Fe y Ciencias Sociales

Creo que bastantes personas -sociólogos incluidos-, comparten la impresión de que estudiar sociología y volverse ateo es un proceso natural, casi orgánico. Recuerdo vívidamente la reacción de algunos conocidos de mi familia, cuando se enteraron de mi decisión de entrar a la carrera hace años atrás. «Ojalá no pierda su fe», advirtieron a mis papás.

¿Por qué la inmersión en el mundo de las ciencias sociales pondría en riesgo la creencia religiosa? ¿Son verdaderamente incompatibles el relativismo de las ciencias sociales y la universalidad del cristianismo?

En realidad, más allá de la caricatura, esta advertencia resultó tener algo de cierto: durante mis estudios, efectivamente algunos compañeros experimentaron la pérdida de fe advertida. ¿Por qué la inmersión en el mundo de las ciencias sociales pondría en riesgo la creencia religiosa? La disposición poco amistosa del materialismo hacia la religión se ha vuelto a mi juicio una explicación insuficiente, en circunstancias en que hoy día esta corriente convive con muchas otras formas de pensamiento al interior de las ciencias sociales. Las propias transformaciones internas que las corrientes materialistas han experimentado, hacen que plantear una relación simple entre ateísmo y materialismo resulte poco convincente en el panorama actual de las ciencias sociales.

En mi experiencia personal, la pérdida de la fe entre mis compañeros de sociología, en este sentido, no ocurrió fundamentalmente por la “vía materialista”, sino más bien por lo que yo llamaría la “vía relativista”. De esto quisiera reflexionar en esta columna: sobre cómo la sensación de incompatibilidad entre el relativismo de las ciencias sociales y la universalidad del cristianismo desembocaría en ocasiones en pérdida de fe. Desde mi punto de vista, en algunos casos parte de esta incompatibilidad se debe a una falta de comprensión sobre el rol de la cultura en la recepción del mensaje cristiano, que es visto como objetivo y descontextualizado. En estos casos, creo que la incompatibilidad resulta de una imagen equivocada de lo que hay en juego cuando hablamos de universalidad cristiana, y no a una verdadera contradicción en las propias creencias con el relativismo de las ciencias sociales.

El relativismo designa la idea de que nuestros puntos de vista son relativos a nuestro lugar en la sociedad: todas las personas pertenecemos a una determinada familia, a un determinado pensamiento político, a una determinada clase social, a una determinada época y circunstancia histórica. Esto influye sobre la manera en que vemos el mundo. A su vez, estas maneras de ver siempre representan tan solo “un color en el espectro”, pero nunca “el espectro completo”: ninguna perspectiva agota todos los puntos de vista posibles. De esta manera, a partir de la idea del carácter situado de nuestra existencia, las ciencias sociales observan la relatividad de las concepciones humanas y muestran cómo estas dependen de las condiciones socio-históricas que rodean nuestra vida. En esta visión relativista, nadie está por sobre el tiempo histórico, ni hay observación que pueda escindirse de su contexto: las cosas son siempre relativas a la realidad social de la persona.

Por su parte, la idea de lo universal refiere a aquello cuya validez trasciende lo particular. Aplicado a la perspectiva cristiana, el universalismo de la fe dice relación con todo aquello de la fe cuya validez va más allá de determinados contextos particulares (económicos, culturales, políticos, etc.). Desde esta visión se entiende la concepción cristiana según la cual la palabra de Dios trasciende las épocas y se considera válida para toda la humanidad, más allá de cualquier distinción (étnica, de clase, etc.). Pero la universalidad implica algo más. Decir que la revelación trasciende su expresión histórica, significa al mismo tiempo conceder a “lo revelado” un estatus diferente: lo revelado existe por sobre sus circunstancias o con cierta independencia de ellas, teniendo en ese sentido un carácter “absoluto”, en tanto que su existencia no es relativa ni depende de otra cosa.

A partir de lo anterior, universalismo y relativismo entran en conflicto, pues no sería posible sostener que toda experiencia humana es relativa y, al mismo tiempo, afirmar la validez universal de la fe cristiana (que aparecería como una experiencia ya no relativa). De esta manera, desde el relativismo de las ciencias sociales, considerar algo como universalmente válido es problemático: ello genera una sensación de incompatibilidad que se experimenta como una encrucijada de “todo o nada”, en ocasiones derivando en una elección excluyente: si acepto la perspectiva relativista de las ciencias sociales no puedo creer en la universalidad del cristianismo y viceversa.

En mi opinión, una visión objetivista y descontextualizada de la universalidad del cristianismo y una falta de comprensión sobre el rol de la cultura en la recepción de la fe, ha favorecido esta sensación de incompatibilidad. En realidad, cuando decimos que el mensaje cristiano trasciende las épocas, esto no significa que éste no se deje tocar por las particularidades de la historia, sino justo al revés: el mensaje cristiano trasciende porque habla a todas las épocas y lo hace justamente desde el interior de la cultura. En ese sentido, el mensaje cristiano requiere de la mediación de la cultura -siempre relativa- para llegar al ser humano. Por eso hay que tomarse con cuidado la idea de que la revelación trasciende su expresión histórica: aunque lo revelado sea inmutable en su validez, nuestra comprensión de lo revelado está siempre mediada por las categorías relativas o parciales de nuestro tiempo y lugar. De esta manera, cada cultura puede reconocerse a sí misma  en la verdad cristiana. Esa verdad, sin perder nunca su esencia, se expresa de manera distinta en diferentes contextos. En ello radica la universalidad del mensaje cristiano: es para todos y todos pueden acogerlo desde su realidad.

El Papa Francisco lo explica así (mucho mejor que yo): La noción de cultura es una valiosa herramienta para entender las diversas expresiones de la vida cristiana que se dan en el Pueblo de Dios (…) Cada pueblo, en su devenir histórico, desarrolla su propia cultura con legítima autonomía (…) De modo que, como podemos ver en la historia de la Iglesia, el cristianismo no tiene un único modo cultural (…) Bien entendida, la diversidad cultural no amenaza la unidad de la Iglesia (…) No haría justicia a la lógica de la encarnación pensar en un cristianismo monocultural y monocorde (…) En la evangelización de nuevas culturas no es indispensable imponer una determinada forma cultural junto con la propuesta del Evangelio (…) El mensaje que anunciamos siempre tiene algún ropaje cultural y (…) a veces en la Iglesia caemos en la vanidosa sacralización de la propia cultura, con lo cual podemos mostrar más fanatismo que auténtico fervor evangelizador (EG, 115, 117).

Creo que este déficit en nuestra comprensión de la universalidad del cristianismo en relación a la noción de cultura, jugaría un rol importante en la experiencia de incompatibilidad entre fe y ciencias sociales, así como la consecuente pérdida de fe advertida al comienzo. Al mismo tiempo, el relativismo de las ciencias a veces es utilizado como herramienta contra la fe. En realidad, la reflexión de las ciencias sociales sobre la parcialidad de nuestra experiencia ha ayudado mucho a la propia Iglesia -como reflejan las palabras del Papa- a comprender que las verdades de fe no están exentas de historicidad. En la medida en que la experiencia de fe está dentro de la experiencia humana, la fe no puede sino formularse a partir de las mediaciones socio-históricas a través de las cuales nuestra conciencia se vincula al mundo. Ello implica tomarse en serio la idea de que la revelación ocurre en la historia: entre otras cosas, esto significa que en su recepción, la revelación nunca podrá dejar de estar sujeta a disputas teológicas, espirituales y políticas en la búsqueda de su auténtico significado; significado que ningún “juez” o “autoridad” podrá nunca zanjar de una vez y para siempre. Esta circunstancia lejos de anular la fe, la mantiene abierta la constante revelación de Dios en el mundo.

En la práctica, en ocasiones la propia iglesia jerárquica ha sido responsable por la difusión de una imagen objetivista y descontextualizado de la universalidad de la fe, al presentar su propia autoridad como una palabra infalible y a la vida cristiana como si fuera un reglamento. Afortunadamente hemos ido aprendiendo de la reflexión cultural de las ciencias sociales, entendiéndola como un aporte a la comprensión de la fe (en lugar de una amenaza). Finalmente, creo que los cristianos que nos hemos sumergido en las ciencias sociales, estamos al debe en descubrir y recordar la complejidad cultural de la universalidad cristiana desde nuestra propias disciplinas. De esta manera, podremos examinar falsas incompatibilidades y no renunciar ni a nuestra identidad de cientistas sociales ni a nuestra fe.

 


Referencias

Papa Francisco, (2014). Evangelii Gaudium – La alegría del Evangelio.

 

Chileno, miembro de CVX Jóvenes Santiago. Magíster en Sociología UC y profesor del Colegio San Ignacio el Bosque.

Sus columnas en TAbierto

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