Entre balances, uniformes y el club de golf

(cc) La nana, película chilena dirigida por Sebastián Silva.

En estas fechas se ponen de moda los balances. El gobierno muestra lo que ha logrado realizar, la oposición, lo que falta, las empresas hacen sus balances financieros, los medios, nos muestran las noticias más importantes del año, y, probablemente, cada uno empieza a pensar y a revisar cómo ha sido su 2011. Todos, en los distintos campos en que nos movemos, llegamos a fin de año  reflexionando sobre lo que queremos para el próximo.

Y este año fue movido. Las movilizaciones estudiantiles, los grandes fraudes financieros, la colusión de empresas, los chascarros de nuestra clase política, la aprobación de la inscripción automática y el voto voluntario, entre muchos temas más, fueron parte de la agenda. Algunos lograron instalarse como temas-país, otros han pasado más desapercibidos. Pero hay una noticia que ha causado revuelo estas últimas semanas del año y en la cual me gustaría detenerme: un exclusivo club de golf manda una carta a sus socios recordando que las empleadas domésticas tienen prohibido estar sin uniforme en el sector de la piscina.

La difusión del instructivo desencadenó una fuerte reacción ciudadana, primeras planas en los medios y una demanda de la Asociación de Trabajadoras de Casas Particulares. Y, ¿cuál es el balance de esto? El Club pide disculpas y la opinión pública muestra su rechazo frente a esta práctica discriminatoria. La historia parece quedar ahí, la insólita medida ha sido descartada, la demanda sigue su curso y esperamos, frente al televisor, cuál será nuestro próximo escándalo social.

Deteniéndonos un poco más en este “suceso”, surge la pregunta: ¿realmente esta noticia nos produce escándalo e indignación?

Este tipo de discriminación la viven día a día no sólo muchos de nuestros compatriotas, sino que extranjeros que vienen al país en búsqueda de una vida mejor. Hay muchos a quienes se les cierran las puertas, ya sea por el uniforme que usan, la apariencia que tienen o su forma de hablar. Pero esta discriminación no encuentra espacio en las planas de los diarios ni es motivo de escándalo o de querellas. Es una discriminación que va pasando, casi de manera imperceptible, sin que nadie se escandalice.

Aquí hablamos de discriminación, de reproducir una estructura de poder que diferencie a los que tienen y a los que no. De este tipo de discriminación hay muchos más ejemplos: al pobre se le discrimina por ser pobre, se le tilda de flojo, de sucio. Al migrante peruano o boliviano se le discrimina porque su tono de piel es más oscuro, porque sus facciones son más toscas. Un estudio hecho por Genera (2006) muestra que los chilenos creen que las principales formas de discriminación están asociadas a aspectos socioeconómicos y físicos; es decir, discriminamos a las personas por ser pobres y por su apariencia y color de piel. Por eso escandaliza lo del uniforme.

¿Será que algunos se sienten identificados? Y es que en estos temas nuestro balance debe seguir siendo negativo. No basta con que un par de veces al año nos escandalicen este tipo de noticias; pues pareciera ser que hay formas de discriminación que están tan naturalizadas en nuestra sociedad que no las vemos como escandalosas. ¿Clubes de golf con políticas de ingreso en extremo restringidas de acuerdo no sólo al dinero, sino que a colegios de origen y prestigio social? ¿Uniformes que reflejen una posición de subordinación de unos frente a otros? ¿Egresados de carreras no tradicionales que no pueden abrir cuenta en ciertos bancos porque son riesgosos? ¿Postulaciones a trabajos que aún piden la foto en el currículum?

Todas estas situaciones son escandalosas, todas reflejan la forma en que creemos que nos estamos desarrollando, todas son signo de que en nuestro país mucho es lo que falta para poder llegar a mirarnos como iguales, y, desde ahí, construir una sociedad más justa.

Porque en este balance los números están en rojo, pero se nos olvida y lo dejamos pasar. Esperemos que en este nuevo año reflexionemos sobre la sociedad que queremos y la sociedad que soñamos… pero, más importante aún, es pensar en qué estamos haciendo para que esto se lleve a cabo.

* Javiera es socióloga de la UAH, estudiante del magíster en Ética Social y Desarrollo Humano de la misma universidad. Trabaja en el Centro Teológico Manuel Larraín y fue directora del Centro de Investigación Social de Un Techo para Chile.

Socióloga de la UAH, Magíster (c) en Etica Social y Desarrollo Humano de la misma universidad. Es Directora Ejecutiva de la Fundación Lealtad Chile y fue directora del Centro de Investigación Social de Un Techo para Chile.

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