¿Y la ciudadanía eclesial?

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Los movimientos sociales nos han enseñado que cuando el sistema político falla en su responsabilidad de generar justicia, y el sistema económico falla en su responsabilidad social, a la  sociedad civil le queda ejercer su deber protestatario reivindicativo. Los movimientos sociales tienen hoy más que nunca un apoyo generalizado a nivel mundial, y es que el descontento de la población se expande, incluso en los grupos más conservadores. El sistema fracasó y que hay que levantar algo nuevo; es desde ahí que nos afirmamos como ciudadanos, proponiendo un nuevo orden y cuestionando los espacios antes incuestionados.

Según el concepto de ciudadanía de Adela Cortina, ésta se construye en contraposición al concepto de esclavitud. El ciudadano es el sujeto autodeterminado que hace su propia vida, pero que la comparte con otros, es alguien con otros. El ciudadano marcha porque quiere cambiar su contexto, quiere ejercer su autodeterminación y ese deseo es compartido por otros.

Si nos desplazamos al plano eclesial, hablar de ciudadanía parece una utopía en el mejor de los casos, y un concepto subversivo, en el más común de éstos. Hay grupos de creyentes que quizás por ignorancia y conformismo han creído que marchar para reivindicar las posturas más conservadoras y excluyentes es ejercer la ciudadanía en la Iglesia. A nuestro parecer, ejercer la ciudadanía en la Iglesia implica un proceso más complejo y menos “alegre” que lo que los pastores cristianos quieren hacernos ver. La lógica pastoril que por años ha predominado en la Iglesia Católica ha generado un laicado pasivo, y, por tanto, cómplice de abusos, de exclusión explícita, de múltiples errores compartidos, impidiendo también el espacio para el ejercicio de libertad de conciencia en el ejercicio de la fe. Es que de lo contrario caemos en un relativismo, nos dicen para tranquilizar el ímpetu.

Nos cuesta creer a ciegas en los pastores. Sospechamos cada vez más que detrás de sus acciones existe un componente de poder que les quita libertad para hacer y pensar. Y no es su culpa; todos somos cómplices de que esto sea así; el poder se lo hemos dado todos los creyentes para que piensen por nosotros, con nulo diálogo en la búsqueda de la voluntad de Dios. Nada más poderoso que tener a mano la conciencia de pensamiento, acción y omisión de millones de personas. Eso nos cuestiona las reales intenciones que puede haber detrás, no porque no existan buenas intenciones (que creemos profundamente que puede ser así) sino porque el modo escogido para la transmisión de esa forma de ser está profundamente equivocado, y es momento de replantearnos las estructuras que por años han mantenido a la Iglesia, y cuestionar los temas más profundos, sin miedos.

¿Por qué creemos que la Iglesia está equivocada en su modo?, primero porque es monárquica. No hay espacio para ejercer la ciudadanía. No se incluye a los fieles en la toma de decisiones sobre el curso de la Iglesia. Los párrocos son designados (así como los alcaldes en periodo de dictadura) sin entender ni tener en cuenta los procesos locales de las comunidades ni la opinión de éstas. Los consejos parroquiales son consultivos y en ningún modo resolutivos; la monarquía gobierna, decide y piensa por nosotros. Más bien miran al laicado como consumidores (de sus verdades, sermones, prédicas, cartas, etc.) más que como ciudadanos que construyen la Iglesia. Y quien piense, hable o actúe fuera de las “normas morales del Reino” es candidato a la excomunión o expulsión.

Segundo, porque no es dialogante. Las posturas de la Iglesia monárquica no dialogan con los signos de los tiempos; suelen llegar tarde. Si se detuvieran más seguido a escuchar sin juzgar a priori al “pueblo de Dios”, corregirían la mayoría de sus acciones. Un ejemplo de esto es que no existen espacios formales y validados donde se fomente el dialogo abierto, plural y sin censuras dentro de la Iglesia.

Tercero porque es exclusora. Según la lógica de la Iglesia sólo unos pocos saben cómo comportarse a la manera de la Iglesia, y no se mira a la sociedad a la manera de Jesús (inclusiva, compasiva, acogedora).  Más bien predomina el “Código de santidad”, en el que se separa lo impuro, por sobre el “Código de compasión”, tan propio de Cristo… “sed compasivos como vuestro padre es compasivo”.

Todo lo que hemos aprendido de los movimientos sociales y del derrocamiento de las dictaduras, alimenta nuestro pensamiento libre, nuestra consciencia informada y crítica. No estamos en tiempos de seguir siendo cómplices de injusticias, abusos y desregulaciones. El rol eclesial, como parte de la sociedad civil, también debe reivindicar los derechos de todos, y sobre todo de los más excluidos por la sociedad. Dejando de perder el tiempo juzgando y haciendo sentir culpable a la mayoría de la población, debiese ser invitación constante a vivir al modo de Jesús.

Es necesario forjar el carácter ciudadano de la Iglesia. Esto no quiere decir manifestar posturas públicas con base confesional católica ni cristiana, porque no es universal,  sino que es un llamado a volver a pensar la sociedad desde el evangelio, sin nombrarlo necesariamente a Él, ni menos basar todas las posturas en la ley natural, porque no es suficiente y tampoco es altamente validado; sino buscar sin miedos las respuestas mirando a la realidad, a la humanidad de hoy. Es un llamado a cuestionar las estructuras, desconfiar del poder, incentivar la participación, validar y fomentar la diversidad de opciones de vida que busquen el bien común y la justicia, cuestionar los modelos económicos excluyentes, interpelar las decisiones gubernamentales que devienen injustas y cambiar el modo eclesial por el modo de Jesús.

* Verónica es socióloga de la Pontificia Universidad Católica de Chile, y cursa actualmente un doctorado en Migraciones Internacionales en la Universidad Pontificia Comillas. Es coordinadora del área de ciudadanía global en el Servicio Jesuita a Migrantes.

* Sebastián es psicólogo y máster en calidad y mejora de la Educación, por la Universidad Autónoma de Madrid. Actualmente realiza un doctorado en Educación inclusiva, y es Director del Área de Formación de Educadores de Fe y Alegría Chile.

Ambos participan del movimiento “Iglesia entre todos”.

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