Hacia una economía sustentable y fraterna

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No es novedad constatar que la sociedad, a través del capitalismo, está consumiendo los recursos naturales a pasos agigantados y se va confundiendo en una apremiante pérdida de sentido.

Sin ser economista —ni con la intensión de querer serlo— compruebo, cotidianamente, cuánto me perturba el sistema de producción, de intercambio y de distribución de los bienes y servicios. Los recursos son repartidos de manera desigual y los factores de producción como la tierra y el trabajo promueven únicamente la obtención de capital, lo que propicia una organización social fragmentadora, violenta y, por sobretodo, injusta.

No es novedad constatar que la sociedad, a través del capitalismo, está consumiendo los recursos naturales a pasos agigantados y se va confundiendo en una apremiante pérdida de sentido. Los principales afectados siempre son los más pobres y excluidos, los pequeños, los últimos del engranaje social. Me conmuevo de la lucidez del sociólogo polaco Zygmunt Bauman, cuando describe las relaciones modernas como “fluidas e inestables” y cuando afirma que la cultura no es un medio para satisfacer las necesidades, si no que para crear nuevas y, a la vez, garantizar la permanente insatisfacción de las que ya están afinadas. Los problemas públicos se privatizan y los sujetos se internan en comunidades cerradas y excluyentes, escapando del sentimiento generalizado de inseguridad, suscitando el triunfo de la privacidad y desanudando los vínculos de mutua responsabilidad entre el individuo y la comunidad.

Como una promesa novedosa llega la economía solidaria, la que, poniendo en disyuntiva el desarrollo y el consumo, propone un cambio en el modelo productivo. Introduce niveles crecientes y cualitativamente superiores de solidaridad, e interviene en las actividades, organizaciones e instituciones económicas, poniendo el foco en la valorización del ser humano y no en la priorización del capital.

En la frenética fragilidad de los vínculos, erradicar el sistema capitalista es una condición necesaria para la verdadera eliminación de la pobreza, de las desigualdades de género y hacer frente a la deficiente repartición de la riqueza entre los pueblos. Urge impulsar un mercado alternativo que reivindique la producción, el financiamiento, el comercio y el consumo, de manera que sea un medio y no un fin, y que esté al servicio del desarrollo personal y comunitario. Es ineludible orientarnos hacia una propuesta que estructure nuestras organizaciones de manera post-capitalista, donde el centro esté puesto en el consumo responsable y en la lucha arraigada en una vida creativa e igualitaria, libre de explotación, basada en la comunicación y en la colaboración entre grandes y chicos.

Como una promesa novedosa llega la economía solidaria, la que, poniendo en disyuntiva el desarrollo y el consumo, propone un cambio en el modelo productivo. Esta economía introduce niveles crecientes y cualitativamente superiores de solidaridad, e interviene en las actividades, organizaciones e instituciones económicas, poniendo el foco en la valorización del ser humano y no en la priorización del capital. En definitiva, surge como una alternativa viable a la dimensión alienante del modelo capitalista. La economía solidaria busca implementar soluciones colectivas de gestión, que sean democráticas y auto-gestionadas. De esta forma, las decisiones se toman entre todos, sin que importe la función, la antigüedad o la posición administrativa.

En Chile, a fines de los años 90 comenzaron a emerger organizaciones de la sociedad civil impulsadas por el modelo de la economía solidaria, con profundos deseos de relaciones más democráticas y democratizantes, de cooperación, solidaridad y de aceptación de la diversidad, y que, por lo mismo, resultan armónicas con sus entornos. Se caracterizan por promover el comercio justo y la idea de consumidores responsables, quienes toman decisiones de compra de acuerdo a criterios éticos, generando sistemas de ahorro colectivo e incentivando la vida en comunidad y la confianza. Una buena noticia para quienes soñamos con un país más fraterno e igualitario.

Por medio de alianzas entre empresarios, investigadores, innovadores y responsables de elaborar políticas públicas, se crean distintas formas de esfuerzo colectivo para desarrollar, nutrir y mejorar los modelos de producción, confirmando, de esta forma, que la manera que tenemos de consumir define el tipo de sociedad que tenemos.

La economía solidaria, viene a cuidar y respetar la creación. Promueve prácticas más ecológicas, donde se incentiven esfuerzos individuales y colectivos para desarrollar estilos de vida y relaciones más sustentables y amigables con el medio ambiente y con la humanidad. Toma conciencia de nuestra responsabilidad en la sociedad de consumo y de la injusticia que esta conlleva.

El modelo actual está en crisis y una forma de hacernos cargo es buscando nuevas alternativas con humildad y pasión. La economía solidaria hace sentido, aún considerando que quizás hay muchas otras. Sin lugar a dudas habrá que hacer temblar la inercia y el miedo al fracaso. Será necesario perdernos y dudar mil veces, pero no podemos seguir humillando a nuestros hermanos más pobres, destruyendo nuestro planeta ni mercantilizando nuestras relaciones.

Psicóloga de la Universidad Alberto Hurtado. Trabaja en Hogar de Cristo. Vicepresidenta Apostólica de CVX Jovenes Santiago.

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