La epidemia del egoísmo y el daño a la Casa Común

Hace un tiempo leí una noticia en la que se contaba que un ciclista iba tranquilamente pedaleando por la calle Pedro de Valdivia, en Santiago, y, de pronto, un árbol se desplomó sobre él. Me llamó la atención, porque a simple vista ese árbol no tenía ningún problema, pero en realidad sus enormes raíces no estaban ni cerca de estar sanas. Un árbol que parecía fuerte se desmoronó sobre un inocente. Recurro a ese ejemplo para preguntarme, ¿cómo una sociedad aparentemente desarrollada, pero que se degrada silenciosamente, puede llegar a colapsar sobre un (o unos) inocente(s)? ¿En este caso quiénes serían las víctimas? Creo firmemente que hoy es toda la creación de Dios.

Si bien la ecología estudia las relaciones entre los seres vivos y su entorno natural, es necesario agregar, en el caso de las relaciones humanas, los factores espirituales que se articulan en ellas. Estamos dotados de razón, y es en nuestra calidad de seres racionales y espirituales que tenemos una gran responsabilidad para con nuestro entorno. Existe un vínculo directo entre el espíritu del hombre y su relación con la naturaleza, porque ésta no es otra cosa que el regalo de Dios a sus hijos; lo que San Francisco de Asís fue capaz de representar al llamar a todas las criaturas, y a toda la creación, como sus hermanos y hermanas.

Ahora bien, cuando aseguro que existe una degradación en la sociedad, quiero expresar que hoy no buscamos necesariamente bondad en las acciones humanas, ni tampoco la formación de una comunidad fraterna. Hoy, más bien, estamos llamados a consumir y a seguir un ritmo acelerado de vida, porque mientras más cosas se puedan hacer, más beneficios se pueden tener. Podemos estar comiendo y hablando por whatsapp al mismo tiempo, y es muchas veces irrelevante si es que hay una persona al frente de nosotros. Vivimos constantemente apurados, en la calle, en la casa, en la universidad y en el trabajo. Parece que no estamos viviendo… que estamos en un constante “modo automático”. Todo esto refleja que estamos frente a una dura crisis espiritual.

Y es que no nos estamos dando el tiempo de conocernos a nosotros mismos, simplemente porque no es parte de las prioridades que impone el mundo. Así, en definitiva, no existe libertad real. La única libertad a disposición nuestra consta en escoger qué voy a hacer o dejar de hacer en mi beneficio inmediato. Si algo es indiferente a este criterio, entonces lo dilatamos… ya habrá tiempo para rezar, para sincerarme con el otro, para detenerme y valorar los días. Se nos olvida que Jesús nos invita a dejar todo lo material de lado, y nos llama a buscar el Reino de Dios y la justicia. Porque al ser Dios quien conoce nuestras necesidades todo lo demás vendrá por añadidura (Mt 6, 24-34).

A lo largo de la historia, el hombre se mostró capaz de observar la naturaleza y constatar cómo ésta incidía en la sociedad. Actualmente es la sociedad la que incide en la naturaleza, y no somos capaces de “contemplarla”: porque es muy “contracultural” ir contra el desarrollo económico. No quiero decir que como cristianos estemos llamados a “a vivir en los bosques o en las cavernas”, sino, por el contrario, a que debemos recorrer un camino que permita que fe y desarrollo científico se acerquen lo más posible.

En consecuencia, al no darnos el tiempo de valorarnos individualmente no valoramos a cada persona en sí misma, y con ello provocamos una devaluación general de toda la sociedad. Es como una epidemia de egoísmo, en que al centrarse solo en el beneficio propio dejamos de considerar al resto, pues se convierten en un estorbo o en una pérdida de tiempo. Se percibe que en cierta forma es incómodo o desagradable tener que compartir un rato del día en el transporte público junto a un desconocido; nadie se quiere mirar, y es entonces en que el paisaje exterior se torna atractivo, porque no hay que “encontrarse” con otras personas. Por otra parte, las redes sociales nos han llevado a limitar nuestra capacidad de relacionarnos: ahora hasta las relaciones humanas pasan a ser una forma de mensajería instantánea que se limita a un “hola, ¿cómo estai’?”. Cuando, en realidad, la respuesta a esa pregunta es un mero formalismo, o, si te responden “mal”, el otro pasa a ser una carga o una lata, porque tendrás la obligación de preguntar y preocuparte por esa persona.

Es inevitable ver en la forma de producción actual una suerte de adoración al dios de la eficacia, al cual no le importan los medios empleados si es que se puede producir más y más para consumir en la sociedad “feliz” de la urgencia y la rapidez. En la Biblia esto se expresa muy bien en Éxodo 32, cuando Moisés, al tomarse un buen tiempo para adorar a Dios, tarda en bajar del monte Sinaí, y el pueblo de Israel, ante esta larga espera, crea falsas imágenes para adorar a un dios inventado por ellos.

Todo esto se percibe claramente, pues es notable cómo el ser humano expresa hacia afuera su interioridad: se nota en el trato a las personas, al tener que trabajar o vivir con otro (en el mismo barrio, comuna o ciudad) y, también, en la relación con la naturaleza. Así, es totalmente comprensible que alguien que le resta o quita valor a otro, prefiriendo el beneficio particular, tendrá una relación del mismo tipo, o más lejana aún, con su entorno -en la medida que no le afecte-. Tenemos que tener claro que Dios no solo valora la creación en su conjunto, sino que también lo particular de cada uno. Cada ser vivo y planta tiene un fin que posibilita un perfecto equilibrio en la vida, denotando la perfección de la creación de Dios. Sin embargo, como dice Francisco en Laudato Si’, no hemos sido capaces de generar ciclos productivos, es decir, sostenibles, en que elaborar algo implique que sus restos sirvan nuevamente a la producción[1]. Solo hemos sido capaces de generar y acumular basura en la tierra, los mares, los ríos, el aire y las ciudades. Es debido a nuestra ceguera que siempre sucede que quien no tiene los medios sale perdiendo; es decir, los más vulnerables. ¿Dónde hemos dejado nuestra capacidad contemplativa que no nos percatamos de esto? A lo largo de la historia, el hombre se mostró capaz de observar la naturaleza y constatar cómo ésta incidía en la sociedad. Actualmente es la sociedad la que incide en la naturaleza, y no somos capaces de “contemplarla”: porque es muy “contracultural” ir contra el desarrollo económico. No quiero decir que como cristianos estemos llamados a “a vivir en los bosques o en las cavernas”, sino, por el contrario, a que debemos recorrer un camino que permita que fe y desarrollo científico se acerquen lo más posible. En lo económico refiere a una producción cíclica y al manejo del impacto ambiental, para así ser dignos administradores de la creación de Dios.

En definitiva, el llamado de Cristo está en formar comunidad, valorar los lazos sociales y, desde allí, ser capaces de valorar nuestro entorno, porque es de todos. Dios es sabio al hacer una creación capaz de regenerarse: dependerá de nosotros mismos lograr mirarnos los unos a los otros, nutrir nuestro espíritu, formar Iglesia y tener el corazón abierto a comprender que ésta es la voluntad de Él, y que nuestro paso por la vida terrenal debe ser una constante alabanza a toda expresión de su amor. Es así como podremos tener raíces fuertes que nos nutrirán y fortalecerán, llevándonos a una felicidad plena junto a Dios y a nuestros hermanos y hermanas: incluyendo a todo lo creado en esta Casa Común que llamamos Tierra.

[1] Laudato Si’, 21.

Estudiante de Derecho en la Universidad de los Andes. Ex alumno del colegio San Ignacio El Bosque, donde fundó el Movimiento Ambiental Ignaciano. Creador de CEONO, espacio sobre "discusión verde": https://www.facebook.com/opinionceono/

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