Evangelio secuestrado

Hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando al cielo? Hechos 1:11

El católico contemporáneo está obsesionado con el más allá. Igual que los hombres de Galilea, se queda mirando al cielo. El eje de su religiosidad pasó de la vida actual al nebuloso e incorpóreo paraíso celestial. Y ahí quedó. El hombre moderno dispone de la ciencia y la razón, pero en su aspecto espiritual, opta por especular sobre un lugar etéreo, misterioso e inefable que sólo puede conocer después de muerto. Su religión es alienante. Pone insuperables distancias entre las personas y su mundo real. Dificulta la compasión, la solidaridad y el amor fraterno, porque son cosas que acontecen en este planeta presente y concreto.

En el fondo, la pieza imprescindible en la religión del cielo no es la recompensa celestial para los que obedecen todos los mandamientos con estricto rigor, sino el fuego eterno para los que no. El dios de la religión alienada es un monstruo iracundo que se muere de ganas de arrojar toda la humanidad al infierno. Su justicia es justiciera y su violencia, ilimitada. Se le puede aplacar la ira, al menos temporalmente, si se logra acertar con la fórmula exacta. No hay que equivocarse con el protocolo. Para eso, la iglesia, tiene padre. Se supone que Él sabe de eso.

Se dice que una cosa es alienante cuando induce a las personas a ignorar su propio entorno, su propio hermano que sufre aquí en la tierra, y dedicar toda su energía vital a afanes inútiles. La droga es alienante. El espectáculo es alienante. Los juegos electrónicos son alienantes. En el caso de la religión del más allá, los seducidos son capaces de pasar sus días suplicando misericordia en la hora de nuestra muerte, amén. Es una religión egoísta. No se reza por los presos, los hambrientos, los refugiados, los cesantes, las víctimas de la guerra y el tráfico humano. No se hace nada para ayudarlos, tampoco. Se reza sólo por sí mismo, y por parientes cercanos, en el caso de que estén ya muertos.

Hombres de Galilea, ¿qué hacen mirando al cielo? Cristo sube a las alturas, y el pueblo cuenta con un poderoso intercesor a la derecha del Padre. Fuimos enviados a todo el mundo, para proclamar la Buena Noticia a toda la creación. El cielo llegará en su momento, Dios mediante, pero el Reino es nuestra tarea actual.

Jesús nunca habló de esa religión. Es un invento, una proyección de los peores miedos y pesadillas. El evangelio reprocha ese tipo de devoción. La parábola del samaritano, por ejemplo, es una llamada de atención a los sacerdotes y levitas que ignoran su mundo real porque tienen que atender los asuntos del templo. La prioridad, para Jesús, es la pronta llegada del Reino de Dios a esta tierra. Proclama un mundo nuevo donde el hambriento tiene para comer, el enfermo es tratado con dignidad, el encarcelado encuentra compasión. En el Reino que ha de llegar, el humillado tiene un lugar en la mesa. No se trata de una prueba teórica para controlar la entrada al cielo. Es un proyecto real, y hemos sido invitados a participar.

La tragedia de nuestros tiempos es que el evangelio ha sido secuestrado, silenciado y maniatado. Ha sido esclavizado en el servicio de las alienantes preocupaciones metafísicas.  Así, la Buena Noticia no da fruto de fraternidad, ni de justicia, ni de paz.

Muchos pastores tienen miedo a enderezar el error del rebaño. Temen que, si dicen que Cristo llama a un compromiso serio con el amor compasivo en este mundo, la Iglesia va a perder adeptos. La historia demuestra lo contrario. La fe errada del más allá constituye un peligro mucho más grande para la integridad de la Iglesia. Además, es mentira.

El detonante de la Reforma Protestante y consecuente separación de un tercio de la Iglesia en 1517, fue precisamente eso. La misa se entendía como un rito expiatorio para sacar almas socialmente privilegiadas del purgatorio. Se suponía que la misericordia divina no era eterna, sino limitada. Se entregaba solamente a quienes tenían recursos para encomendar misas. Era una religión para ricos. Según la lógica absurda del momento, muerto pobre podía quedar eternamente en lista de espera. Olvídate de la compasión; esto es un negocio, señores.

El gratuito y misericordioso perdón universal de los pecados que profesa todo cristiano se reconstituyó como perdón incompleto, con sentencia obligatoria de no sé cuantos siglos de reeducación ideológica, desde la cual, las almas (con dinero) podrían quedar liberadas mediante las indulgencias. Que se vendían. Era secuestro con rescate y sumamente rentable en su momento. Lutero consideraba una estafa y un engaño. Sobre eso, tenía razón.

Escuché un obispo anglicano en la televisión, criticar la “teoría de la gracia barata”. Decía que para alcanzar la misericordia, había que pagar el precio. Los católicos de estricta observancia afirman lo mismo. Pero no es la enseñanza de los apóstoles. La gracia no es gracia si no es gratuita. Si cada uno tiene que pagar su propia justificación, Cristo murió en vano. Si hay que ganarse el cielo, Jesús perdió su tiempo aquí con nosotros.

Después que Lutero se llevó a los suyos, la Iglesia llamó al Concilio de Trento para corregir sus prácticas erradas y teorías absurdas. Trento permite rezar por la indulgencia, porque nuestro Dios es indulgente. Pero su clemencia no es causada por los rezos de los devotos ni los ritos de la religión. Es aberrante pensar que su amor pueda ser mero negocio. Trento permite encomendar a los difuntos, pero no podemos quedar ahí. El Reino de Dios no es un culto a la muerte. El misterio de nuestra fe es la eucaristía, no el purgatorio.

Me temo que mucho católico actual profesa precisamente los errores que el Concilio de Trento intentó corregir. Sin considerar el evangelio siquiera, se les enseña a los niños que Dios abre el cielo a los buenos y castiga los pecadores. Punto.

Hombres de Galilea, ¿qué hacen mirando al cielo? Cristo sube a las alturas, y el pueblo cuenta con un poderoso intercesor a la derecha del Padre. Fuimos enviados a todo el mundo, para proclamar la Buena Noticia a toda la creación. El cielo llegará en su momento, Dios mediante, pero el Reino es nuestra tarea actual. La salvación, en el mundo de hoy, es urgente.

Jesuita, ha trabajado muchos años en Chile y Brasil, en pastorales diversas. Actualmente está de sabático en Texas, EE.UU., su tierra natal.

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