La educación necesita de “palabras mágicas”

Hace unas semanas tuve la suerte de visitar una comunidad en una zona rural de El Salvador en Centro América. La localidad se llama Agua Escondida, y le hace honor a su nombre: mucha lluvia y humedad, e incrustada en un valle perdido. Allí funciona desde hace trece años un jardín infantil, o centro de desarrollo integral como les llaman en El Salvador. Como muchas otras instituciones del país lleva el nombre de Monseñor Oscar Romero. El lugar ha significado un paso hacia adelante para muchos niños y niñas que antes de comenzar el primer grado de primaria -si es que lo empezaban- simplemente trabajaban en el campo con sus padres. La familia de uno de los estudiantes me alojó por esos tres días, por lo que pude ver la dinámica del prescolar a través de Ángel, sus padres, su profesora, sus compañeros y sus vecinos.

Arsenia, la profesora del jardín, me contó que este funciona en base a dos principios: Uno, la solidaridad cristiana aterrizada en la persona de Oscar Romero, y el otro, inculcar palabras mágicas. Lo primero lo pude descifrar por mí mismo. Un pastor que compartió solidariamente la suerte de su pueblo, siendo asesinado por ello. Pero lo de las palabras mágicas me lo tuvieron que explicar. Me dijo Arsenia que cuando comenzó siendo profesora, hace trece años, no tenía ninguna experiencia previa ni menos credenciales para enseñar. De a poco fue necesitando herramientas, y terminó titulándose con mucho esfuerzo como profesora de primaria. Ella maneja los contenidos que los niños necesitan saber antes de ir a la primaria. Pero más importante que los contenidos, es que los niños, sus padres y toda la comunidad de Agua Escondida puedan potenciar la enseñanza y la vivencia de las palabras mágicas. Palabras sencillas pero esenciales: buenos días, hola, gracias, por favor, y te quiero.

Me pregunto si una mejor educación no tendrá que ver más con simples cosas que ayuden a sentar las bases esenciales para una buena convivencia comunitaria. Palabras mágicas para una mejor educación, y luego construir más finamente. Palabras mágicas para que las aprendan, usen y entiendan los niños y niñas, pero también los adultos, y más aún los y las encargadas de liderar los cambios que necesitamos.

Fui testigo de cómo Arsenia insistía en el uso de estas palabras. Conceptos esenciales para construir y mantener buenas relaciones en la comunidad. No para sacar un provecho del otro, sino para crear comunidad. No solo Arsenia estaba interesada en que los niños aprendieran, usaran, y entendieran su sentido. También Betty, Reina y Alberto, mamá, tía, y abuelo de Ángel tenían el mismo interés. Varias veces al día se las recordaban al pequeño. Fue impresionante tener un encuentro con ex alumnos del jardín que hoy terminan la secundaria, y ver cómo recordaban las palabras y su sentido. Ninguno de los ex alumnos está vinculado a pandillas, lo cual es una muy buena noticia para Arsenia: “Algo tienen que ver las palabras mágicas con esto”, me comentó.

Esta experiencia, breve y puntual, me ha hecho reflexionar sobre los cambios que se buscan en la educación en Chile, considerando incluso la gran diferencia en cuanto al desarrollo de ambos países. He pensado si acaso no estaremos aspirando a demasiado ante el estado actual de nuestro sistema escolar y de educación superior. Tanto malentendido, tanta pelea chica, tanto ninguneo de unos sobre otros, tanto egoísmo y tanto clasismo de unos hacia otros en la discusión sobre las leyes en curso, me hace pensar que el problema de nuestra educación es un problema fundamentalmente de comunidad.

Por supuesto que es esencial hacer del sistema escolar y de educación uno más equitativo en su ingreso. Por supuesto que es inmoral la segregación a la que el sistema educacional conduce, y es una gran noticia que haya avances. Necesitamos profesores que sean verdaderos profesionales, y caminar hacia modos de administración más eficientes. Evidentemente, necesitamos pensar políticas públicas para todo esto, pero me pregunto si una mejor educación no tendrá que ver más con lo que me enseñó Arsenia en tres días: simples cosas que ayuden a sentar las bases esenciales para una buena convivencia comunitaria. Palabras mágicas para una mejor educación, y luego construir más finamente. Palabras mágicas para que las aprendan, usen y entiendan los niños y niñas, pero también los adultos, y más aún los y las encargadas de liderar los cambios que necesitamos. Creo que no nos haría mal pensarlo.

Jesuita. Sociólogo y Master en Teología. Hace estudios de doctorado en Educación en la Universidad de California, Berkeley y colabora en la Red de Colegios Cristo Rey en San José, California.

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