In(ter)dependencia

Piense por un momento en una taza de té puro. Una sencilla taza de té. Imagínese el aroma. Fíjese en la bolsita de té. Tiene -obviamente, suponemos y confiamos- té. Probablemente viene de China, Sri Lanka, India o Brasil. La bolsa misma estará hecha de un polímero en base a madera y otras fibras vegetales, y será envasada en máquinas probablemente fabricadas en Alemania, Argentina o Italia. El hilo tal vez esté hecho de algodón, plantado quién sabe dónde, procesado un poco más acá, e hilado en el mismo lugar. Tiene una etiqueta: el papel y la tinta fueron hechos en otro lado. Para juntar la etiqueta con el hilo, y el hilo con la bolsita, tal vez se usen dos pequeños corchetes, tal vez de acero galvanizado: el carbón y el hierro para producirlo, ¿dónde habrán sido extraídos? ¿Dónde habrá estado la compañía siderúrgica que lo procesó? Y luego, ¿cómo pasó de ser una plancha de acero a un alambre, del que se hicieron los corchetes?… para mover y procesar todo ello alguien diseñó, encendió un motor, abrió una oficina, navegó un barco lleno de containers… hasta que tras una larga cadena de intercambios y acciones, esa bolsita particular llegó hasta sus manos, y con un poco de agua hirviendo en una taza, le está permitiendo disfrutar, aunque sea imaginariamente, de este momento.

Todo lo que habitualmente usamos o consumimos nos conecta con el resto del mundo de una manera cada vez más compleja. Si hiciéramos el mismo ejercicio con todo lo que cotidianamente utilizamos, y marcáramos en un mapa todas las acciones que han hecho posible que tales cosas estén al alcance de nuestra mano, probablemente habremos marcado la mitad de la Tierra. Ante nuestros ojos nos encontraríamos con la huella económica (intercambio de bienes, servicios y dinero), la social (personas organizadas en empresas), la política (permisos e impuestos) y la huella ecológica (cómo cada acto afecta el medio ambiente que lo circunda, al generar distintas emisiones y residuos) de nuestro existir en conexión con los demás.

Y ojos que no ven…

Esta interdependencia es un dato que ha venido para quedarse, y que se ha profundizado con mecanismos político-económicos —como los tratados de libre comercio—, que aumentan con el curso de los años. Pero, esta interdependencia puede vivirse de modos diversos: en un extremo, como interdependencia desigual, y, en el otro, como interdependencia en solidaridad. Es lo que David Hollenbach SJ ha reflexionado en su libro “Christian Ethics and Common Good” respecto de las ciudades, aunque también lo extiende a la esfera planetaria y a las relaciones entre los estados. Si en la interdependencia desigual lo que prima es la opresión y marginalización de un grupo respecto de otro, en la interdependencia en solidaridad lo que prevalece es la preocupación recíproca por el bien común.

Si en la interdependencia desigual lo que prima es la opresión y marginalización de un grupo respecto de otro, en la interdependencia en solidaridad lo que prevalece es la preocupación recíproca por el bien común.

Hoy, el desafío está en que este “dato de la causa” (nuestra interdependencia) tienda siempre hacia uno de esos extremos: la interdependencia en solidaridad. Este “apellido” que se da a la interdependencia cuando es virtuosa, lo toma Hollenbach de la Sollicitudo Rei Socialis, de Juan Pablo II: “la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común (SRS38)”. Esta solidaridad es una virtud tanto de la comunidad como de cada uno de sus miembros. El bien común nace en una comunidad de solidaridad entre agentes activos e iguales, donde existen vínculos de mutualidad y reciprocidad.

El gran problema es que estos vínculos, presentes naturalmente en la esfera familiar o en pequeños grupos de amistad o trabajo, por distintas razones no son fáciles de alcanzar en la relación con otros grupos y barrios de la misma ciudad, y menos en la relación que existe entre grupos de personas de distintos países o culturas, unidos tan solo por la cadena de producción de lo que comemos, vestimos o usamos, o por el suelo común que pisamos.

Para ocuparse del “bien común” en las ciudades y en los países delegamos el poder en autoridades que elegimos para que nos gobiernen. Si lo hacen bien o mal es otro cuento. Pero más allá de las fronteras, ni siquiera existe una autoridad mundial que pueda regir, efectivamente, lo que -por ejemplo- hacen o dejan de hacer las grandes empresas. Esto sucede sobre todo en países en que el Estado no da abasto para regular y controlar los usos y abusos de empresas extranjeras, o bien la legislación no considera restricciones o elementos de protección laboral y ambiental que en los países desarrollados son una conquista de hace décadas. ¿Será solo cosa de tiempo para que estos países comiencen a adoptar estos mecanismos?

Escuché meses atrás la consigna de que los ciudadanos tenemos un poder, y es el de nuestras billeteras, por pequeñas o grandes que sean. Aunque puede que no suene bien de buenas a primeras (en tanto puede reducir nuestra condición de personas a la de meros consumidores, como último eslabón de las cadenas de valor de todo lo que se produce), los ciudadanos organizados y conscientes podemos tener gran influencia en lo que finalmente las grandes compañías deciden respecto del trato que dan a sus proveedores, trabajadores e intermediarios. El control y la promoción de buenas prácticas tendrán que venir, entonces, por parte de quienes son los que adquieren productos y servicios, y por supuesto, por parte de los mismos trabajadores empoderados y organizados. Ciertamente no bastan las acciones individuales: los seres humanos requerimos de instituciones que nos permitan actuar organizadamente en la dirección de las visiones normativas que tenemos.

Los ciudadanos organizados y conscientes podemos tener gran influencia en lo que finalmente las grandes compañías deciden respecto del trato que dan a sus proveedores, trabajadores e intermediarios.

Hay numerosas iniciativas de certificación social y ambiental, que buscan garantizar al consumidor final que en toda la cadena de valor del producto que llega a su mesa se ha respetado el medio ambiente, las comunidades afectadas y a los trabajadores. También se han creado en distintos lugares redes de promoción del comercio justo, que ayudan a que la mayor parte de lo que se ha pagado por un producto o servicio llegue efectivamente al que hizo la mayor parte de la inversión y el trabajo, y no a los intermediarios que hacen su pasada en el camino, a menudo, una mucho mayor que lo que reciben los demás agentes. Gran desafío es escalar estas iniciativas de momento relativamente marginales.

Para abrir los sentidos a estas situaciones que nos están afectando, aunque no siempre nos demos cuenta, les recomiendo dos documentales: uno sobre la industria textil en países como Bangladesh, Vietnam o Pakistán. Se llama “The True Cost” (ver en Netflix) [1]. Otro sobre la industria alimentaria, y cómo por distintas razones hemos ido cambiando de a poco nuestros hábitos y afectando seriamente con ello tanto nuestra salud como la salud del planeta (y la de miles de campesinos bien lejos de donde vivimos). Tiene cuatro capítulos, todos ellos dignos de verse y saborear: fuego, aire, agua, tierra (“Cooked” en Netflix).

Y para concluir, tan solo una nota respecto de la celebración de la Eucaristía: cuando nos reunimos y tras compartir la mesa de la Palabra, presentamos el Pan y el Vino, frutos de la tierra, de la vid y del trabajo del hombre, no hacemos otra cosa que explicitar que estamos íntimamente conectados con toda la creación y los demás seres humanos, que nos necesitamos los unos a los otros, y que recibimos como un don de parte de Dios los bienes de la tierra. Esto lo entendió muy bien Pierre Teilhard de Chardin en el precioso texto de la “Misa sobre el Mundo”, cuando sin Pan y sin Vino, en algún lugar perdido de la estepa asiática donde realizaba una investigación, presentó y consagró a Dios todo los esfuerzos humanos de transformación de la materia, incluyendo a los seres humanos, redimidos por la acción salvífica del Misterio Pascual de Jesús. Hay distintas maneras de experimentar y vivir cotidianamente la comunión con Dios, la creación y los demás seres humanos: la más plena es la Interdependencia en Solidaridad. Ojalá caminemos cada día un poco más hacia ella.

[1] Si no está suscrito a Netflix, sepa que el primer mes es gratis, tiempo suficiente para ver el documental sin suscribirse. 

Jesuita chileno, Ingeniero Civil y Licenciado en Teología UC. Actualmente cursa un Magíster en Teología en la Universidad Gregoriana de Roma.

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