Homosexuales, familia y “nuevas” formas de amar

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Antes de partir, una breve revisión de los hechos que han marcado el debate sobre la homosexualidad, el matrimonio y la familia. El día sábado 25 de junio se realizó la Marcha por la Igualdad y la Diversidad sexual. Un mes después, la Marcha por la Familia y los Valores.

A comienzos de agosto, el presidente Sebastián Piñera envió al Congreso el proyecto de Ley sobre acuerdo de vida en pareja (AVP), y señaló que “no existe un solo tipo de familia, existen múltiples formas o expresiones de familias”. Al día siguiente, el Cardenal Jorge Medina le envió una carta manifestando sus aprensiones a propósito del proyecto, destacando que “favorecer situaciones que contradicen la ley de Dios es una ofensa a Él y un duro golpe a la debida valoración de la familia”. Recientemente, con motivo de la celebración del Te Deum evangélico, el Obispo Hédito Espinoza condenó toda iniciativa que atente contra la familia y el matrimonio, refiriéndose al divorcio, la píldora del día después, los homosexuales y el AVP.

La discusión pareciera relacionarse con toda realidad – legal, cultural, humana, científica, etc. – que cuestione aquello que tradicionalmente hemos concebido como familia y matrimonio. Independiente de cuál sea el objeto del discurso o la praxis de un determinado sistema normativo, la reacción es la misma cuando se trata de defender la realidad material de conceptos que regulan lo que consideraremos socialmente deseable, ya sea por su tradición o por las garantías sociales que les asignamos.

Resulta sorprendente que una discusión tan importante no nos convoque con la misma energía y convicción con que procedemos frente a otro tipo de situaciones: el matrimonio y la familia tienen que ver con nuestra identidad como católicos, nos interpelan como ciudadanos y nos comprometen ideológicamente con su devenir. Muchas veces son el clero y las autoridades civiles los que autorizan y legitiman las posibilidades de pensar y validar una realidad como aceptable o no, cuestionando, de paso, nuestra posición con respecto a las convicciones que nos fundan y las decisiones que, disfrazadas de una “obediencia” mal entendida, nos impiden ser creativos y cuestionar lo que otros suponen como verdadero.

¿Qué sensibilidades se vulneran cuando son los homosexuales quienes demandan reconocimiento y acceso igualitario a realidades que socialmente les son negadas? ¿Cómo discernir nuestra comprensión de los hechos, las acciones que debiésemos emprender y los valores que habría que proteger? ¿Qué lugar le caben a la familia y el matrimonio en este estado de cosas?

Se suele explicitar que los homosexuales no son capaces de amar y de establecer relaciones amorosas estables. Algunos señalan que existen asociaciones fundadas entre la pedofilia y la homosexualidad, insistiendo en calificarla como trastorno y desviación respecto de lo que sería una sexualidad normal. Otros califican a los actos homosexuales como desordenados, y reducen su expresión a un mero acto penetrativo de carácter genital. Hay quienes interpretan la Biblia y el deseo de Dios como contrario a la definición identitaria de aquéllos/as que sienten como natural sus inclinaciones. Y así, suma y sigue.

Si lo anterior fuese cierto, parecieran ser entendibles las críticas contra el AVP y las pretensiones de matrimonio igualitario que aboga el así llamado “lobby homosexual”. La teoría permite muchas de estas suposiciones, sin embargo, pierde validez cuando la evidencia y el saber demuestran lo contrario, cuando conocemos a la persona homosexual y lo/a juzgamos desde su historia, sus renuncias, sus valores. La orientación sexual homosexual no se opone a la vida, al compromiso y la fidelidad. No representan la acción del demonio, ni tampoco el fin de una época: al contrario, representan una realidad que se encarna en hombres y mujeres que, conscientes de su vocación como Hijos/as de Dios y ciudadanos/as del mundo, han decidido vivir su sexualidad, sus afectos, su humanidad, de manera honesta, libre y auténtica, no como una “cruz” ni como una carga de la cual habría que avergonzarse y sentirse culpable. Distinto sería si usted piensa diferente y quiere creer lo contrario.

Antonio Bascuñán en su intervención ante la Comisión de Constitución del Senado a raíz de la discusión del AVP, señaló que “de lo que se trata es de reconocer entre nosotros más modos de dotar de sentido el amor sexual humano”. El matrimonio, las uniones de hecho y la familia, permiten consagrar ese amor y celebrar la nueva vida que comienza. Los afectos y el amor necesitan, también, vivirse con otros: estos se comprometen, también, a acompañarlos/as y a ayudarlos a vivir de manera honesta y responsable ese amor que quiere ser promesa y buena noticia para todos. La familia existe ahí donde hay amor, donde ese compromiso logra ser fecundo, donde hay un/a otro/a con el/la cual se quiere trascender y construir sobre “tierra firme”.

Resulta fundamental entrar en el debate, responsabilizarse de los temores propios, prejuicios y desconocimientos; interpelar a quienes representan nuestro pensar como laicos/as y chilenos/as, ser activos/as en las propuestas y en el diálogo que se requiere entre la Doctrina, nuestra fe y lo que se discute sobre el matrimonio y la familia. Ojalá no nos conformemos sólo con las palabras del Presidente, los Obispos, Senadores y Diputados. Desafiemos nuestros miedos a pensar distinto, y denunciemos lo que creemos importante, convencidos de que el otro, en su diversidad, encarna una novedad que siempre puede sorprendernos.

*Tomás es psicólogo clínico infanto-juvenil y trabaja, entre otras cosas, como encargado de formación de CVX – Secundaria, en Santiago de Chile.

Psicólogo Clínico. Docente del Centro Universitario Ignaciano (CUI) de la Universidad Alberto Hurtado.

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