La conquista de los zombis

zombiesEl motivo que me impulsa a escribir es de vida o muerte. Sí, escribo para alertarlos. Durante mucho tiempo he ‘recreado’ mi vista y he dedicado mi ocio a ver una que otra película de zombis, siempre creyendo inocentemente que era solo ciencia ficción; que seres de aspecto humano, fríos, sin sangre, como muertos que se alimentan de hombres vivos, para luego convertirlos en uno más de ellos, solo existían en las películas. Hoy, paralizado por el temor, debo decir: sí, existen y vivimos rodeados de ellos. Se esconden entre nosotros y cada vez son más. Nuestra sociedad corre serio peligro, pues nos acorralan para comer nuestros cerebros y, lo que es peor aún, lo que más me aterra, es que puede que incluso yo ya sea uno de ellos.

Aprovechando el contexto que nos dejó el Mundial, les comento que a estos sujetos también se los encuentra en el fútbol. Muy acertadamente se les llama “pechos fríos” a aquellos jugadores, quienes, teniendo talento y condiciones, se muestran indiferentes a las emociones del juego, no mojan la camiseta, no corren para recuperar un balón perdido, sus rostros no cambian ante la derrota o la victoria y sus pulsaciones permanecen estables durante los 90 minutos, independiente de las vicisitudes del partido y sin importar las expectativas que otros puedan poner en ellos.

Me parece mucho más peligrosa que la delincuencia, mucho más profunda que la educación, tremendamente más complicada que la reforma tributaria, más enquistada que el sistema binominal, y considerablemente más peligrosa que la desigualdad: la INDIFERENCIA.

Debemos estar muy atentos, porque esta clase de personas no son conscientes de su condición, tienen una vida aparentemente normal, por cierto acomodada, y son muy difíciles de identificar. Si logran reconocer a alguno, tengan mucho cuidado si pretenden decirles la verdad, porque generalmente se muestran muy agresivos al enfrentarse a la triste y mortal realidad.

Hace algunos meses le pregunté a un joven, cuyo rostro denotaba tristeza, qué le sucedía, y me respondió pacientemente: “Mis padres están enojados conmigo y me dicen que soy mediocre”. Yo, como un buen mago, saqué de mi repertorio una de esas frases preparadas que suelen ser infalibles, y le dije: “Tú no eres mediocre, lo que pasa es que aún no encuentras una razón para gastar tu vida”. Orgulloso, lo miré esperando alguna respuesta confirmatoria. Él guardó silencio uno segundos, me miró a los ojos con mucha seguridad y tranquilamente me respondió: “Tienes razón. Pero es mucho más fácil ser mediocre”. Mostrándose satisfecho, me sonrió y se fue. Por Dios, ¡qué pena! Pero, qué razón tenía aquel joven. Sus palabras me quedaron resonando hasta el día de hoy.

Sin querer minusvalorar las grandes problemáticas que aquejan nuestra sociedad, deseo intensamente presentarles ésta. Me parece mucho más peligrosa que la delincuencia, mucho más profunda que la educación, tremendamente más complicada que la reforma tributaria, más enquistada que el sistema binominal, y considerablemente más peligrosa que la desigualdad: la INDIFERENCIA. Podemos estar en presencia del factor común entre todas las problemáticas antes mencionadas.

Un hombre que escapa de sus pasiones, que las esconde en la masa, es como un pedazo de tabla que se deja llevar a la deriva en el océano o como una bolsa plástica decorando el viento. Un hombre así puede que no sea totalmente un “ser humano”. Sí, pues, la diferencia entre ambos es tal, como la de una garza y su símil de origami. Parafraseando a Miguel de Unamuno, quien reprime su angustia y no se hace cargo del sentimiento trágico de su vida, es un cobarde y no es plenamente hombre, pues niega lo más esencialmente humano: la pasión.

Hoy nuestra sociedad es una fábrica de zombis. Estudiar por estudiar, por un puntaje y no por un sentido o por un proyecto. Trabajar por trabajar, por dinero. Incluso marchar por marchar. Transformar los medios en los fines, nos convierte el corazón en piedra, nos va transformando poco a poco en zombis. Vivir para producir y vivir para consumir, solo genera seres individualistas, indiferentes a la realidad de quienes los rodean. Vivimos asegurados, con miedo y sin capacidad de comprometernos o asumir algún riesgo. En el fondo, no vivimos, solo sobrevivimos. Puedo culpar a la publicidad, puede que el modelo educativo lo sea también, quizás lo que los padres enseñan a sus hijos sea un factor importante. Pero nadie es más responsable que uno mismo.

Algunos creen que la indiferencia es una forma de evitar los problemas y, por lo tanto, es algo positivo. La indiferencia es una forma de pereza, y la pereza es uno de los síntomas del desamor, pues nadie es indiferente con lo que ama. Lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia.
Me tomo la libertad de finalizar citando el Apocalipsis 3, 15-17: “Conozco tus obras: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero porque eres tibio y no frío o caliente, voy a vomitarte de mi boca. Tú piensas: Soy rico, tengo de todo, nada me falta. Y no te das cuenta de que eres un infeliz, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo”.

Les comparto un poema de Luis Espinal, jesuita español asesinado por la dictadura en Bolivia por protestar, manifestarse y compadecerse del pueblo, por no ser indiferente, por gastar su vida, por vivir la vida.
GASTAR LA VIDA

Jesucristo ha dicho:
“Quien quiera economizar su vida, la perderá;
y quien la gaste por Mí, la recobrará en la vida
eterna”.

Pero a nosotros nos da miedo gastar la vida,
entregarla sin reservas.
Un terrible instinto de conservación nos lleva
hacia el egoísmo y nos atenaza
cuando queremos jugarnos la vida.

Tenemos seguros por todas partes, para
evitar los riesgos. Y sobre todo está
la cobardía…

Señor Jesucristo, nos da miedo gastar la vida,
pero la vida Tú nos la has dado para gastarla;
no se la puede economizar en estéril egoísmo.

Gastar la vida es trabajar por los demás,
aunque no paguen; hacer un favor al que
no va a devolver; gastar la vida es lanzarse aun
al fracaso, si hace falta, sin falsas prudencias;
es quemar las naves en bien del prójimo.

Somos antorchas que solo tenemos sentido
cuando nos quemamos; solamente entonces
seremos luz.

Líbranos de la prudencia cobarde,
la que nos hace evitar el sacrificio,
y buscar la seguridad.

Gastar la vida no se hace con gastos
ampulosos, y falsa teatralidad. La vida
se da sencillamente, sin publicidad,
como el agua de la vertiente,
como la madre da el pecho a su guagua,
como el sudor humilde del sembrador.

Entrénanos Señor, a lanzarnos a lo imposible,
porque detrás de lo imposible
está tu gracia y tu presencia;
no podemos caer en el vacío.

El futuro es un enigma, nuestro camino
se interna en la niebla; pero queremos
seguir dándonos, porque Tú estás esperando
en la noche, con mil ojos humanos rebosando lágrimas.

Jesuita. Estudia Teología en la Pontificia Universidad Católica de Chile y colabora pastoralmente en el Hogar de Cristo.

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