Extranjeros

descubrimiento

Desembarco de Colón. Pintura de Dióscoro Teófilo.

En su primer libro, 1491, el investigador Charles Mann intentó documentar cómo era el continente americano antes de la llegada de los barcos europeos con sus culturas, ambiciones y enfermedades. El primitivismo de los pueblos originarios es un mito. Aunque los invasores no fueron capaces de reconocerlo en su momento, el mundo indígena era sumamente culto, diverso y sofisticado[1]. En su nuevo libro, 1493, el autor pretende demostrar precisamente cuáles fueron los grandes cambios desencadenados por los conquistadores. Hay que despejar la cabeza de los convencionalismos aprendidos en la clase de historia. Más allá de la reorganización del mapa según los intereses de monarcas europeos, el efecto más profundo del primer contacto intercontinental fue el intercambio biológico. La globalización de la viruela y la malaria; del azúcar, el camote, el maíz y la banana; la globalización  del hombre mismo continúa hasta hoy con creces[2].

Las enfermedades de Europa y Asia devastaron el continente americano. El indígena vivió doce mil años sin ellas, y, por eso, no necesitaba la inmunidad natural que el invasor traía. Su población colapsó, en algunos lugares, llegando a solo diez por ciento de lo que había sido. Muchas etnias desaparecieron por completo. Eso facilitó la conquista de los que quedaron.

En materia de agricultura, el intercambio de plantas para cultivar revolucionó la dieta del mundo entero. El trigo llegó por primera vez a las Américas con Hernán Cortés. La banana y el café llegaron a Brasil procedentes de África. El látex llegó a Malasia procedente de Brasil. El maíz y el tomate llegaron a Italia desde México. La papa llegó de las alturas andinas a Alemania e Irlanda.

Los cultivos americanos se adaptaban a condiciones precarias. La nueva diversidad alimenticia sirvió para amortiguar la hambruna endémica entre los pueblos de Asia y Europa. Por otro lado, la migración de semillas de un lugar a otro tendía a limitar la biodiversidad. La mayoría del trigo cultivado en el medio oeste americano actualmente es descendido de tres granos que un Juan Garrido, esclavo africano de Hernán Cortés, encontró en un saco de arroz[3].

La papa, cultivada en una diversidad muy elaborada entre los pueblos quechua y aimará, llegó a Europa como especie única. El indio la plantaba a partir de la semilla… ochenta especies en constante proceso de hibridización. En Europa, se plantaban cortes de la cosecha anterior, efectivamente clonando la misma planta año tras año. Se llegó a lo que hoy se llama mono-cultura, y, con ella, una increíble vulnerabilidad a pestes[4]. La papa triplicó la población de Irlanda entre los siglos XVII y XVIII.  Irónicamente, una peste de la papa que llegó del Perú causó la muerte de tres millones de irlandeses en 1850 y la emigración de tres millones más[5].

En cuanto a la población humana, el intercambio desencadenado por Colón movió, en el sentido contrario, a mayor diversidad, particularmente en el continente americano. La movilidad humana favoreció el mestizaje de pueblos, culturas y razas. Los españoles tomaban mujeres indígenas. Los africanos, importados como esclavos, en su mayoría de sexo masculino, hacían lo mismo. El proceso se inició con bastante naturalidad, cada raza y cultura enriqueciendo al otro.

Muchos creen que la discriminación racial provenía de la historia antigua.  Al contrario, es un acontecimiento relativamente reciente, un invento del hombre moderno. El miedo al extraño es la semilla de grandes injusticias que no acontecían en la antigüedad.

Ciudad de México fue la primera ciudad cosmopolita. Más grande que cualquier ciudad europea en su tiempo, a cien años de la invasión de Cortés, contaba con una mezcolanza de culturas, razas y lenguas (incluyendo chinés) comparable sólo con las grandes metrópolis del siglo actual[6]. Las palabras mestizomulato y zambo (o cimarrón) para designar las diversas herencias raciales de las personas sobre-simplificaron un panorama mucho más complejo[7]. De por medio, estaba la pregunta por la esclavitud y el predominio económico.

En el siglo XVII, el miedo a las razas mixtas (y a sus supuestas viles intenciones) conllevó a restricciones. El mestizo tenía prohibido poseer armas. El mulato tenía que estar en su casa antes de las ocho de la noche. El zambo no podía ser propietario. Nació el racismo y el apartheid. Junto con la creación de las grandes repúblicas basadas en la igualdad fundamental de todo ser humano, el siglo XVIII fue testigo de la creación de un sistema de castas estrictamente observadas por temor a la igualdad[8]. Muchos creen que la discriminación racial provenía de la historia antigua.  Al contrario, es un acontecimiento relativamente reciente, un invento del hombre moderno. El miedo al extraño es la semilla de grandes injusticias que no acontecían en la antigüedad.

Hoy, la globalización económica está provocando una movilidad humana que no es nueva, pero sin precedente en cuanto a su escala. La mano de obra para el mercado mundial no está en el mismo lugar del trabajo que se debe realizar. Eso significa que muchos deben vivir (muchas veces, sin permiso) en un lugares donde son considerados extranjeros; donde son temidos por la sospecha de sus malas intenciones, envidiados por su proeza laboral o criminalizados por pertenecer a una cultura, religión o grupo étnico. La comunidad mundial se jacta de haber superado el racismo, pero lo cambió por la xenofobia.  El chivo expiatorio de hoy, heredero de los mestizos y mulatos, es el extranjero.  La xenofobia es incompatible con la tradición bíblica, y es especialmente inconciliable con el cristianismo.

Para el cristiano, toda tierra es patria, y toda patria, tierra extraña[9]. El mundo y todos sus habitantes pertenecen al Creador. Los conquistadores querían unificar el mundo bajo banderas europeas. Se decía que era para cristianizar, pero los intereses económicos prevalecieron. El Reino de Dios no es una configuración política ni económica. Pero sí, es una hermandad universal que no deja a nadie fuera. El bautizado acepta a los hombres y mujeres de todas las razas, lenguas y naciones como sus hermanos y hermanas. Invoca en su oración al Padre universal. Tiene que aprender a sentarse en la mesa con el mestizo, el mulato y el inmigrante a compartir el pan cotidiano. Yo quisiera que, en esa mesa, nadie se sienta extranjero. Que sea la mesa de todos. Que cada uno encuentre su lugar.

 


[1] Charles Mann, 1491, New Revelations of the Americas before Columbus. (NY, Knopf, 2005)  A veces, fueron reducidos a una vida primitiva, escasa y sufrida por los efectos de la invasión.

[2] Charles Mann, 1493, Uncovering the New World Columbus Created. (NY, Knopf, 2011)  Desde ratones, lombrices y mosquitos; hasta eucaliptos, caballos y ganado mayor; todo el intercambio comenzó en 1492.

[3] Ibid., p. 285.

[4] Por eso, hoy, la agroindustria depende de pesticidas.

[5] Ibid., p. 211-231.  La peste probablemente llegó con el guano peruano importado como fertilizante.

[6] 1493, p. 324ss.  Bajo la mirada paciente de la Guadalupana, se deshacía la mitológica torre de Babel.

[7] Ibid., p. 317. Los científicos pretendía “clasificar” las diversas mezclas raciales y atribuir características definitivas a cada una. Un francés intentó clasificar la población de Haití en 128 grupos raciales distinguibles.

[8] Ibid., p. 307-320.  Las colonias criollas intentaron adoptar la costumbre de la nobleza europea, casándose entre parientes para consolidar el dinero y el poder.  Hasta hoy, se dice que todos los ricos son parientes.

[9] Anon., Carta a Diogneto, V, 5.

Jesuita, ha trabajado muchos años en Chile y Brasil, en pastorales diversas. Actualmente está de sabático en Texas, EE.UU., su tierra natal.

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