “Señor de torturadores, de torturadores, de torturadores[1],

vuélvete ahora a nosotros:

Quítame la cobardía de refugiarme entre los poderosos

a costa de fustigar o desconocer a los débiles

–yo sé bien que día a día no estoy libre de esa tentación–;

líbrame de creer en “bienes superiores”,

que hacen de tus hijos –mis hermanos– personas inferiores;

sálvame de creerme mejor que otros

–tú conoces mejor que yo la pequeñez de mi amor,

la fragilidad de mis discursos, la tibieza de mi entrega–.

Que en mi país no pase la vieja ni para la justicia, ni para la verdad, ni para el perdón,

porque lo verdadero no tiene fecha de vencimiento –el amor permanecerá–;

que pase sí la vieja para pactos de silencio, defensas corporativas e hipocresías,

porque éste es el tiempo de hablar,

frente a Ti, que lo sabes todo, callaremos.

Que crezca mi país, Señor,

no en fronteras que ya creció demasiado

(no estaría mal volver un poco atrás y dejar espacio a otros),

sino en humanidad;

si hay que empezar desde los cimientos, desde su constitución, que no lo temamos;

no nos durmamos sobre no-sé-cuántos-mil dólares per cápita mal repartidos;

sea casa para todos… para todos todos;

líbranos de la mezquindad en el dar y de la prepotencia en el exigir;

y que no olvidemos nuestra historia,

que se nos pegue la lengua al paladar si nos olvidamos de nuestros muertos,

para que nunca más en Chile, para que nunca más.

[1] Francisco Jiménez: Señor de los desvencijados.

Hermano jesuita. Licenciado en Teología UC, actualmente cursa un doctorado en Teología en Innsbruck, Austria.

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