Hablar de la crisis

Hace varias semanas que he estado preguntándome, ¿qué decir de la crisis de la Iglesia chilena? Estaba entrampado entre las ganas de callar -por sentir que está todo dicho-, y la sensación de que la gente espera que los religiosos hablemos de lo que pasa en nuestra Iglesia. Sentía que las palabras sobraban, que no tenía nada nuevo que aportar a un tema que se ha discutido en todos los tonos. Me preguntaba, ¿qué decir?, ¿para qué decir algo?

Tras días pensando y debatiéndome entre mis tendencias o a callar o a tratar de decir algo brillante sobre lo que estamos viviendo, me di cuenta de la trampa. Es la misma dinámica que ha enfermado a nuestra Iglesia. Es la inclinación a callar todo aquello que no se puede decir con finura o de manera claramente explicativa. Es la fantasía autocreada de que si hablamos, debe ser con altura moral, casi sin imperfecciones, desde arriba del púlpito, con inusitada claridad. Es la trampa del ego que esconde una interioridad dañada y frágil.

Por eso entendí que simplemente hay que hablar… todos deberíamos hablar y sacar lo que sentimos y pensamos. Casi como si fuera un ejercicio psicoanalítico. Hay que hablar sin buscar ser explicativo, ni siquiera “profético” (o la caricatura de ello, con denuncias duras y culpables definidos, con el horizonte claro y la solución en la mano), sino que hablar con sinceridad. Hay que ponerle nombre a la crisis.

Hay que decir que esto nos ha golpeado a todos. Que tanto laicos como religiosos hemos visto herida nuestra confianza en la jerarquía eclesial, que hemos resentido la caída pública de la confianza en el rol del sacerdote de nuestra comunidad cristiana. Que hemos aprendido que los abusos sexuales son solo el resultado de una forma de proceder donde el poder se ejerce, muchas veces, de forma insana y violenta; una forma que, finalmente, solo alimenta el ego y daña la vida de las personas que buscan, en el mensaje de Jesús, su sanación.

No tenemos todas las respuestas. Aunque intentemos explicarnos cómo llegamos a esto, se nos escapan una serie de cuestiones que no podemos retener hoy. Sería pretencioso decir que tenemos un diagnóstico total, eso significaría decir que tenemos la receta para la solución; pero estamos lejos de eso. Estamos lejos de tener la situación actual bajo control. Pensar así ha sido lo que nos ha enfermado, lo que no nos ha permitido cambiar, transformar nuestros modos, enmendar nuestras culpas, reparar nuestros errores. No tenemos nada bajo control, y eso asusta… qué duda cabe.

Hay que hablar de la crisis; no podemos callar invocando prudencia. Pero también hay que decir que nuestra esperanza no ha muerto, que es incorruptible. Que la gran crisis ya pasó: Jesús murió clavado en la cruz que los mismos hijos de Dios forjamos a punta de injusticias y violencia. Y nuestra esperanza no es vacía. Creemos porque estamos dispuestos a luchar por una Iglesia horizontal e inclusiva, como ya es en muchos lados y por la que muchos han trabajado toda su vida.

Tenemos rabia, claro. Cómo no tener rabia cuando nos experimentamos impotentes para comprender y solucionar nuestras crisis. Nos duele y enoja ver a tantas víctimas olvidadas, tanto abuso de poder, tanta indolencia, tan poca capacidad para terminar con las malas prácticas, con las figuras distorsionadas de la fe. Da rabia que no podamos transformar la imagen del sacerdote en una función de servicio y en un testimonio cristiano amable y cercano. Da rabia que la figura del laico se siga describiendo como lo que “no es”, es decir, “que el laico es quien nos es cura ni monja”. Eso da también pena, porque significa que nos cuesta entender que los abusos de poder y sexuales son una consecuencia de una estructura y cultura eclesial que no solo deja afuera a las mujeres o a la comunidad LGBT (situación real y repudiada por muchos, incluso por el Papa) sino que deja fuera al mismo pueblo de Dios, a tantos fieles que se ven minimizados por el clericalismo, el machismo e, incluso, el clasismo, tan común en nuestras filas.

Sabemos, y nos da miedo aceptarlo, que no basta con un cambio de nombres en el episcopado, que la cuestión es mucho más grave. Que se trata de una transformación profunda en cómo hacemos Iglesia. Se trata de cambiar desde el lenguaje hasta las estructuras de gobierno. Que esto implica entender un mundo que nos queda grande, y que no podemos controlar, porque nuestra institución hace rato que dejó de dirigir los criterios de lo bueno-malo, lo debido-indebido, lo agradable-nocivo, etc. Y eso nos desarma.

Tenemos el deber de actuar al nivel de los estándares que la sociedad hoy le exige a cualquier institución, y más. La transparencia, la verdad, la audacia para enfrentar el conflicto y los errores propios, hoy no nos pueden faltar. Ayudar a que las víctimas denuncien, dar garantías reales en el proceso canónico, ajustar el proceso de cumplimiento de la pena y acudir decididamente ante la justicia civil, para que nuestras responsabilidades penales y económicas puedan ser exigidas por los tribunales de justicia.

Pero, por sobre todo, sabemos que esto nos tiene a todos en la esquina, tratando de recomponernos del derechazo directo a la mandíbula. Intentando recuperar piernas para poder seguir dando la pelea. Una pelea que nos tiene tratando de poder respirar, suturando el corte propiciado por un golpe directo y devastador, dudando de si podremos volver al ring y terminar.

Estamos golpeados; también lo está nuestra confianza. En algunos tambalea la fe, en otros, gana la indignación y las ganas de no mirar atrás. Crisis de la institución eclesial, dicen algunos. Crisis de fe, se animan a decir otros. La verdad es que supongo que las dos cosas son ciertas. Si a ratos nos cuesta creer que Jesús está con nosotros toda vez que creemos que esto se soluciona solo por nuestras manos.

Hay que hablar de la crisis; no podemos callar invocando prudencia. Pero también hay que decir que nuestra esperanza no ha muerto, que es incorruptible. Que la gran crisis ya pasó: Jesús murió clavado en la cruz que los mismos hijos de Dios forjamos a punta de injusticias y violencia. Y nuestra esperanza no es vacía. Creemos porque estamos dispuestos a luchar por una Iglesia horizontal e inclusiva, como ya es en muchos lados y por la que muchos han trabajado toda su vida.

La invitación de Dios es a comenzar desde abajo. Debemos replantearnos la forma de ejercer el poder, acabar con el clericalismo (para eso necesitamos más acción de los fieles laicos) avanzar en transparencia y verdad. Hay que denunciar, pero para eso hay que creerle a los denunciantes. Debemos hablar del tema en nuestras comunidades. Cuestionar nuestra forma de concebir la Iglesia, el poder y la autoridad en ella. Replantear nuestros modos, ésos que hacen que aún la mujer quede fuera, los curas estén por sobre el resto y el secreto y la reserva por sobre la transparencia y la verdad.

Jesuita chileno. Actualmente trabaja en el colegio San Ignacio de Concepción.

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