En vacaciones hago lo que a mí me gusta

(cc) Megavisión

“En vacaciones hago lo a que a mí me gusta”. ¿Quién podría no estar de acuerdo con esa frase? Efectivamente, los afortunados que podemos tener vacaciones (¡pues no todos las tienen!) intentamos llevarla a la práctica: cuando descansamos, queremos hacer lo que efectivamente nos descansa.

La semana pasada, sin embargo, esta frase nos tendría que haber hecho reflexionar. Fue dicha después del “evento del helicóptero”, en el cual se vio envuelto nuestro Presidente de la República. El caso, digno de ser discutido en sí mismo, llevó a que el Presidente esgrimiera sus gustos personales. Sin embargo, ese argumento nos permite plantear un tema más de fondo.

En el caso de personas que ocupan cargos significativos para la ciudadanía (o, desde una perspectiva más religiosa, para la comunidad), ¿existen límites para aquello que en la vida privada está sujeto a los gustos, opciones y/o comportamientos personales? ¿Puede legítimamente una persona pública hacer “lo que ella quiera”? Vale la pena plantearse estas preguntas, sobre todo en nuestra época, cuando tendemos a vivir nuestra vida de una manera bastante “compartimentada” (en la universidad somos estudiantes; en la familia hijos o padres; en la iglesia, creyentes; en el trabajo, trabajadores; etc). Pero, ¿está nuestra vida efectivamente “tan” dividida”? Al final del día, ¿no es la misma persona aquélla que ha trabajado, compartido con la familia, estudiado y vivido un sinnúmero de experiencias? En definitiva, ¿es tan real esa división que genéricamente hacemos entre nuestra “vida pública” y la “vida privada”?

Más allá del importante problema de la integración de la vida (es decir, cómo vivimos aquellas diferentes dimensiones de nuestra existencia), puede ser interesante pensar hoy cuáles son los límites de esa distinción (lo público, lo privado) en el caso de personas que ostentan responsabilidades políticas, económicas, morales, etc. ¿Qué necesitamos de nuestros representantes? ¿Qué sólo sean eficientes gestores y administradores de los bienes públicos? ¿Qué representen intachablemente aquellos valores que mayoritariamente compartimos? En último caso, ¿qué tipo de gobernantes necesitamos como país, en medio del contexto en que vivimos?

Por ahora me limitaré sólo a dejar planteadas estas preguntas no fáciles de responder, pero que necesitamos abordar como ciudadanos si no queremos mantenernos al margen de lo que vivimos como país. Votar no es suficiente para constituirnos como ciudadanos. Si no nos hacemos cargo de ésta y otro tipo de cuestiones, el voto sí que será un mero trámite (como tantos de los que nuestros compatriotas, por diversas razones, experimentan).

Desde una conciencia así comprometida podremos no sólo ir haciéndonos cargo unos de otros, sino también tener mayor claridad y lucidez sobre lo que necesitamos de nuestros representantes y, por qué no, también de nuestros pastores para aquellos que nos reconocemos miembros de la ancha Iglesia.

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