Intimidad, pasividad y locura en Alejandra Pizarnik

Ella es, primero, una búsqueda de intimidad. O debiéramos decir, una intimidad que nos busca: el país lejano, el jardín o la infancia. Un ir hacia donde no sabemos, por donde no sabemos, con Alejandra como en un camino de retorno, compartido. Ella es el silencio y la contemplación solitaria de las cosas animadas de ausencia. La poesía diciendo esa soledad, esa carencia. Disfrutando los pliegues de la falta, haciendo el amor con sus llamadas, guiándose del mapa que entreabre su orfandad. Hay una niña que viene del silencio, envuelta en pájaros, con palabras sigilosas, y una carta para las manos del alma. La ceremonia sugiere la constante entonación de aquellas voces surgidas desde dentro de aquel país, con sus ininterrumpidos emisarios que nos solicitan en cada fisura o en cada hueco de lo real. Es cierto, en los diarios gritan mudos los gobiernos y las economías: ¿a quiénes le importa eso? Esta otra voz, dice ella, me aporta, me nombra y sujeta desde lo abierto de nadie para sí.

Por eso, además de intimidad debiéramos decir profunda pasividad de barco que nos lleva, como una fuerza, como un movimiento que nos abraza y envuelve. No es necesario que ello tenga una intención: puede ser el viento del azar o la llamada del tiempo que pulsa sobre el cuerpo de las almas y las flores. La intimidad abre todos sus sentidos a esta nada abierta y sin fondo que se exhibe. Ella, Alejandra, abre sus palabras, sus trozos entreverados de lecturas y fantasías, de obsesión precisa, de trabajo infinito por el poema con la cara del viento o la discreción de una puerta. Pero la aproximación es del otro, de aquello que presiente en ella el espacio cuidado para el juego de la epifanía. Alejandra, una herida abierta que juega con las insistencias del azar. Imprevisible, tejiéndonos puentes como palabras para llegar. Auténtica maestra, fraguada de experiencias y recepción.

Y por su abierta pasividad, fuera de sí, la maestra extrae de la locura una piedra como un enigma. Hay fuentes y caudales que nos interpenetran como poesías en prosas de fuego, lanzadas para quemar y destruir la falsa consistencia de este mundo. Mientras despiadados seguimos funcionando a reloj, una mujer viene desde dentro con piedras de fuego incandescente que nos deja en libros, y se va. Porque, además, tuvo ella esa delicadeza: transformar el fuego en palabras para que el silencio no nos quemara tanto.

Jesuita argentino. Estudia Teología en la Pontificia Universidad Católica de Chile y forma parte del equipo de Vocaciones Jesuitas.

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