¡Feliz de ti por haber creído! Comentario al Evangelio del cuarto domingo de Adviento

La revista National Geographic puso este mes en su portada a María y la llamó la “mujer más poderosa del mundo”. Según la revista, María es la figura femenina más exaltada a nivel mundial. Cada año, atrae a miles de peregrinos a sus santuarios en todos los rincones de la tierra. Los artistas más virtuosos han esculpido su cuerpo y pintado su rostro. La devoción a la madre de Jesús llega incluso hasta el mundo musulmán: ella es mencionada en el Corán más veces que en la Biblia como la mujer más sagrada.[1]

El lugar central de María en el catolicismo, sobre todo en el latinoamericano, es innegable. La devoción mariana ha estado al centro de diversos debates sobre nuestra cultura e identidad como continente. Y si bien la adhesión y la confianza en la Iglesia han bajado fuertemente en el último tiempo, los grandes santuarios y fiestas marianas mantienen su popularidad.

María ha representado por siglos el rostro femenino de Dios. La maternidad, el amor compasivo sin límites y el poder que sostiene, sanador y liberador, son cualidades divinas que han migrado a la figura de la Madre de Jesús.

María ha representado por siglos el rostro femenino de Dios. La maternidad, el amor compasivo sin límites y el poder que sostiene, sanador y liberador, son cualidades divinas que han migrado a la figura de la Madre de Jesús. En una cultura y religión marcada por el poder patriarcal, estos atributos divinos eran difíciles de asignar a Dios, que por mucho tiempo ha sido retratado como un monarca todopoderoso, omnipotente y distante. En este esquema, María, más sensible y misericordiosa, intercedía por nosotros para obtener favores del Dios-Padre omnipotente. Ella se convertía en una mujer idealizada, casi divina, maternal, servicial y sensible. El problema es que esta visión distorsiona tanto el rostro de Dios como el de María.

El Dios de Jesús no es el Dios patriarcal todo poderoso, sino el Dios Padre que se conmueve en sus entrañas, que ama con pasión a los más pequeños y perdidos, que es cercano a sus hijos e hijas. Es un Dios del cual también se puede hablar en femenino: es la mujer que pone la levadura en la masa y que busca la moneda perdida. Es el Dios Abba a quien nos podemos dirigir directamente y sin mediadores. Y María no es esa mujer divinizada, coronada como una Reina en nuestros altares, maternal e idealizada. Es la mujer pobre de Nazaret, que creyó en las promesas de Dios para su pueblo.

Como afirma Elisabeth Johnson, teóloga feminista norteamericana, María no es ni el rostro femenino de Dios, ni la mujer ideal. Ella es verdaderamente nuestra hermana . Nuestra compañera en el camino de la fe, que aceptó el llamado a ser la madre del Mesías, que mantuvo viva la esperanza de su pueblo de que Dios irrumpiría en el mundo para liberarlo, que se mantuvo fiel y cercana a su hijo hasta el momento la muerte.[2]

Más que creer en María y en su poder, el Evangelio de este domingo nos invita a creer como María, confiando en que todo lo anunciado por el Señor se cumplirá.

Estamos invitados a alegrarnos, porque el mismo Dios viene hasta nosotros y nos llama a colaborar con Él, contando con nuestra pequeñez. Creer en las promesas de Dios seguramente no nos convertirá en hombres o mujeres veneradas y poderosas, pero sí, como a María, nos hará vivir felices y benditos.

[1] http://www.ngenespanol.com/el-mundo/culturas/15/12/8/la-mujer-mas-poderosa-virgen-maria-guadalupe-creencias-religion/
[2] Elisabeth A. Johnson (2015): “Truly our sister, a critical reading of the Marian Tradition” en el libro de la misma autora: Abounding in kindness, writings for the people of God, Orbis Books, New York, cap.22.

Chilena. Historiadora y profesora UC. Magíster en Historia por la UAH y estudiante de Teología en el Boston College, EE.UU.

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