Hablemos sobre el aborto

abortoEl 21 de mayo pasado, la presidenta Michelle Bachelet se refirió a la despenalización del aborto terapéutico y declaró: “Chile debe enfrentar, en una discusión madura, informada y propositiva, esta realidad”. Hace unas semanas nos enteramos del aborto de una niña de 17 años que la tiene hoy en coma. Más allá de la manera en que se fueron dando los hechos —la acusación por parte del doctor y la desafortunada publicación de su dirección— hay un hecho de fondo que es gravísimo: Casos como éste ocurren a diario en nuestro país.

Mujeres mueren todos los días a causa de abortos realizados en forma ilegal e, incluso, por abortos auto provocados. Esta noticia vuelve a poner sobre la mesa la realidad de tantas mujeres cuyos llantos y sufrimientos son mudos. Ya es hora de que nos pongamos a conversar sobre el tema y busquemos soluciones. Hay mucha soledad y desinformación que está siendo irreversible en la vida de mujeres, adolescentes, niñas y familias enteras. Son verdaderos dramas los que se están viviendo a puertas cerradas y poco se puede hacer, porque es poco lo que sabemos. Abortar es ilegal y la Iglesia lo castiga y lo condena tajantemente, pero esto no quiere decir que no podamos hablar ni discutir. El tema no está resuelto, y hacerlo ilegal no es ni ha sido la solución de fondo.

Hablemos sobre el aborto entre nosotros. No tengamos miedo a cuestionar y proponer. Hay mucho que se puede hacer para evitar que sigan ocurriendo tragedias. Negarlo, castigarlo y demonizarlo, no ayuda. El aborto es una realidad, nos guste o no.

Como miembros de la Iglesia católica también tenemos que crecer en este debate. Si somos una comunidad preocupada del que sufre y del oprimido, y si queremos hacer vivo el evangelio, eso también va a tener implicancias en nuestra actitud y postura frente a la situación de mujeres con embarazos no deseados, por ejemplo. Pensemos en todas las posibles razones que pueden llevar a una mujer a querer terminar con su embarazo. Dejemos de condenar a aquellas madres y más bien pongámonos en el lugar de ellas. En vez de taparnos los ojos frente a esta atrocidad, abrámoslos bien, porque seguramente hay mucho que no estamos viendo.

No tengamos miedo a cuestionar y proponer. Hay mucho que se puede hacer para evitar que sigan ocurriendo tragedias. Negarlo, castigarlo y demonizarlo, no ayuda. El aborto es una realidad, nos guste o no.

Aborto es la interrupción de un embarazo. Puede ser espontáneo, es decir, provocado por causas naturales, como un defecto de nacimiento. También puede ser inducido, al dar término al embarazo intencionalmente a través de drogas o cirugía. Por su parte, el aborto terapéutico es provocado por razones médicas para preservar la vida y la salud de la madre o por la inviabilidad del feto. Estos últimos han sido foco de discusiones y luchas tanto ideológicas como jurídicas por mucho tiempo. En Chile, el aborto inducido y el terapéutico son ilegales.

Según la Organización Mundial de la Salud, la taza de abortos es mayor en Centroamérica y Sudamérica, donde la mayoría de los Estados lo penaliza. Además, la mortalidad materna es significativamente mayor en países donde el aborto es ilegal y afecta, en primer lugar, a las mujeres pobres de nuestro continente. El aborto no es sólo una discusión de ética sexual, sino también de salud y políticas públicas. El aborto tampoco es una cuestión científica que debe ser analizada a través de un microscopio, sino una cuestión humana. El contexto de un aborto está lejos de ser como el perfecto y estable escenario de un laboratorio. Todo lo contrario. Se da en la vida real, en la que hay pocos factores que pueden ser controlados. Vidas de mujeres determinadas por realidades económicas, culturales y religiosas que son desfavorables y muchas veces opresivas.

Frente a esta realidad, son dos los grandes postulados. Una es la postura de la Iglesia,  que dice que el aborto y el aborto terapéutico nunca serán acciones aceptables moralmente puesto que en ninguna situación estará permitido matar directamente a un ser inocente. El niño o la niña que no ha nacido es un ser humano en sentido completo y debe ser considerado como un ser inocente desde el momento de la concepción. Lo que sí acepta la Iglesia -y en efecto se practica- es que indirectamente, no como acción deseada, se termine con la vida del feto para salvar la vida de la madre. Lo que el otro extremo le refuta es que el aborto debería ser aceptado cuando sea que la mujer lo quiera, puesto que el niño o niña que no ha nacido no es un ser humano.

La discusión se ha centrado en el origen de la vida humana y se han presentado diferentes teorías. Que se es un ser humano desde el momento de la concepción, que el feto es una persona en potencia, que hay ciertos rasgos que definen la humanidad como la capacidad de sentir dolor, de razonar y de comunicar. Así, se ha instalado un sinnúmero de discusiones en torno a cuándo se puede determinar científicamente el comienzo de la vida humana, y, frente a la incapacidad de llegar a un acuerdo, el embrión es entendido como un organismo humano vivo que tiene potencial de convertirse en una persona. Por lo tanto, es una vida que debe defenderse con uñas y dientes, a como dé lugar. Pero, ¿qué sentido y qué peso tienen éstas discusiones sobre el inicio de la vida humana si no se toman en cuenta los casos particulares, cuando hay una realidad que es concreta y escandalosa y a la que no se está atendiendo?

Preguntémonos si la manera de disminuir los abortos no será más bien dando el apoyo, contención, y haciéndonos cargo de las mujeres que están en la situación de querer abortar (…) en vez de aferrarnos tan radicalmente a una prohibición.

Por otro lado, nos encontramos con una defensa a los derechos del ser humano —en particular los de la mujer— en tanto que ella puede hacer lo que quiera con su cuerpo. Se entiende toda prohibición como un medio para controlar y subordinar. Así, muchas mujeres han entendido la prohibición del aborto como control, y una defensa de éste como liberación de una jerarquía de género, a tal punto que pareciera ser que para calzar y ser integradas en el mundo laboral y cultural, las mujeres tienen que virilizarse. El mundo es un mundo masculino y las mujeres deben escoger entre su maternidad y sus hijos, o su éxito y futuro laboral. Entonces, el cambio no debiera ocurrir en las instituciones, en acomodar sus estructuras a fin de que las mujeres quepan con toda su naturaleza, sino que son las mujeres quienes deben acomodarse para entrar en ellas. En donde acomodarse significaría, básicamente, negarse.

Al aferrarnos a ideologías sin dar espacio a la reflexión, hay muchos elementos que no estamos integrando. Y es que debemos ir a la realidad y a los casos concretos. ¿Sabemos que hoy se interrumpen embarazos de mujeres con riesgo vital? ¿Sabemos qué está en juego en los casos de embarazos de bebés anencefálicos o trisomías incompatibles con la vida? ¿Qué significa para una madre cargar nueve meses con una vida que morirá al momento de nacer? ¿Les estamos ofreciendo alternativas reales a madres que quieren tener a sus hijos con alguna discapacidad? ¿Cómo nos hacemos responsables del proceso de acompañamiento de mujeres con embarazos no deseados? ¿Cómo educamos sobre salud reproductiva y sobre el impacto que tiene un aborto en una mujer?

La pregunta no solo debe responder si el aborto bueno o no. Eso no está en discusión. Sin duda, es un acto que daña a la mujer tanto física, emocional y psicológicamente; una realidad que no es deseable para nadie. Por lo tanto, no radicalicemos la discusión en dos posturas diametralmente opuestas, sino más bien busquemos aquellos puntos en común, aquel terreno intermedio donde sí hay acuerdos y consensos tácitos. La invitación es a que dialoguemos desde una común preocupación por la justicia y por la protección de personas vulnerables. Más allá de la polémica anti o pro aborto, hay un terreno común que es donde debemos pararnos. Tiene que ver con vivir en un mundo más humano.

Hagamos la distinción entre ley y moral. El que un acto sea legislado no quiere decir que se crea que es bueno, sino que se trata de determinar cómo queremos que nuestras políticas públicas dispongan ese tipo de acciones, cómo se puede reducir el daño. Tampoco es deseable que la Iglesia cambie o modernice su discurso, porque es plenamente esperable y consistente que defienda la vida. Lo importante es que sepamos atender los casos concretos y no presentemos discursos fosilizados y que poco tienen que ver con la vida real.

Las mujeres más afectadas por el aborto no tomarán sus decisiones en base a debates científicos o teológicos. Preguntémonos si la manera de disminuir los abortos no será más bien dando el apoyo, contención, y haciéndonos cargo de las mujeres que están en la situación de querer abortar, de la mortalidad de las mujeres y de su salud reproductiva, en vez de aferrarnos tan radicalmente a una prohibición. Es más fácil prohibir que hacerse responsable.

Chilena, estudió Filosofía en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Cursa un Master en Teología en la Universidad Boston College, USA.

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