Homosexualidad y cristianismo

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CC: Radioisla1320.com

El pasado domingo 29 de junio, en su columna habitual del cuerpo de Reportajes de El Mercurio, Joaquín García-Huidobro opina sobre la homosexualidad. Sus palabras están dirigidas -como advierte- a lectores cristianos. Entre otras cosas, afirma que un amor sexual homosexual no puede significar la unión de amor de Dios con los hombres (con su pueblo). Es necesario reaccionar a estas palabras.

Un primer argumento utilizado por el columnista, es señalar que el rechazo de los actos homosexuales está suficientemente documentado en la Sagrada Escritura. En efecto, hay textos en este sentido, por ejemplo, en San Pablo. Pero, ¿basta este dato para concluir que dichos actos son siempre moralmente reprobables? Lo que aquí está en juego es el modo de leer e interpretar la Sagrada Escritura en la comunidad de los creyentes: si literalmente, o bien comprendiendo los textos en su contexto de escritura y en integración con el mensaje central del Dios Amor de Jesús de Nazareth. Una lectura literal puede llevar a conclusiones equivocadas. Por ejemplo: “Entonces habló el Señor a Moisés, diciendo: Saca fuera del campamento al que maldijo, y que todos los que lo oyeron pongan las manos sobre su cabeza, y que toda la congregación lo apedree” (Levítico 24, 13-14). ¿Es que Dios nos manda a apedrear al que maldice? O bien: “Si tu ojo derecho te es ocasión de pecado, arráncalo y échalo de ti” (Mateo 5, 29). Parece evidente que hay que tener en cuenta el horizonte cultural y el estilo literario al interpretar los textos bíblicos. Y no sólo esto, sino también los desarrollos del conocimiento y de la conciencia moral de la especie humana. Esto nos lleva a otro punto.

Decir que un amor sexual entre homosexuales no puede significar el amor de Dios con su pueblo, es un uso de la religión para excluir. Todo ser humano tiene una vocación a Dios, está llamado a amar a Dios y a los demás desde su propia condición y biografía.

Un segundo argumento esgrimido por García-Huidobro es asumir la distinción entre el acto homosexual -reprobable- y la persona homosexual, a la que no hay que juzgar y con la cual hay que tener misericordia, señala. Pero llama la atención que se quede tan tranquilo con esta diferenciación. Pues resulta que muchas personas se reconocen como homosexuales, argumentando que se trata, como nos lo va mostrando un saber serio -aunque aún falta mucho por saber- de una condición humana, y no de una patología o enfermedad. La homosexualidad bien parece una variante de la sexualidad humana. ¿Llama Dios a la vida célibe a todas estas personas? ¿Qué pasa con aquellos de entre ellos y ellas que experimentan el amor sexual como vía de humanización para sus vidas? El cristianismo tiene que ofrecer caminos viables para las personas. El Concilio Vaticano II lo dice con claridad: el desarrollo humano no es ajeno al anuncio del Evangelio. El celibato no es para todos. ¿No resulta razonable, a la luz de estos progresos en la comprensión, revisar la tesis de la ilicitud moral del acto homosexual en todo caso? Se abre aquí la posibilidad de un desarrollo doctrinal. Más aún, ¿no habrá también alguna “gracia” para personas homosexuales convocadas a un amor sexual?

Pero lo que más llama la atención de la columna de García-Huidobro, es que siga contribuyendo a la estigmatización y exclusión de las personas homosexuales, al negarles la posibilidad de vivir una vida cristiana. Decir que un amor sexual entre ellos o ellas no puede significar el amor de Dios con su pueblo, es un uso de la religión para excluir. Todo ser humano tiene una vocación a Dios, está llamado a amar a Dios y a los demás desde su propia condición y biografía. Es un don y una obligación, la máxima expresión de la dignidad humana.

 

Psicólogo Clínico. Docente del Centro Universitario Ignaciano (CUI) de la Universidad Alberto Hurtado.

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Doctor en filosofía, profesor en la Universidad Alberto Hurtado y coordinador del Círculo de estudio sobre Sexualidad y Evangelio del Centro Teológico Manuel Larraín.

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