Iglesia y homosexualidad: Una espera que sabe de razones

“Danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana, inspíranos el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado (…) Que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando”.

Plegaria Eucarística V/b. 

(cc) vaticaninsider.lastampa.it

Difícil partir un nuevo año sin antes articular una respuesta que me permitasalvar lo que el Papa Benedicto XVI[1]y Monseñor Ezzati[2] han señalado a propósito de la familia, la persona humana y la paz. Ocupo el verbo salvar, con la intención de reconocer en sus palabras una proposición que pueda ser interpretada como anuncio de una Buena Nueva con la cual comprometer mis afectos y mi voluntad como creyente, psicólogo y ciudadano.

Por más que trato, no logro entender motivos ni razones… Más allá del texto y la fijación en la “letra”, que poco o nada aportan a una discusión que siempre termina siendo de tipo académica y doctrinal, creo importante explicitar mis aprensiones respecto a la forma con que circularon muchas de las ideas que se proponen como argumento contra el matrimonio entre personas del mismo sexo y la teoría de género. Me interesa reparar en los efectos de daño, odiosidad y justa decepción que producen en quienes se reconocen como homosexuales, y en los/as católicos/as que no se sienten interpretados por el mensaje de sus pastores en relación a estos temas.

El gesto y la palabra oportuna. No da lo mismo cómo hablar y qué palabras usar a propósito de realidades humanas tan complejas como las que descubrimos en nuestra sexualidad y la diversidad de modos con que ésta se expresa. Me duele constatar que muchas de las críticas que se enuncian contra proyectos de ley que buscan reconocer el estatuto familiar de parejas homosexuales, no reparen sobre el hecho de que aquello que enjuician como “amenaza” es, precisamente, la celebración y consagración del amor entre personas que quieren participar de las fórmulas que, como sociedad, hemos discernido como posibles y dignas de nuestro respeto y reconocimiento.

Siento con quienes se identifican como católicos/as y reconocen en nuestra jerarquía eclesiástica autoridad y conocimiento inspirado sobre el deseo de Dios. Es desde este sentir que comparto la ambivalencia que puede significar para muchos/as, mantener cierto vínculo con una Iglesia que, históricamente, ha defendido en pocas ocasiones la dignidad de quienes se identifican como homosexuales, transexuales y bisexuales.

Pienso en los padres y madres de muchos/as homosexuales que conozco y quiero profundamente, sus procesos de aceptación, sanación y acompañamiento, la vida nueva que se celebra cuando son capaces de reconocer en sus hijos/as el motivo que llenó de sentido sus vidas, en el momento primero en que poco o nada se sabía del futuro, sus aspiraciones y deseos más hondos. Me pregunto por la acogida y el eco que tuvieron las palabras de Ratzinger y Ezzati, el golpe y las dudas que vuelven a instalarse sobre certezas que en algún momento dejaron de serlo, y que en muchos/as ha costado tiempo y lágrimas poder reparar.

Pienso en quienes se sintieron nuevamente violentados y en el respeto que dicha experiencia merece, estemos o no de acuerdo en la forma con que se interpreta la violencia cuando ésta se expresa en palabras; en quienes desean ser reconocidos/as plenamente por la Iglesia y participar de un credo que voluntariamente han asumido como propio, aun cuando son más los motivos para estar fuera y protegerse de todo esfuerzo por volver y ser nuevamente maltratados/as.

Me impresionan la resiliencia y la fe de quienes quieren participar de manera honesta en la Iglesia, su testimonio de vida y las energías invertidas en sobrevivir a los ataques y al autoritarismo de quienes hablan en nombre de Dios para legitimar condenas y exclusiones de todo tipo. Sorprenden por la fidelidad con que comprometen sus afectos en pro de un Proyecto que supone la inclusión y el respeto como certezas, algo que los cristianos repetimos toda vez que rezamos el Padrenuestro: “venga a nosotros tu Reino”.

Un motivo para seguir esperando. Soy uno de esos que cree que la Iglesia irá avanzando en la comprensión de la realidad que viven las personas homosexuales, propiciando el encuentro y la integración PLENA de quienes quieren participar de la comunidad de la Iglesia. Quizás no estaré vivo cuando esto ocurra, pero reconozco avances y pequeños signos de esperanza que me permiten sostener mis convicciones.

El trabajo colaborativo entre jóvenes y adultos, comunidades católicas, religiosas y sacerdotes comprometidos/as con la felicidad y el devenir de muchos/as, confirman en mi experiencia y la de otros/as, que Dios se hace presente en los lugares donde menos esperamos encontrarlo, en medio de situaciones que, las más de las veces, mantienen viva nuestra confianza en sus promesas.

Mientras existan motivos que justifiquen mi espera y la de muchos/as, Dios seguirá revelándose y actuando en la historia. Otros serán los relatos, otras las formas que dominarán los discursos, otros los signos que tendremos que discernir. Ojalá sean éstas, y no otras, las convicciones que nos acompañen durante este año en cada discusión que sitúe a la familia y la vida como valores a proteger y cuidar.

Los/as homosexuales no son enemigos ni amenazas de las cuales tendríamos que defendernos. Si ésta es la premisa que orientará nuestros pensamientos y acciones, vale la pena detenerse y pensar en la imagen de Iglesia que transmitimos y en la imagen de Dios que queremos hacer presente delante de quienes colaboran con su misión, y de un país completo que no necesariamente comparte nuestras creencias. No estamos solos en esto, son muchos/as los/as que esperan, y grande nuestra responsabilidad para y con ellos/as.



[2] Homilía pronunciada en la Catedral de Santiago, con motivo de la fiesta de la “Sagrada Familia” (30 de Diciembre, 2012).

* Tomás es psicólogo clínico infanto-juvenil de la P. Universidad Católica de Chile. Trabaja, entre otros, en la unidad de Pediatría del Hospital FACH.

Psicólogo Clínico. Docente del Centro Universitario Ignaciano (CUI) de la Universidad Alberto Hurtado.

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