Escuchando y anunciando como mujer: nuestro lenguaje litúrgico

“Señor, no soy digno de recibirte…” decimos domingo a domingo, rezando estas palabras del centurión romano, al disponernos para acercarnos a la mesa del Señor. La liturgia nos invita a hacer nuestras las palabras de este hombre de fe. En mi experiencia personal de oración, debo reconocer que me es difícil decirlo así. Para hacer mía esta frase, la necesito decir en su forma femenina: Señor, no soy digna de recibirte. No para cambiar el original de la historia – el centurión fue hombre, sin duda – sino para pasar a la actualización de su oración en mi propia vida. “Señor, no soy digna…”.

Miremos un poco más detenidamente lo que pasa. El lenguaje “transporta” realidad. Así lo asumimos en la adquisición del idioma en la infancia: las palabras que usamos estructuran la realidad. Si “nosotros” (todas y todos) es igual a “nosotros” (solo hombres), pero desigual a nosotras (solo mujeres), la conclusión lógica es que lo más general, y, por tanto, según la normatividad comúnmente asumida, lo más “normal” es lo masculino.

No habría problema hasta ahora, si el modo cómo hablamos no estuviera íntimamente vinculado también a las estructuras de poder e influencia en nuestra sociedad. No decimos “nosotras” como genérico porque hay una valorización implícita en la designación femenina: Hasta hace poco, no tuvimos voto, no pudimos administrar nuestra propiedad, no pudimos declarar en tribunales. Incluso hoy, hay profesiones – dentro y fuera de la Iglesia católica – que nos son vetadas. Hay muchas filósofas, lingüistas, psicólogas de lenguaje, que han demostrado estos vínculos entre cómo nos expresamos, el poder y la realidad.

Es cierto, la Real Academia Española declaró este año que la utilización de “nosotros y nosotras” o de “los y las fieles” no corresponde al uso normado del castellano. Pero creo que hay que tomar en cuenta que la RAE consiste en un 83% de hombres. ¿Hubiera sido distinta su decisión con una composición más paritaria de sus integrantes?

Volvamos a la liturgia. ¡Qué raro escuchar, en una misa semanal en una capilla, donde todas las asistentes, menos uno o dos, son mujeres: “hermanos, este es el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo”! Si hoy muchas mujeres, especialmente las jóvenes, no se sienten aludidas si escuchan “hermanos”, y si, al mismo tiempo, queremos transmitir que el mensaje del Reino, la Buena Noticia de Jesús, ha llegado para todos y todas, podría ser un primer paso cuidar este lenguaje en la liturgia. No es solo un asunto de maquillaje, ya que, -lo dijimos-, el modo de hablar crea realidad.

Sentiría que empezaríamos a salir desde detrás de la rejilla de la sinagoga de los tiempos de Jesús que separaba las mujeres de los hombres, y que hoy persiste de manera invisible en tan distintas maneras en nuestra Iglesia. Sentiría que estamos dando pasos en la dirección de lo que el Papa Francisco acaba de indicar en Colombia: “las mujeres no pueden ser siervas de nuestro clericalismo” (discurso ante la CELAM, Colombia, 2017). Empecemos por cómo rezamos y nos expresamos.

Actualicemos el lenguaje litúrgico, en estos pequeños, grandes detalles que no cambian la Buena Noticia, pero la hacen más accesible para nosotras: si se invitara a “hermanas y hermanos” a escuchar la lectura, si el sacerdote dijera “dichosas y dichosos quienes se acercan a la mesa del Señor”, si revisáramos los cantos para usar palabras inclusivas en vez de sólo su forma masculina, no digo que cambiaría el mundo, pero sí, a lo mejor, la conciencia de cómo la mujer participa en la liturgia y en la Iglesia. Estarán de acuerdo conmigo que varios sacerdotes ya lo hacen. Otros se atienen más al texto del leccionario, leen lo que está escrito allí, literalmente. Y allí aún no aparece la forma femenina.

Me podrían decir que no cambiemos las fórmulas con las que han rezado generaciones antes de nosotras. Que no podemos intervenir la Sagrada Escritura. Pero el lenguaje ha sido reformado de forma mucho más significativa antes. Nuestra tradición bíblica y litúrgica nos indica que no necesitamos “endiosar” los textos bíblicos. Los cambios, las mejoras en la traducción a la luz de los descubrimientos lingüísticos e históricos son necesarios. ¿No será tiempo de buscar también un modo de expresarnos más inclusivo en las lecturas diarias? Por lo menos para los textos que frecuentemente usamos en la liturgia (años A, B y C del calendario litúrgico). Si San Pablo se dirigía a mujeres y hombres en las asambleas, ¿por qué no traducir la palabra griega por “hermanas y hermanos”?

Ciertamente, no es una responsabilidad solamente de los sacerdotes o, incluso, de los liturgos. Laicos y laicas leemos las lecturas y los guiones, que por lo menos en algunas parroquias ya están adecuados, por tratarse de lenguaje menos ritualizado. Podemos hacer un cambio, usando expresiones inclusivas en las lecturas, o en la oración universal. Ciertamente, sería ideal que cambiaran también los leccionarios y el Misal, para que también quienes se atienen solo al texto escrito, empiecen utilizar un modo más inclusivo para comunicar. Sin embargo, ¿por qué no empezamos las mujeres a simplemente rezar “dichosa soy”, mientras los hombres dicen “dichoso soy”? Y tal vez los hombres también sentirían más propio el Magnificat de María si rezaran “porque ha mirado a su siervo”. En mi oído, no sería cacofonía, sino tomarnos en serio que estamos respondiendo al llamado de hacer propio el mensaje del Reino. Como mujer, me ayudaría a percibir más claramente que la Palabra se dirige a mí, sin tener que hacer la acrobacia mental de pensar cada vez “yo también estoy aludida, aunque no se diga”.

Sentiría que empezaríamos a salir desde detrás de la rejilla de la sinagoga de los tiempos de Jesús que separaba las mujeres de los hombres, y que hoy persiste de manera invisible en tan distintas maneras en nuestra Iglesia. Sentiría que estamos dando pasos en la dirección de lo que el Papa Francisco acaba de indicar en Colombia: “las mujeres no pueden ser siervas de nuestro clericalismo” (discurso ante la CELAM, Colombia, 2017). Empecemos por cómo rezamos y nos expresamos.

Alemana, vive en Chile y es miembro de la CVX adultos. Cientista Político por la universidad Johannes Gutenberg, de Mainz, Alemania, y Doctora en Derecho por la universidad de Essex, Reino Unido. Académica, especialista en derecho internacional y derechos humanos.

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