Huelgas de hambre y ciudadanía debilitada

(cc) Cosmopolita1

Una huelga de hambre es una medida extrema de presión a la autoridad, en el entendido que se ha agotado toda posible instancia de diálogo para la solución de un conflicto social grave. Su utilización es una alternativa al recurso a la violencia política.

El inspirador de éstas fue el indio Mahatma Gandhi, ícono mundial de la resistencia pacífica. Tal vez la que mayor notoriedad mundial ha conseguido fue la de los 10 irlandeses, liderados por Bobby Sands, que mueren de hambre en 1981 frente a la impasividad de la dama de hierro. En Chile durante la dictadura tuvimos huelgas de hambre de los familiares de los detenidos desaparecidos.

Este año 2010 el prisionero político cubano Guillermo Fariñas logró apoyo mundial, incluido el de un amplio sector político chileno. Esto tras la muerte de hambre de Orlando Zapata en Cuba también. En Venezuela murió de hambre este año Franklin Brito.

En nuestro país, la huelga de hambre de 38 presos mapuches por el conflicto territorial nos remeció la conciencia respecto a injusticias de siglos, y logró una primera reforma a la ley antiterrorista. La fuerza de la huelga, la tercera prolongada por la misma causa en los últimos años, esta vez estuvo dada por su capacidad para cuestionar las bases mismas de la construcción del Estado chileno en nuestro bicentenario. Hoy 12 de los mapuche, que en serio riesgo vital terminaron la huelga antes que sus compañeros que exigían la no utilización de testigos protegidos, en pleno juicio evalúan seriamente volver a la medida de presión por este mismo motivo.

Tras los mapuche, distintos grupos sociales han realizado o están realizando prolongadas huelgas de hambre: 6 trabajadores de la empresa Transaraucarias por mejores condiciones laborales y pagos pendientes, 11 pobladores de Caimanes contra la ubicación de un tranque de desechos de la minera Los Pelambres, 33 mujeres en el Chiflón del Diablo por empleos post-terremoto.

¿Por qué surgen las huelgas de hambre? ¿Se trata de personas que esperan lograr del Estado a toda costa sus demandas, saltándose las reglas de la democracia? No faltarán quienes cada vez dirán que se trata incluso de desequilibrados mentales.

En general se trata de demandas que cualquier ciudadano común y corriente consideraría justas, pero que no cumplen con los criterios de interés para figurar en los medios de comunicación de masas, y que por lo tanto no serían oídas ni atendidas si una autoridad está preocupada de las encuestas y la imagen pública. Tal vez este gobierno es especialmente vulnerable a las huelgas de hambre, pues su declarado pragmatismo hace prever que responderá toda vez que la ciudadanía apoye una medida de presión. Iniciar una huelga de hambre es apostar a que se tiene la fortaleza psicológica como para llegar al momento en que el hecho adquiera notoriedad pública, y a que la causa es lo suficientemente justa como para que la ciudadanía se manifieste a favor. Se trata también de una lucha comunicacional, puesto que la autoridad, para no acceder a la demanda, tendrá que deslegitimarla frente a la opinión pública.

Si tuviéramos una ciudadanía organizada y activa no serían necesarias las huelgas de hambre. Frente a las injusticias que a diario se comenten en nuestro país se levantarían espontáneamente las organizaciones sociales, y si los ciudadanos estuviéramos preocupados de esas injusticias los medios de comunicación tendrían que darle amplia cobertura. ¿No será la calidad de nuestra ciudadanía la que está siendo puesta en cuestión con estas huelgas de hambre en el año del Bicentenario, mientras discutimos sobre la voluntariedad u obligatoriedad del voto? ¿Cuántos de nosotros estaríamos incluso dispuestos a iniciar una huelga de hambre en una determinada situación? ¿Pero estamos dispuestos a acciones cotidianas y permanentes para fortalecer la participación ciudadana en nuestras poblaciones, lugares de estudio y trabajo?

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