Iglesia pecadora

(cc) estherase

Nadie ha sufrido más que las víctimas de los abusos. Tanto más cuanto que fueron despreciadas, insultadas y tratadas como enemigos de la Iglesia. Nunca les pediremos suficientemente perdón, ni tampoco les agradeceremos lo suficiente su perseverancia por la verdad, que abrió ventanas y puertas en nuestra Iglesia.

Hemos sufrido también todos los católicos y todos quienes esperaban algo de la Iglesia en nuestro país. La decepción es grande y volver a confiar difícil.

¿Cuántos pagarán los costos? Quién sabe. Generalmente los pobres pagan los costos: de las opciones macroeconómicas, de los desastres ecológicos, de las catástrofes naturales, del descrédito de la que está llamada a ser su defensora… También quienes se alejen decepcionados de la imagen de Dios que han creído ver en la Iglesia. O los que opten por “privatizar su fe”, que siempre es una fe incompleta, que se “priva” de algo: de la comunidad, de la diversidad, de la fraternidad, de la comunión que es don del Espíritu.

¿Qué queda? Mucho por hacer.

Establecer conductos regulares y oportunos de justicia en la Iglesia, que no son burocracia, sino alternativa contra la arbitrariedad/discrecionalidad y la lentitud/negligencia. No daríamos testimonio del Dios de Jesucristo si dentro de la Iglesia no hay justicia para los pobres y los débiles.

Transformar en hechos la imagen de la Iglesia Pueblo de Dios, donde los laicos y laicas tienen participación real en la toma de decisiones.

Asegurar una formación integral para los sacerdotes y religiosos/as, que no niegue y espiritualice la sexualidad, sino que la aborde en plenitud.

Asumir que el sacerdocio ministerial no es un estado de poder y de santidad mayor que la vocación laical, sino una oportunidad de servicio a la comunidad.

Pero por sobre todo, poner a Jesucristo en el centro. Aunque se acabaran los pedófilos y los abusos de poder, y las negligencias y ocultamientos, la Iglesia seguiría estando formada por pecadores. Así lo quiso Jesús, así quiso valerse de ella. Los católicos no creemos que del ser humano sólo pueda salir maldad. Creemos en la naturaleza humana. Porque creemos en Dios, que puede valerse de nosotros para hacer el bien. No es confianza irresponsable e ingenua en el ser humano. Es pura esperanza en Dios. Sólo así podemos creer que la Iglesia puede ser luz para las naciones.

Cuando la Iglesia se ha entendido a sí misma como el “resto fiel” –en otras palabras, aquéllos pocos que hacen lo correcto en medio de un contexto de pecadores–, ha justificado los actos más terribles y ha hecho los juicios más categóricos y menos misericordiosos. Se ha sentido con derecho a dogmatizar, porque “no somos como esos pecadores”.

La Iglesia encierra en su propio seno a pecadores, y siendo al mismo tiempo santa y siempre necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la penitencia y de la renovación”, recordaba la última Declaración de los Obispos de Chile. Cuando la Iglesia se asume pecadora, se coloca en los últimos asientos y pide perdón, entonces pone el foco en Aquél que la santifica por pura gracia, sin mérito alguno. Entonces no exalta su propia santidad ni trata de aparecer intachable, sino que invita a mirar al que es Santo. Y se pone manos a la obra para servir con humildad.

Hermano jesuita. Licenciado en Teología UC, actualmente cursa un doctorado en Teología en Innsbruck, Austria.

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