Esfera pública vs. esfera privada

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En varias ocasiones escuchamos a políticos u otros personajes públicos hacer mención a dos tipos de “esferas”: la pública y la privada. Pareciera que se asume un conocimiento tácito acerca del significado de estas expresiones. Pero, ¿sabemos realmente a qué nos referimos cuando hacemos alusión a estos conceptos?, y, más importante aún, ¿tenemos alguna posición clara con respecto a lo que debería formar parte de cada ámbito, de lo público y de lo privado?

Considerando lo que hoy muchos han definido como un fenómeno de participación ciudadana -que se ha expresado en las diversas manifestaciones sociales-, resulta muy atingente profundizar la reflexión sobre lo que cada uno considera como la principal preocupación de estas esferas. Teniendo una idea clara respecto de lo que el ámbito público debiese abordar -y sobre lo que tendría que formar parte de lo privado-, podremos leer más claramente el presente, intentar dilucidar cómo se ha transformado el modo de separar ambos espacios y de qué manera este fenómeno tiene consecuencias en la forma como hoy concebimos el rol del Estado y el de cada ciudadano.

La separación entre la esfera pública y la privada tiene sus orígenes en la antigua Grecia, y más tarde se cristalizaría y cambiaría en la organización romana. La esfera pública estaba reservada a unos pocos, pues era considerado el espacio en que los hombres podían desarrollarse plenamente y, por ello, digna sólo para algunos (hombres y de origen noble). Tanto valor tenía lo público, que quienes formaban parte de esta esfera debían estar libres de las preocupaciones cotidianas. Eran los esclavos quienes estaban encargados de resolver lo doméstico, para permitir que los nobles pudiesen concentrar sus preocupaciones en la esfera de lo común.

Muchos siglos más tarde, con la aparición del liberalismo -a lo que se suma el surgimiento de totalitarismos y autoritarismos-, se transita hacia una sobrevaloración de lo privado. Esto se da, principalmente, porque para el liberalismo lo central es defender la libertad individual, lo que es sinónimo de limitar la acción del Estado, así como la participación de los ciudadanos en temas públicos, entendiendo que los asuntos verdaderamente relevantes serían privados y, por lo mismo, concernientes a esa esfera. Por su parte, en el desarrollo de los totalitarismos cuya ideología (no siempre explícita, pero sí presente) es el liberalismo, se deforma la sobrevaloración del ámbito privado, al punto de utilizarlo con el propósito de disminuir la crítica, relegando a cada quien a esa esfera, primero forzosamente y por último por convencimiento.

Mantener a las personas sujetas a su mundo privado, limitadas a los asuntos domésticos, es en primera instancia un modo de reducir la oposición; pero debe tenerse en cuenta que hay una ideología detrás, que, sin darnos cuenta, con el tiempo se hace propia, especialmente cuando observamos que parece tener buenos resultados: “pareciera” producir estabilidad, evitar confrontaciones y aplicada en lo económico, ser lógica.

Así, lo doméstico termina configurándose como el espacio en que cada persona puede desarrollarse realmente, el ámbito privilegiado para formarse más plenamente, y por lo tanto, se hace “responsabilidad” de esa esfera el formar personas integrales y plenas. Los deberes del gobierno terminan limitándose a un mínimo que permita regular y ordenar el espacio compartido.

Todo lo anterior sólo es relevante si comprendemos que la identidad política y social de cada persona se forja directamente como consecuencia de esas experiencias, de lo que se transmite en la propia familia, de lo que cada individuo percibe con respecto a la institucionalidad pública, y, en este sentido, adquiere particular relevancia lo que se recibe a través de los medios de comunicación. El resultado de estos factores se cristaliza entonces en un modo específico de comprender mi rol como ciudadano y el papel de las instituciones públicas como garantes, facilitadores o meros reguladores del orden, según sea el caso; el que finalmente se traspasa de generación en generación.

Chile, como muchos otros países de América Latina, también ha transitado hacia la sobrevaloración de lo privado, y sus habitantes tienen una concepción mayoritariamente incuestionada con respecto a que “lo público” es labor que corresponde a personas especialmente capacitadas para ello. Esto es resultado evidente de su experiencia dictatorial, como expliqué anteriormente. Es comúnmente aceptado en nuestro país que el marginarse de la esfera pública no traiga consigo remordimientos de consciencia ni mayores problemas en quienes dan un paso al costado, pues se concibe que esto no forma parte de las responsabilidades personales. Como consecuencia, hasta hace poco tiempo atrás nos enfrentamos a años completos de apatía política; y no sólo de los jóvenes, sino que a un total desinterés y desideologización incluso de los propios “encargados” de lo público: los partidos políticos. El resultado: una esfera pública completamente vaciada de contenido.

Considerando lo anterior, ante las manifestaciones de hoy parecieran existir dos interpretaciones posibles:

Podemos considerar que son resultado del hastío, de la suma desconfianza en las instituciones a quienes les encargamos el peso de lidiar a solas con lo público, y frente a lo cual parecieran no haber hecho un muy buen trabajo. Lo anterior, por tanto, habría conducido a la intención individual de hacerse cargo, finalmente, de defender lo propio, o sea, manteniendo la idea de que la esfera pública es el espacio en que definimos mínimos para propiciar el disfrute en lo privado.

O bien, podemos atribuirlo a un nuevo tránsito hacia la revaloración de la esfera pública, a una nueva concepción del rol ciudadano, con el deseo de llenar otra vez de sentido el espacio compartido.

Con la fe puesta en que los hechos de hoy se deban a esta última explicación, sólo resta ser conscientes de que es en esa fe donde descansa el futuro que podemos construir. Sin embargo, al menos existe una certeza: cualquiera sea la interpretación correcta, nos dirigimos hacia un escenario de cuestionamiento, de búsqueda e intento por transformar lo público en relevante.

* María Pía es cientista político de la Universidad Diego Portales y participa de CVX, donde es encargada del cuerpo de guías.

Chilena. Cientista Político UDP, Magíster en Pensamiento Contemporáneo y Filosofía Política UDP, Magíster en Teoría Política de la Universidad de Sheffield (Inglaterra) y candidata a Dra. en Filosofía de la Universidad de Glasgow (Escocia).

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